¿Sabes por qué el 3 de febrero era un día muy importante para la Casa de San Millán de Torrelapaja?

El 7 de febrero de 1597, tres años antes de la separación de Torrelapaja y Berdejo, se reunieronn la Casa de San Millán el vicario, beneficiado, capellán, jurados, procuradores y regidores de Verdejo (en castellano antiguo se escribía con “V”) y Torrelapaja. Más de 9 personas, según el relato de cuentas que dejaron escrito, para aprobar y dar cuenta de los “provechos y gastos de la casa” del año anterior.

Casa de San Millán

Gracias a películas y series sobre esa época no cuesta imaginarse cómo iban vestidos. Cómo sería la sala donde se juntaban en torno a una gran mesa de madera. Un potente fuego en la chimenea calienta la estancia. Moss. Martín Phelipe, el vicario que firma el escrito, toma nota de todo a la luz de las velas en papel de pergamino, al tiempo que moja en tinta su pluma afilada. ¿Te lo imaginas?

Al principio no existía un día fijo para reunirse los Jurados y Administradores hasta que determinaron que fuera el día de San Blas, el 3 de febrero de cada año, en la Casa del Santo. Y así se hizo hasta 1950 aproximadamente.

Instrucciones sobre las reuniones de cuentas de la Casa de San Millán

En el gobierno de la Casa no era superior Torrelapaja o Berdejo y todo estaba perfectamente reglamentado, según tenemos constancia por la Sentencia Arbitral del 18 de septiembre de 1600 (año de la separación de ambos pueblos). Incluso estaba estipulado el orden de colocación de los Administradores para evitar disputas sobre dónde colocarse en la mesa cuando se juntasen. No nos cabe duda de que se cumplía a rajatabla.

La Junta de regidores estaba formada por el Vicario y dos Jurados de cada Lugar, que nombraban un mayordomo de cada municipio para un año renovable. Incluso los Obispos solían dar normas concretas en sus Visitas de cómo debían llevar los libros y hasta de los gastos que podían hacer en los días que duraba el “pasar las cuentas”.

Quiero dejar constancia de una de las citas que atestiguan todo lo mencionado:

“En la Casa y Hospital del Señor San Millán del Lugar de Torrelapaja, en cinco días del mes de febrero del año 1725, se juntaron los Regidores de ella, por el Lugar de Berdejo los señores Moss. Martín Tejado, Beneficiado Presidente de la iglesia de dicho Lugar de Berdejo, Domingo Vililla y Juan Villarroya, alcaldes de este dicho Lugar. Y por el Lugar de Torrelapaja los señores Moss. Antonio Marín, Vicario, Millán Lozano y Juan de Salas, alcaldes, a recibir y tomar cuentas a Domingo Marín y Juan Blasco, Mayordomos que han sido en el año próximo pasado de 1724, quienes las dieron de su administración en la forma siguiente…”

Gobierno de la Casa de San Millán después de la Desamortización

En 1862 se vendió el molino harinero sito en Berdejo y que había quedado sin partir en la división de los dos pueblos. En esa misma fecha también se vendieron las fincas y ganados de la Casa de San Millán. Se exceptuó la Casa por considerarla “hospital de beneficencia” y se emitieron, por los bienes vendidos, “Inscripciones” (láminas) a dicho establecimiento.

El gobierno de la Casa seguía en manos del mismo patronato, formado por los párrocos y alcaldes de ambos pueblos, pero era el alcalde de Torrelapaja quien presidía, encabezaba los escritos, firmaba los documentos y tomaba las decisiones.

A partir de la Desamortización (S. XIX) el Ayuntamiento de Torrelapaja fue el administrador, a través de un mayordomo que nombraba al efecto. Así siguió siendo durante todo el siglo XX.

Datos curiosos del siglo XX

Gracias a la memoria de nuestros mayores, que vivieron en primera persona una ocasión tan especial, podemos saber más detalles de cómo era el 3 de febrero.

La cita congregaba a los principales cargos de ambos pueblos: alcaldes, jueces de paz y secretarios. Los libros de cuentas registraban, igual que antiguamente, todo lo que acontecía en la Casa: ingresos por limosnas y rentas, gastos de reparaciones, rehabilitación, fiestas, …

Lucía Martínez, que era la hija del mayordomo en los años 40, hacía una gran lumbre a primera hora de la mañana que alimentaba durante todo el día y colocaba un gran brasero de zinc con el que se calentaban los asistentes.

La reunión comenzaba a primera hora de la tarde y se prolongaba hasta la madrugada después de la cena y las correspondientes partidas de cartas. La tiá Lucia les daba de cenar cordero o cabrito en su propia casa, excepto el año en que murió su padre que hizo la cena la tía Felisa y cenaron en la barbería de la Casa de San Millán.

Con esta pequeña reseña sobre un frío día de invierno, que se ha repetido con diferentes personajes, pero con los mismos usos y costumbres a lo largo de, al menos, los últimos 5 siglos, quiero contribuir modestamente a recordar y evitar que caiga en el olvido una cita que demuestra la importancia de este edificio en un pequeño pueblo de la provincia de Zaragoza, Torrelapaja.

Una vez más quiero agradecer el inestimable apoyo y colaboración de nuestros “veteranos”, sin cuyo recuerdo de hechos vividos este blog no sería posible.

Como en mi anterior post, “La Casa de San Millán de Torrelapaja pide auxilio para no caer en el abandono total”, quiero agradecer también la labor de estudio y recopilación de información de mi tío Pablo Rubio. Los datos extraídos de libros antiguos durante horas y horas de estudio son la base principal del texto, de este artículo.

Y, como siempre, amig@ lector/a, agradecer tu compañía a lo largo de estas líneas y tus comentarios al final del post y en las redes sociales. Tus valiosas aportaciones de hechos relacionados con esta pequeña parte de nuestra historia contribuyen a poner en valor la vida de nuestros antepasados y agradecer todo lo que pasaron para que hoy tengamos un mundo mejor.

Un abrazo.

Carlos Rubio Sancho

Anuncios

La Casa de San Millán de Torrelapaja pide auxilio para no “caer” en el abandono total

A punto de terminar el verano, vuelven, irremediablemente, a la cabeza, los recuerdos de los momentos compartidos con familiares y amigos en el pueblo: los besos y reencuentros al llegar; el primer paseo por las calles para ver los cambios que ha habido en nuestra ausencia; los madrugones para hacer algo de ejercicio; los paseos a pie y en bicicleta por los caminos arreglados o por la carretera de Berdejo; las excursiones al Picuezo, al Llano, al Arco, a las Hoyas y a otros muchos lugares; los baños en Los Chorros de Bijuesca; los partidos de frontón; las partidas de guiñote en el bar; las cenas y los pinchos del vermut de Fonso y Eva; los cafés de sobremesa; la cerveza antes de cenar; la copita de la noche en el Rejolao; las conversaciones en la mejor compañía a “la fresca”; las fiestas; … y, por último, la triste despedida en la que a tod@s se nos encoge el corazón.

Es difícil no acordarse de la Casa de San Millán, puesto que al estar en el centro del pueblo es imposible no pasar, una y otra vez, por delante de su puerta cerrada. Pero, este año tod@s la hemos tenido más presente, si cabe, por la charla tan instructiva que sobre la misma nos dio nuestro querido párroco, Pablo Rubio, y por la reaparición en nuestras calles de un personaje muy vinculado a ella, el Oso de Torrelapaja, cuya mano izquierda está clavada en el portón de este imponente edificio.

Rincón de San Millán

El Oso volvió al pueblo el 23 de agosto ante la expectación de niños, jóvenes, personas maduras y mayores. Nuestro Oso vive en los montes de alrededor del pueblo y, de cuando en cuando (hasta ahora cuando nadie le veía) baja al “lugar” donde antaño vivió, para asegurarse que todo está en orden y armonía. Vela por los habitantes de Torrelapaja, por nuestras costumbres, tradiciones y nuestra historia, encarnando a la perfección los valores de nuestros antepasados, cuyo espíritu pervive en él.

La mayoría de vosotr@s conocéis los datos y reseñas que vienen a continuación, pero siempre es agradable recordar los pequeños secretos de nuestra historia y, por qué no, a lo mejor conocer alguno nuevo.

La Casa de San Millán, aunque semiabandonada en la actualidad, es muy rica en historia. Su esplendor coincidió con los siglos XVI, XVII y XVIII, los siglos de la grandeza de España.

Fue construida en 1544 sustituyendo a otra anterior que cumplía la misma finalidad. Al exterior es un edificio de aspecto tosco, de mampostería en su fachada principal y de tapial las otras tres, dos de ellas reforzadas por pilares adosados, construidos posteriormente. Tiene portada de piedra sillar en arco y, sobre el mismo, una hornacina con la imagen de San Millán, hecha en escayola de Fuentes de Jiloca (Zaragoza).

El interior constituye una sorpresa para el visitante por su hermoso patio central con dos cuerpos de columnas que le dan un aire de claustro monacal. Tiene graciosas yeserías como ornato decorativo. En sus cuatro ángulos hay relieves alegóricos y entre ellos destaca el que representa a San Millán cuando era pastor, apacentando un rebaño de ovejas y un perro a sus pies. Al lado existe una leyenda en letra gótica que no se puede descifrar. Las columnas del piso bajo son de piedra y de estilo toscano, las del piso superior están revestidas de yeso en zig-zag, estriadas o en rombos. Los arcos, rebajados. Toda la vida de la casa se vuelca al interior, a cuyo patio dan las entradas de todas las habitaciones.

La Casa servía de hospital, refugio de transeúntes pobres y, sobre todo, albergue de peregrinos que acudían a venerar las reliquias de uno de los santos más famosos de la España medieval: San Millán. Los obispos de las diócesis cercanas hicieron colectas (“allega”) en su territorio, en favor de la Casa de San Millán desde 1521 y durante los siglos siguientes.

Su función como hospital de beneficencia fue muy importante a lo largo de los siglos y se prolongó aún durante todo el siglo XIX y parte del XX. La desamortización arrebató y puso a la venta ganados, fincas y bienes inmuebles, pero respetó la propia existencia de la Casa para que siguiera cumpliendo su servicio de beneficencia y hospital.

La Casa siempre estuvo muy ligada a la parroquia y corría con el cincuenta por ciento de los gastos de mantenimiento de la iglesia y la mayoría de sus gastos extraordinarios. Llegó a poseer numerosas fincas en los términos de Berdejo y Torrelapaja. Para atender todo tenía contratadas a una serie de personas fijas: santeros, pastores, mozos de mulas, doncellas, criadas, … En el inventario, constan, algún año, hasta doce personas en nómina. Tenía también capellán propio.

La Casa de San Millán fue siempre la casa de todos. Como ya he apuntado en más de una ocasión, cuando fue decayendo su uso exclusivo como hospital y acogida de peregrinos, en el edifico iban teniendo cabida la mayoría de las actividades sociales, culturales, económicas, de ocio y entretenimiento de los vecinos del pueblo: allí estaba la escuela de niñas; la peluquería y barbería de hombres; tienda; cooperativa de alimentos; teleclub; consulta médica; lugar de reunión de niños y jóvenes, especialmente en los días crudos del invierno, para esparcirse y llenar su tiempo libre; fue espacio para fiestas y bailes durante la fiesta de San Millán; allí tenía lugar el esquileo de las ovejas del pueblo; allí exponían a la venta sus productos los vendedores ambulantes en los días intempestivos; vivían seis u ocho familias y tenía habitación reservada, de modo permanente, el Obispo de la Diócesis.

Por todo ello, podemos decir que la Casa de San Millán nos interesa a tod@s los torrelapajin@s y tod@s la llevamos muy adentro. Su conservación es preocupación general. El 6 de noviembre de 2001 la Diputación General de Aragón la declaró Bien de Interés Cultural por su valor artístico y su singularidad. Es el único edificio civil de la comarca de sus características.

El estado actual de la Casa de San Millán es bastante lamentable y, aunque en los últimos años la Diputación de Zaragoza ha aportado fondos para la consolidación de sus tejados, todavía queda mucho por hacer. Si bien el Ayuntamiento hace todo lo que puede, instamos a las instituciones públicas de nuestra región y nuestro país para que este edificio no caiga en el olvido y, sobre todo, no se caiga ante nuestros ojos ni los ojos de los que vienen detrás nuestro.

No quiero terminar sin agradecer públicamente a mi tío Pablo su impagable esfuerzo y trabajo de años de investigación en los libros de la Casa y la parroquia para que no se pierda nuestra historia y darla a conocer. Todos los datos que aparecen en este artículo referentes a la historia y arte de la Casa de San Millán han sido aportados por él.

Pido perdón por haberme extendido más de lo debido. Cuando me siento ante la página en blanco con el cursor parpadeante tengo una idea a desarrollar, pero después me puede la emoción y me pierdo en recuerdos y aspectos secundarios que no puedo evitar plasmar en este blog que, gracias a los comentarios que recibo de paisanos, amigos, incluso desconocidos, es cada vez más de tod@s vosotr@s. Espero que estas líneas os hayan resultado interesantes y a quienes no habíais oído nunca hablar de la Casa de San Millán de Torrelapaja (algo harto difícil si seguís mi blog) me gustaría, por lo menos, haberos ilustrado un poco para que os hagáis una idea de cómo es, lo que representa para Torrelapaja y cuál ha sido su historia. Ojalá en un futuro no muy lejano podamos tod@s volver a visitarla y contemplar restauradas las maravillas que encierra dentro.

Si te ha gustado el post y piensas que, tal vez, alguno de nuestros políticos puede hacer algo por evitar la ruina total de la Casa de San Millán de Torrelapaja, por favor, comparte en tus redes sociales a ver si conseguimos que nuestro clamor llegue hasta ellos. Un abrazo.

Carlos Rubio Sancho

Santero, un oficio desaparecido mucho antes de comenzar la transformación digital

A nadie le pasa desapercibido que vivimos momentos de cambios. Estamos inmersos en la cuarta revolución industrial, también llamada Industria 4.0. Es una revolución del mundo tal y como lo conocemos. Modificará la forma en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos. Surgirán nuevos puestos de trabajo que todavía no existen y podría acabar con cinco millones de puestos de trabajo en los 15 países más industrializados del mundo.

Pero, ¿es esto algo nuevo? ¿acaso no está el mundo continuamente cambiando? Ahora se considera revolución porque la digitalización de las empresas y los hogares se está produciendo a una velocidad increíble y de forma masiva, incluso en el mundo rural. Pero quienes lo conocéis bien y seguís mi blog, sabéis cómo la vida en el campo es muy distinta desde hace mucho. Tenéis constancia de tradiciones y costumbres que han desaparecido o sólo se recuerdan en fiestas de conmemoración. Incluso, recordáis personas y oficios que desaparecieron hace tantos años que los más jóvenes ni siquiera conocieron. Tal es el caso, por ejemplo, de los santeros, oficio probablemente, totalmente desaparecido.

Puerta Casa de San Millán

En Torrelapaja, la Casa de San Millán surgió como “hospital de beneficencia” para proveer de comida, salud, techo y resguardo del frío a los devotos peregrinos que acudían a venerar las reliquias de nuestro paisano San Millán. Su labor social fue muy importante a lo largo de los siglos y todavía en el siglo XX se acogía y atendía a los necesitados, pobres y enfermos que acudían al pueblo. Esta era la principal labor y encomienda del santero/a que vivía en ella que, junto con el capellán, también se encargaba del pesaje de los niños quebrados.

El santero era una persona importante y con un papel fundamental en la vida de la Casa de San Millán. El primer santero del que tenemos constancia por los papeles de la administración de la Casa fue Antón Sánchez, allá por mitad del siglo XVI, existiendo probablemente este puesto de trabajo desde la fundación de dicha Casa y la última, Rosalïa Moreno, hasta casi mediado el siglo XX.

Existen sendos documentos de 1558 y 1561, en los que como auténticos contratos de trabajo, se detallan las obligaciones y derechos del santero y su mujer: debían hacer inventario todos los años de los bienes muebles y alhajas de la Casa; acoger bien y con caridad a los pobres que llegasen; tener las camas y habitaciones bien limpias y oreadas;  si viniese un hombre con una mujer y no tuviesen acta de matrimonio les tenían que colocar en camas y habitaciones separadas; recoger, entregar y anotar las limosnas que los devotos les dieran y que en aquella época iban en aumento. También se especifica en dicho escrito que Antón Sánchez debía estar continuamente con su mujer y familia en la Casa del Señor San Millán al servir en ella de “santeros”. El santero debía presentar anotaciones mes por mes y año por año de ventas, donaciones, préstamos, recibos, etc para que la “Casa-Hospital” sobreviviera. Por su parte, se les obligaba a los jurados y patrones (regidores y mayordomos) a dar de comer, beber, vestir, calzar y todo lo necesario a Antón Sánchez, su mujer e hija, sanos y enfermos por seis años y a darle 24 varas de paño, 24 varas de cáñamo, calcero, zapatos y 30 ducados. También se le daba a él autoridad sobre los mozos de labor, pastores, vigilantes, obreros y demás obreros y personal de la Casa.

El 19 de noviembre de 1603 se nombran y juran sus cargos nuevos santeros: “Francisco Díez y Magdalena Lasheras, vecinos de dicho Lugar de Torrelapaja, a los cuales dan y asignan por partido, por tiempo de un año, veinticinco escudos y el calcero que hubieren menester para dichos dos y que a la tía santera se ha de dar dos pares de calzas y un mandil, dos tocados y no otra cosa ninguna y …. ellos se han obligado y obligan, juraron y de uso juran … de ser fieles y lealmente en el oficio y cargo de santeros y otorgan haber recibido las alhajas y bienes muebles, en cinco hojas atrás escritas, tenerlas y conservarlas como más bien pudieren y aumentar lo que más pudieren para servicio de dicha Casa y santo Hospital ,,,”.

Ya, en tiempos más recientes, tenemos constancia por nuestros mayores de cómo era la vida de estos santeros u hospitaleros. La hospitalera vivía en el bajo de la Casa y disponía también de la cuadra contigua al corral, sin pagar renta por ello. A cambio tenía la obligación de cuidar de la Casa y atender a los pobres que llegaban.

Durante muchos años esta función fue desempeñada por la tiá Rosalia y cuando ella dejó el puesto, su casa la ocuparon otras familias, pero nadie más volvió a desempeñar este oficio.

Entre las tareas propias del cargo estaba la de llenar de paja el “pajar de los pobres”. Esta habitación se encuentra en el rellano de las escaleras grandes y servía de dormitorio a los transeúntes que, sin casa, comida y trabajo recaían en Torrelapaja durante algunos días en su camino hacia otros lugares.

Al anochecer les dejaba un candil en la puerta para que tuvieran algo de luz para desnudarse al irse a dormir. No lo metía dentro para que no hubiera ningún accidente con la paja y cuando veía que ya estaban acostados y tapados se llevaba el candil. Les aconsejaba encarecidamente que no hicieran fuego por el peligro que eso suponía. Pasado un año, los hospitaleros sacaban la paja al cemaral y lo volvían a llenar con paja limpia, procedente de la nueva siega.

También tenía siempre lista agua caliente para que los indigentes pudieran poner los pies a remojo cuando llegaban muy cansados. Agua que calentaba en el mismo hogar, en medio de su cocina, donde aquellos mendigos se calentaban al calor de la lumbre.

No tenía obligación de darles de comer, tan sólo les hacía una sopa caliente con pan si traían, pero dado que no tenía un sueldo por su trabajo, no contaba con medios económicos para poder hacer más por ellos, que pedían y obtenían comida en el resto de casas del pueblo. No es que llegaran muchos pobres, pero algunas temporadas, como los años de la guerra, sí que se notó un aumento notable. La tiá Rosalia también se ocupaba de limpiar la luna (patio central porticado) y el pasillo que va desde la puerta principal hasta el corral.

Otra de las misiones de la hospitalera era cerrar la puerta de Casa San Millán a las 10 de la noche y aunque todos los vecinos tenían llave, en el caso de los mozos que volvían a casa más tarde de esa hora, muchas veces les tocó entrar por la ventanilla del callejón.

A lo largo de toda la geografía española han existido otros muchos santeros y santeras que con dedicación y entrega se ocuparon a lo largo de los años del cuidado de ermitas, santuarios y otros templos e iglesias. Vaya desde aquí mi reconocimiento y gratitud por su esfuerzo y profesionalidad en el desempeño de un oficio que suponía una gran labor social.

Si tienes constancia de algún santero que siga ejerciendo como tal o anécdotas sobre esta profesión, no dudes en dejar tu comentario en el apartado habilitado para ello más abajo. Tus aportaciones son valiosas para recordar, no olvidar y hacer historia. Un fuerte abrazo.

Carlos Rubio Sancho

Peñalcázar: la imagen cruel de la despoblación rural

Cuando comencé este blog, hace algo más de año y medio, comentaba en mi primer post que quería que fuera una recopilación de tradiciones, costumbres, vocablos, vestimentas e historias de los pueblos de España. Un lugar abierto en el que los lectores participasen con sus aportaciones, completando, corrigiendo y ampliando la información suministrada. Debía empezar por algún punto y qué mejor que hacerlo por lo que más conozco y tengo más gente cerca que me puede informar, mi pueblo, Torrelapaja. En todo este tiempo, tanto en el espacio destinado a comentarios del blog como personalmente, whatsapp y redes sociales he recibido valiosísimas e interesantes explicaciones de convecinos que vivieron los hechos mencionados tanto de mi localidad como de otros pueblos de España con un gran pasado, historia y valor cultural. Quiero agradecer a todos ell@s sus útiles ilustraciones de lo que fueron tiempos pasados y gentes que nos resistimos a que caigan en el olvido.

Perdonad esta breve introducción, pero me parecía necesaria para explicar por qué hoy Torrelapaja no va a ser protagonista, por qué hoy quiero ir más allá y, personalizado en un extinto pueblo de la provincia de Soria, Peñalcázar, pretendo hablar y, por qué no, interpelar a la conciencia de quienes tienen potestad para hacer algo, de un tema del que oigo hablar mucho últimamente y que me preocupa enormemente: la despoblación rural.

Cada 31 de diciembre un grupo de aguerridos hombres y chavales de Torrelapaja y Berdejo, desafiando al frío y el viento, subimos todos los años a Penalcázar, “la Peña” como se le conoce popularmente. Se trata de un municipio, ya despoblado, en el que todavía observamos vestigios de su magnífica historia. Fue enclave celtíbero, romano, árabe e importante frente fronterizo en las guerras entre los reyes castellanos y aragoneses en los siglos XIV y XV, así como escenario en la Guerra de Secesión en el siglo XVIII y la Guerra de la Independencia en el XIX.

El núcleo urbano se encuentra en la cima de una gran muela, una meseta de roca caliza elevada a 1200 m de altitud. Su ubicación hace que el acceso deba realizarse a pie por un camino que discurre sobre una antigua calzada romana a penas perceptible. Si bien sus escarpados cortados de 100 m de altura constituyen en sí mismos una extraordinaria muralla natural, en el extremo oeste todavía quedan restos de la muralla que constituyó el alcázar que le da nombre. También es posible distinguir una de las puertas de acceso y un aljibe o nevera con bóveda de cañón.

Del caserío, en estado de ruinas, destaca la Iglesia de San Miguel, cada vez más deteriorada, pero de la que todavía se conserva la torre y una pequeña parte del techo con nervaduras góticas. También quedan restos de una ermita del siglo XVIII.

Las vistas de los alrededores son espectaculares desde allí y si el día está claro se descubren montañas muy lejanas. Desde el privilegio que da la altura tratamos de identificar parajes, pueblos y montes, aunque no es posible quedarse observando durante mucho tiempo puesto que el frío viento nos hace partícipes enseguida de los rigores del invierno.

De nuevo en Torrelapaja, y cobijados en la calidez del hogar, mis padres recuerdan cómo era la vida allí cuando todavía estaba habitado. La gran llanura que forma la meseta estaba ocupada por eras y las fincas estaban en la parte de abajo. Sus habitantes vivían de la agricultura y la ganadería. Llegó a haber luz, pero no agua corriente, por lo que diariamente debían bajar hasta la fuente a lavar y a por agua, ayudados por las “aguaderas” (cántaros) que llevaban las caballerías. El agua era necesaria tanto para el aseo y consumo humano, como para el de los animales, cuyos corrales estaban adosados a las casas en la parte superior.

En cierta ocasión mi padre y mi tío Martín fueron a casa de la tiá Adela a “la Peña” a por trigo. La tiá Adela era una mujer mayor, viuda, cuyos hijos cultivaban la tierra. A nuestro pueblo también emigró gente de esta localidad soriana, como Benita Portero que era de allí. El último habitante, que antes de su partida ocupaba los cargos de alcalde, juez de paz, alguacil y concejal de la Hermandad de Agricultores y Ganaderos, se marchó en 1978. El término municipal quedó dividido entonces en dos, la parte norte pasó a formar parte de La Quiñonería y la parte sur de Almazul.

La masiva emigración del campo a las ciudades, producida en los 60, en busca de nuevas oportunidades laborales y mayores comodidades hicieron que la población de muchos pueblos españoles quedase diezmada. Con el envejecimiento progresivo de estos núcleos urbanos hemos llegado a una situación en la que, según el estudio “Población y despoblación en España 2016”, la mitad de los municipios españoles se encuentra ya en riesgo de extinción. El panorama empeora progresivamente y el desierto demográfico avanza mes a mes. La Federación Española de Municipios y Provincias presentó el año pasado en el “Congreso de la Esperanza” un informe sobre la situación actual y un conjunto de 79 medidas que sería necesario tomar a nivel estatal para frenar el abandono rural, ya que la despoblación se ha convertido en un problema de estado.

Quienes conocemos de cerca el problema, sabemos que, llegados al punto actual, muchos pueblos desaparecerán irremediablemente o quedarán como segundas residencias de fines de semana y veraneo (esperemos que sea predominante la segunda opción y haya pocos casos como Peñalcázar y otras localidades abandonadas). Sabemos que el dinero se invierte y los servicios se crean normalmente en función de rentabilidades. Sabemos que el agrupamiento social cambia siglo a siglo y es inútil añorar lo que ya fue, pero también sentimos que, si la sociedad por fin se ha dado cuenta de que se trata de un problema de todos y que es urgente pasar a la acción, es el momento de que los habitantes de pueblos y ciudades tengan las mismas oportunidades. Hay formas de seguir manteniendo nuestro patrimonio rural y el legado de nuestros antepasados, hay que ser capaces de reinventar el mundo rural y hay lugar para la esperanza.

Como siempre, gracias por llegar hasta el final. Gracias por compartir parte de vuestro preciado tiempo conmigo y gracias por ayudarme a poner en valor la vida de gente sencilla que hizo historia siendo feliz con lo que le tocó vivir. Un fuerte abrazo para tod@s.

Carlos Rubio Sancho

Invierno, ¿cómo era la vida cuando realmente hacía frío?

En el momento de escribir estas líneas nieva afuera. Son copos grandes, sin agua. Da gusto ver caer la nieve de forma tranquila y serena, sin viento y con tal consistencia que varios centímetros de un blanco manto cubren parques, jardines, árboles, coches y aceras. Desde la ventana, no tan lejos, no se divisa el horizonte. Es como si las plumas de un nórdico cayeran sin prisa, pero sin pausa. “Nieva de bondad” que dirían en mi pueblo. Torrelapaja, ¡allí sí que antaño nevaba bien y eran duros los inviernos!

Calles nevadas

No hace tantos años, cuando yo era todavía un crio, recuerdo perfectamente cuando mi padre abría con la pala sendas en la nieve para poder salir de casa. Campos blancos, cual impresionante postal de navidad y frío, mucho frío. Unos años antes, cuando nació mi hermana Mayte, cayó una nevada impresionante. Me contó mi tía Nati cómo, al poco de salir el tren de la estación de Torrelapaja, ya nevaba de manera copiosa y no paró en todo el trayecto hasta Calatayud. Allí fue a buscarla mi tío Pablo con su 600. En Calatayud también había nevado lo suyo. Un par de días después, mientras mi madre se quedaba allí con mi hermana, regresaron al pueblo mi tía, mi padre y mis dos hermanos mayores. Avisaron para que el señor cura, Don José Antonio, que también tenía ya coche, un 2CV, fuera a recogerles a la estación. Resultó que era fiesta en Berdejo, la Reliquia de San Millán, que se celebraba el tercer lunes de enero y cuando llegaron a la estación no estaba ni el cura ni el coche. Estaba mi tío Martín con el carro que usaban mis padres para llevar los cántaros de agua desde la fuente a casa. Con una manta de los pastores en el suelo del carro y unos mantones para tapar a mis hermanos, que eran pequeños, llegaron a casa calados hasta las rodillas, a consecuencia de la nieve acumulada en la carretera.

Remontándonos todavía más, hasta mitad del siglo pasado, los recuerdos provienen de mis padres. Los meses más duros eran diciembre y enero. Por aquel tiempo empezaba a nevar para Santa Bárbara (4 de diciembre) y lo hacía hasta el mes de febrero inclusive, aunque había años que en dicho mes también hacía mucho sol. En enero nevaba mucho, pero los peores orajes eran los de Navidad, cuando el tiempo es más corto y duraban más las tormentas de viento y nieve. La calle “El Horno” quedaba intransitable, puesto que con el calor el deshilo del tejado creaba unos “chuzos” (carámbanos) impresionantes en los aleros y un pavimento deslizante. A ello había que añadir que a dicha calle no le da el sol en todo el día y que no se echaba sal en las calles.

Según los anuarios, el invierno de 1956 fue el más frío de toda la historia meteorológica española registrada. El día 2 de febrero de ese año había un palmo de nieve y mi padre tenía que ir con el tió Sebastián, el pastor, al corral a echar de comer al ganado como cada mañana. El corral estaba lejos del núcleo urbano. El tió Sebastián fue a buscar a mi padre a casa, pero como todavía no estaba preparado se adelantó un poco. Llegó hasta la esquina del pueblo y arredrado por el frío viento se volvió a su casa, pero no entró a avisar a mi padre que, llegando al molino, cegado por la “cillisca” (ventisca), no sabía qué hacer, si continuar hacia delante o volverse. Finalmente, llegó como pudo al corral de la Umbría, pensando que el tió Sebastián ya estaba allí. Ese año nevó mucho y estuvo todo el mes de febrero helando.

Pero ¿cómo transcurrían los duros días de invierno en el mundo rural?

En noviembre se comenzaba a recoger la remolacha, tarea que les tenía entretenidos varios meses. Siempre había alguna “faena” (tarea) que hacer, como por ejemplo hacer leña, hacer “costillas” (palos que se ponían en las colleras de los yugos de los machos), hacer mangos para las azadas o trabajar en los “ciemos” (revolver los “cemarales” que había fuera de los corrales para que se moliera la paja que se echaba). Otros días iban a arreglar las acequias o a hacer hogueras en el porche de la fragua para calentarse. Los días que no se podía salir de casa los hombres tomaban el sol por las mañanas en la “Replaceta” o en las puertas del tió Pedro, el molinero, y el tió Hermenegildo y por las tardes iban al café. Por las noches cada uno se estaba en su casa, salvo quienes al carecer de compañía en casa pasaban a la de algún familiar para hacer más amena la velada. Los mozos, por la tarde, en el rellano de casa de San Millán iluminado por una bombilla, jugaban a las chapas.

Quienes tenían ganado salían de casa en torno a las 9hs para darle de comer. Echaban paja, esparceta y pienso a las ovejas y como no podían salir con ellas por la nieve se volvían a casa. Después de comer las bajaban al río para que bebieran agua y les daban de comer otra vez. Las caballerías no salían de casa y había que ir a la fuente “El Caño” para llevarles el agua a casa. Lo mismo para las mulas, vacas y resto de animales.

Las mujeres tenían que ir a lavar al lavadero grande, aunque hiciera frío, con abrigo, guantes y pañuelo en la cabeza. En casi todas las familias iban por lo menos de dos en dos. Las casas estaban peor acondicionadas que ahora. No tenían calefacción y la única forma de calentarse era entorno al hogar o sentados a la mesa con un brasero de lumbre en la tarde-noche cuando se juntaban las familias a charlar y compartir los momentos del día. El frío entraba por puertas y ventanas. Las camas se calentaban con un calentador lleno de brasas, que se pasaba por las sábanas, y abundantes mantas. El calor humano también ayudaba, ya que normalmente era preciso compartir cama.

En diciembre y enero se mataban los tocinos. Se hacían siempre dos matanzas, la primera para Santa Bárbara o Santa Lucía (13 de diciembre) y la segunda para Nochevieja/Año Nuevo. Quien mataba para San Antón (17 de enero) ya lo hacía con algo de retraso. Estas ocasiones eran momento de fiesta y reunión para las familias.

Para Santa Bárbara y Santa Lucía se hacía una hoguera en cada barrio (5 o 6) después de cenar. La de Santa Bárbara se alimentaba con aliagas y la de Santa Lucía con sabinas. Al terminar, había baile hasta las 12 de la noche. Para San Antón la hoguera era de leña y se quemaba en el camino de la fragua. Se cenaba sobre las 8 de la tarde puesto que ya era de noche.

Sigue nevando afuera, pero los testimonios y anécdotas de mis familiares más cercanos me transportan a otros tiempos y otro lugar, proporcionándome un reconfortante calor que es avivado por el cariño y la nostalgia. Pensando en todo ello, me siento dichoso y feliz. Primero por haber conocido una realidad que mucha gente desconoce y segundo porque, si aquellos antepasados a los que les tocó una vida mucho más dura fueron tan felices, ¿cómo no lo vamos a ser nosotros con las comodidades que tenemos en el siglo XXI?

Gracias, una vez más, por hacerme llegar vuestros comentarios y experiencias al leer, junto a nuestros mayores, cómo era la vida no hace tantos años. Si quieres aportar más datos y anécdotas relacionadas con este post, es muy fácil, escribe tu comentario más abajo y estaré encantado de publicarlo. Un fuerte abrazo.

Carlos Rubio Sancho

Vivir en un palacio renacentista, una experiencia inolvidable

En la mayoría de los artículos que he escrito hasta ahora en este blog se menciona, por una circunstancia u otra, la Casa de San Millán. Ello demuestra la importancia de este gran edificio para un pequeño pueblo aragonés, lindante con la provincia de Soria, Torrelapaja. Se encuentra situada en el centro del pueblo y su tamaño, majestuosidad y belleza interior hacen de este palacio renacentista una preciada joya del patrimonio histórico y cultural español.

Son muchos y diversos los usos y servicios que se le han dado a esta Casa a lo largo de sus más de cuatrocientos setenta años de vida. De su historia y el patrimonio artístico que alberga ya hablaremos en capítulos posteriores. Hoy quiero detenerme en lo que ha sido su vida y transcurrir diario a lo largo del tiempo.

Palacio Renacentista (Torrelapaja-Zaragoza)

Corredores Casa de San Millán

Hasta no hace muchos años fue un edificio vivo, con familias que tejían su historia en el interior de sus muros, con gente que entraba y salía continuamente. Si nos detuviéramos un momento en el silencio y soledad de sus corredores podríamos oír los gritos de tantos niños y niñas que a lo largo de los siglos hemos jugado allí. Podríamos sentir al tío Félix salir apresuradamente en la oscuridad de la noche a atender a alguna parturienta que trae a su hijo al mundo. Podríamos bailar al son de la música el día de San Millán. Podríamos emocionarnos con el recitar de las lecciones de las niñas del pueblo, que en este edificio aprendieron a leer, escribir, matemáticas, geografía, historia, coser, bordar y otra infinidad de cosas, gracias a la innegable labor de Doña Luisa y otras maestras. Podríamos escuchar a la señora Nati pedirle aceite a la tía Felisa porque pensaba que ha traído más botellas de Zaragoza y se le ha acabado. Todas estas cosas y muchas más son las que hoy quiero compartir con todos vosotros a través de la memoria y los recuerdos de Pilar Jimeno, que nació en la Casa de San Millán y ha vivido en ella, muy feliz, muchos acontecimientos importantes en su vida.

En la Casa de San Millán vivían normalmente 6 familias. Es una casa en la que, por su composición hay diferentes tipos de viviendas: alguna muy pequeña, en la parte alta con sólo una habitación con tragaluz y chimenea, otras con varias habitaciones separadas (dormitorios, cocina, despensa, …) repartidas en torno al corredor principal y alguna otra, aunque pequeña, con todas las dependencias juntas. Me ha contado Pilarín entretenidas anécdotas de los muchos habitantes que han pasado por la Casa, como que con 6 o 7 años ella subía a fregar los cacharros de la tiá Catalina, rascando los “morros” de los pucheros con cucharas de hierro oxidadas. O cuando los 3 o 4 niños de la tiá Leoncia, que vivía en la entreplanta del primer y segundo piso y tenía el dormitorio en los corredores, salían corriendo desnudos, pisando la nieve en las duras mañanas del frío invierno.

La gente iba y volvía, según las circunstancias y las necesidades del momento, como la tiá Marcela, que estuvo viviendo unos años en una casa propiedad del tió Pedro, el ciriano. Llevaban sus tierras y como en Casa de San Millán resultaba muy trabajoso subir las cosechas y demás enseres hasta el desván se cambiaron. También Carmen Modrego y su familia vivieron durante un tiempo en Las Casillas hasta que sus hijos se marcharon a trabajar fuera y regresó a su hogar de siempre. Los distintos habitáculos cambiaban de moradores y también de uso, como las antiguas escuelas de las niñas, que en los años 70 estaban desocupadas y comenzaban a deteriorarse y con unas pequeñas reformas se convirtieron en la residencia de verano de la familia Xifré; o una habitación que había en ese mismo rincón, que fue durante unos pocos años bar y en los 80 pasó a ser la consulta del médico local. En los bajos de la casa estaba también la tienda de Venancio Oliveros, con puerta al público desde la calle y la propia Casa. Era una tienda de ultramarinos con un característico olor a vino y en la que se podían encontrar sardinas rancias (“Guardia Civiles”) dispuestas en las típicas ruedas de madera, legumbres, vino, lejía, jabón, cremalleras, hilos, botones, … vamos, de todo.

Por la tarde las vecinas salían a coser y charlar a los corredores. Se ponían medio al sol, medio a la sombra. Era una casa que facilitaba la comunicación y el contacto con los vecinos y entre ellos reinaba la paz y la armonía. Junto con el resto del pueblo formaban una gran familia en la que todos se preocupaban de todos, como en cierta ocasión en la que Carmen mandó salir a unas gitanas que se disponían a entrar en la despensa de la tía Felisa. Ella estaba en su cocina y no se había percatado de nada. En una casa tan grande había mucho que limpiar y lo hacían muy a gusto entre todas, pero comenzaron a faltar vecinas y quedó todo para Pilarín y su madre. Cuando se fundían las bombillas de la escalera, el patio y los pasillos, la tía Felisa estaba al tanto para cambiarlas por otras nuevas.

Todos los ganados del pueblo esquilaron las ovejas durante muchos años en los bajos de este edificio. Los rebaños se metían en la cuadra de la familia Jimeno y los esquiladores hacían su trabajo en la planta baja, entre la luna y los porches, pero llegó un momento en que las condiciones de salubridad hicieron que fuera imposible continuar llevando a cabo esa tarea allí. El calor del mes de junio era sofocante. Se llenaba todo de pulgas y otros bichos procedentes de los animales. Era preciso trasladar tocinos y gallinas de la propia Casa a otros corrales, con la consiguiente desadaptación de los mismos. Suponía también una molestia para los inquilinos, puesto que era mucho el ruido, polvo y suciedad que se producía, además de generar un trabajo extra de limpieza. Al terminar, el tío Félix debía realizar una limpieza exhaustiva de la cuadra y con la ayuda de su mujer, sacaban cestas llenas de los excrementos que las ovejas dejaban. Al surgir nuevas regulaciones sanitarias, un médico de Bijuesca amenazó con denunciar a Sanidad si se continuaba ejerciendo la actividad de esquilo en aquel lugar y con la aprobación del tió Pedrín, encargado de la Casa, se decidió suspenderlo en lo sucesivo. A partir de entonces cada pastor esquiló en su corral.

Es tanta la gente que ha vivido y trabajado en este edificio que resultaría imposible nombrar en unas cuantas líneas a todos. No me gustaría que ninguno de ellos o sus familiares pudiese sentirse molesto si no han visto reflejado su nombre en este artículo. De forma general, quisiera mostrar mi reconocimiento y gratitud a todas aquellas mujeres y hombres que, a lo largo de los siglos, contribuyeron a que la Casa de San Millán siguiera viva y continúe en pie a día de hoy. Y sin que nadie se ofenda tampoco, quiero hacer una mención especial a Felisa García, por ser la persona que más años ha vivido en ella, desde que se casó con 25 hasta los 85, sin moverse de allí y después, durante dos o tres meses todos los veranos hasta los 99 años. Era perfectamente autónoma y murió a los 101 años, como San Millán. Recuerdo perfectamente, con nostalgia, cuando de niños jugábamos al escondite en los corredores y nos regañaba para que no chilláramos ni corriéramos.

Seguro que todos los que habéis vivido en Torrelapaja, aunque haya sido sólo durante una temporada, tenéis también muchas anécdotas y vivencias como las que aquí aparecen. Por favor, compartirlas con el resto de lectores con un comentario a continuación. Los que hayáis tenido la suerte de vivir en una casa comunal, como una corrala o similar no olvidéis aportar también vuestro granito de arena.

A todos los que me seguís, gracias de todo corazón por estar ahí.

Escuelas rurales, conocimiento y diversidad juntos en el mismo cajón

En estos días en que nuestros hijos acaban de comenzar las clases de nuevo, recuerdo con cariño las conversaciones con mi padres, tíos, hermanos y primos sobre cómo era la escuela en Torrelapaja cuando ellos/as estaban en edad escolar. Yo no tuve la suerte de poder ir al colegio en el pueblo, pero me hubiera gustado tener la experiencia de haber estudiado en una escuela rural.

Escuela de niños

La verdad es que, en lo que se refiere al tema escolar, no cambiaron muchas cosas en más de cuarenta años. Antes de que mi padre fuera a la escuela, en tiempos de doña Capi, sí que iban niños y niñas juntos a clase, pero después y hasta prácticamente los últimos años, hubo escuela de niños y escuela de niñas.

La escuela de niños estuvo siempre en un local que hoy en día se conoce como el ayuntamiento viejo y la de niñas, mucho más grande, en Casa de San Millán.  En ambos casos había una media de 30 alumnos, si bien es cierto que siempre había más chicas que chicos. La etapa escolar iba desde los 5 años hasta los 13-14 años en que dejaban de estudiar para trabajar, ayudando a sus padres. Los niños tenían maestro y las niñas, maestra, pero únicamente uno o una para todos los cursos.

Llevaban un sólo libro bastante gordo, llamado enciclopedia que servía para todas las edades y contenía los conocimientos esenciales de todas las asignaturas (pasaba de unos hermanos a otros). Los pequeños utilizaban uno más básico y los mayores otro más completo. Un mismo cuaderno servía también para todas las disciplinas. Mientras los mayores resolvían problemas matemáticos, los pequeños leían todos del mismo libro alrededor de una mesa. Y cuando los primeros corregían el dictado diario en la pizarra, los segundos se entretenían en otros menesteres. El recreo tenía lugar en la calle o el corralín y quien quería se acercaba a casa a por el bocadillo. Si llovía los niños se cobijaban en el patio de la escuela que era muy pequeño y las niñas en los corredores de Casa San Millán. Por aquél entonces ni había calefacción ni estufa para calentarse en los fríos inviernos, aunque las niñas llevan brasas del horno en unas latas que llamaban rejillas.

A mitad de los años 50 el Ayuntamiento construyó el nuevo Grupo Escolar San Millán en un amplio terreno al otro lado de la carretera, con un aula para chicos y otra para chicas, aunque los más pequeños iban todos con la maestra, que les sentaba cerca de las chicas más mayores para que se hicieran cargo de ellos. El edificio se inauguró y comenzó a usarse en la primavera de 1960. El hecho de que alumnos de 4 años convivieran con otros de 14 dificultaba enormemente la labor docente, pero enriquecía la diversidad y mezcla de alumnos. Esta circunstancia sigue estando presente en gran cantidad de pueblos que cuentan con tan sólo un aula escolar, si bien es cierto que las comunicaciones actuales han favorecido que varias escuelas de pueblos cercanos y en las mismas condiciones formen parte de un CRA o Colegio y compartan profesorado y servicios. Tal vez no se trabajaba tanto como ahora, pero aprendían cosas que no estaban en el programa de cada curso, porque prestaban atención a lo que la maestra les explicaba a los mayores, lo cual era muy enriquecedor.

Los pupitres de madera, una pieza de dos unidades con mesa y asiento unidos en su base, pasaron a forma parte del mobiliario de las nuevas escuelas. En invierno se calentaban al calor de una estufa de serrín que encendían por turnos los alumnos, situada en las esquinas de cada clase. Era tan grande que incluso metían a los más pequeños para que pisaran el serrín. Para los pies utilizaban latas con brasas. Posteriormente esta estufa se sustituyó por una de leña, cortada por los padres de los colegiales a la vez que hacían las de sus propias casas. Cuando nevaba los padres iban a llevar y recoger a los niños, pero si no, les mandaban solos a la escuela, saliendo de casa a la vez que las cabras que el tió Benedicto llevaba en la vicera, de la que ya hablamos en un post anterior.

Quiero hacer mención especial a tantos y tantos maestros y maestras que a lo largo de los años pasaron por las aulas de Torrelapaja. Algunos de estos docentes venían al pueblo solteros y vivían de patrona en casa de nuestros abuelos, otros traían consigo a toda su familia y alquilaban alguna de las casas que estaban libres en cada momento. Como también venían con hijos, ello contribuía a aumentar el número de escolares. Alguno de estos hijos de maestros y maestras todavía nos visitan y recuerdan su paso por nuestra localidad con mucho cariño. Evidentemente es imposible nombrar a todos los profesores, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de señalar algunos de ellos/as, que por alguna u otra razón he oído en las charlas familiares: Doña Luisa, que fue durante muchísimos años la maestra de las niñas e incluso se casó con un mozo del pueblo, el tió Feliciano; Don Julián, que estuvo de patrona en casa de las hermanas Lozano; Don Alfonso que hizo un cambio de titularidad con Don Juan, al cual no le sentaba bien el calor valenciano y se vino hacia tierras más frías; Doña Patro, que era de Berdejo y vino recién casada; mi madre, Loreto Sancho, que fue maestra sustituta durante una baja maternal de Doña Patro; Don Juan Pelarda, que era el párroco y tuvo que hacer durante un tiempo las veces de maestro porque no mandaban a nadie; Don Tomás, de Torrijo, que fue el primer maestro de las nuevas escuelas; Don One, de Sauquillo, que estuvo entre 1961 y 1963 más o menos, Don Emiliano y Doña Nuri, que se conocieron estando ambos de maestros en el pueblo y se casaron; Pilar Cimorra, que tuvo Torrelapaja como primer destino; Nieves Redrado, que tuvo que hacerse cargo de 32 niños y niñas, que se pasaban casi todo el tiempo castigados y como no trabajaron mucho ese curso, los padres convencieron a Puri Sancho para que les diera clases durante el verano; Conchita Sebastián, que tenía un novio suizo y durante el curso se fue un mes a Suiza, siendo sustituida por otra maestra de Ceuta que era testigo de Jehová. Los padres estaban preocupados por la clase de religión, que, según mi prima Dolores, era superdivertida. Utilizaba unos materiales novedosos, les explicaba la historia sagrada con un franelografo, más o menos lo que ahora hacen con los niños con dificultades con pictogramas plastificados y velcros. Y como ell@s, muchos más.

Para terminar, quiero transmitir varios agradecimientos: El primero para todos esos profesionales, que en condiciones bastante duras (no debía ser fácil trasladarse de la ciudad a un pueblo sin agua corriente), con pocos medios y muchos niñ@s, formaron tanto cultural como personalmente a los hombres y mujeres que hicieron posible que el pueblo siga vivo y nos inculcaron su amor por el mismo. El amor por una tierra que sin saber por qué atrapa y cautiva, sin saber cómo, se mete en las entrañas y te acompaña allá donde vayas. Mi agradecimiento también como siempre a todas aquellas personas que con su sabiduría y recuerdos hacen posible que yo pueda plasmar en unas cuantas líneas lo que fueron sus vidas años atrás. Y, como no, mil gracias también a los pacientes lectores que seguís apoyándome con vuestro reconocimiento y palabras de ánimo.

Si tú también tienes anécdotas curiosas que contar de tus años como estudiante y te gustaría compartirlas con gente de otros pueblos y ciudades, cuéntanoslas en el apartado de comentarios de este blog. Si por alguna razón no te llega la noticia de la publicación de algunos de los posts, hazte seguidor de mi blog y las nuevas narraciones llegarán directamente a tu e-mail.

¡Hasta pronto, nos vemos en el siguiente artículo!