Segar, trillar, ablentar… ¿cómo eran las cosechas del siglo pasado?

Hace unos días recordábamos los días de las fiestas de mitad del siglo pasado. Esos días solían coincidir con el final de la cosecha, aunque a veces les pillaba el toro y en algunas casas terminaban pasados los días festivos. Sacar paja del centeno (sacar paja con la finalidad de hacer el cencejo para atar la cosecha) y trillar el centeno era lo último que se hacía.

En mi pueblo, la mayor parte de los habitantes vivía del campo. Debo decir, que he disfrutado mucho preparando este post, ya que, al provenir de una saga de agricultores, durante toda mi vida he oído historias y anécdotas de los duros días de labor en la tierra, y la mayoría de los términos que aparecen en este relato no eran desconocidos para mí. Traer a mi memoria todo eso, ha significado retrotraerme a mi infancia, mi pueblo y mi gente.

cosechadores

En Torrelapaja, debido al clima frío y seco y la composición de la tierra, el cultivo principal siempre ha sido el cereal (trigo y cebada). Por lo general, las tierras se repartían la mitad para cosecha y la otra mitad para barbecho. La siembra comenzaba cuando pasaba el Domingo del Rosario, el primer domingo de octubre. Se tiraba la simiente con la mano y se envolvía con el aladro o la grada (rastra con varias rejas). Al mismo tiempo se echaba el abono, también a mano. Posteriormente, en primavera habría que añadir otra vez nitrato y se escardaba la remolacha y la cosecha, dejando el terreno limpio de cardos y hierba. Con ayuda de una yunta se daban dos o tres vueltas a la tierra durante el año. Se removía el terreno con el aladro en el mes de abril, en el mes de junio se binaba y en julio se solía dar una nueva vuelta. El resto del año, salvo la temporada de cosecha que era la más intensa, el día se dedicaba a otras faenas, ya que en el campo se vivía y se vive a merced del tiempo. Se está siempre mirando al cielo para ver si va a llover o no. Unas veces porque hace falta agua para que nazca el cultivo, otras porque ya hay demasiada agua y se puede pudrir todo. Si apedrea, el granizo arrasará el fruto de tantas horas de trabajo y tantos desvelos. ¡Y así siempre!

Intentando no resultar pesado, me voy a detener un poco más en el proceso de la cosecha que implica tareas muy diferentes y, probablemente es el que más haya cambiado desde la época en que nuestros mayores eran jóvenes. La siega se llevaba a cabo con una hoz, se recogía la cosecha, se hacían fajos y se conducía a la era. Torrelapaja está rodeado por infinidad de eras con pajares que en su día tuvieron una importante función. A buen seguro que los niños de hoy en día no saben por qué están ahí ni para que servían y piensan que en la era del futbol las porterías siempre han existido y toda la vida se ha utilizado como estadio del pueblo. Suponía un momento de gran actividad que generaba muchos puestos de trabajo, pues en todas las casas eran necesarios peones que ayudasen en la tarea. El período de siega dependía del número de piezas/fincas que se tuviera, pero lo más habitual eran 20-25 días de trabajo continuo desde la salida hasta la puesta del sol, tan sólo parando para la hora del almuerzo y la de la comida. Las mujeres, que no paraban tampoco en todo el día, eran las encargadas de llevar la comida, muchas veces andando largas distancias. Esta comida no se limitaba a un bocadillo, sino que era comida de plato, de puchero, como la que solían tener a la mesa. ¡Qué valor comerse un cocido calentito en pleno campo en el mes de agosto! Primero se hacía la siega del centeno, después de la esparceta o pipirigallo, como se llama en la montaña y, por último, del cereal. La esparceta se utilizaba principalmente para dar de comer a ovejas, caballerías y conejos.

Una vez que la cosecha estaba en la era, se pasaba el trillo por encima y se molía todo. La paja se trituraba y el grano se separaba de la espiga, aunque para que se deshicieran las espigas del todo era necesario volver la parva, es decir, echar lo de abajo arriba para trillar de nuevo. A base de remoler más veces, más corteado quedaba. Todo revuelto se amontonaba con el fin de comenzar a ablentar, separando grano y paja. Llegados a este punto, era preciso que hiciera viento, puesto que con horcas de madera se lanzaba todo al aire. Cuanto más trillada estaba la paja, se conseguía un trigo más limpio. El grano quedaba a un lado en el suelo y la paja a otro y con las mismas palas planas de madera de mover la parva se volvía a echar el trigo al aire. Después de ablentar había que acribar, tarea que habitualmente realizaban las mujeres y que consistía en remover el grano en cribas para que quedase totalmente limpio. Dependiendo de lo productiva que hubiese sido la cosecha resultaba un montón de cereal más grande o más pequeño, que se recogía en talegas (sacos largos) para llevarlo a los graneros de las casas.

Tras la venta del trigo, una parte se reservaba para molienda, según la cantidad de harina que hiciese falta en casa. Como resultado de dicha molienda, por la que se pagaba una pequeña cantidad en compensación por el trabajo realizado, en la fábrica de harinas local se obtenía un 70% de harina, un 20% de tercerilla (harina de peor calidad) y el 10% restante era salvado (cáscara desmenuzada). Para hacernos una idea, por cada 140 kg de trigo obtenías una saca de harina de 100kg y 15 kg de salvado. Este último se utilizaba para dar de comer a los animales, mezclado con agua para las gallinas o con paja para las vacas. El resto, con ayuda de las caballerías se llevaba a los almacenes del Servicio Nacional del Trigo (SNT). Junto a dichos almacenes, la Hermandad de Labradores (cooperativa que velaba por los intereses de sus miembros campesinos) construyó una báscula de pesaje. El SNT entregaba un negociable (cheque), correspondiente al cereal depositado, que se podía cobrar en el banco. Posteriormente, el grano era transportado en camiones a otras fábricas.

No fue hasta mediados de los años 60 cuando se generalizó el uso de tractores en los campos del pueblo y llegó la primera cosechadora, que por supuesto, no tenían nada que ver con la potente y sofisticada maquinaria de hoy en día.

En otros pueblos más grandes o con otro tipo de cultivos diferentes, el trabajo de los agricultores probablemente tenía connotaciones diferentes. Te invito a que en el apartado de comentarios te animes a ampliar la información de este artículo con otro tipo de labores en el campo o incluso completando las que yo cito. Si te ha gustado el artículo házmelo saber con un comentario o un “me gusta” y así sabré cómo enfocar mis próximas publicaciones.

Quiero hacer de este post un homenaje a tantos hombres y mujeres que de forma sencilla y callada trabajaron duramente sus campos para vivir y sacar adelante a sus familias.

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De cuando las fiestas eran en Septiembre

Vista TorrelapaCon este primer post presento hoy mi blog. Este blog quiere ser una recopilación de ideas e historias de los pueblos de España. Tradiciones, costumbres, vocablos, vestimentas típicas,…, que provenientes de la memoria de nuestros mayores ni yo, ni otras muchas mujeres y hombres de este gran país queremos que se pierdan. España es un país con mucha historia, tradiciones y costumbres. Un país con una diversidad y cultura popular increíbles. Es importante no dejar de mirar al futuro, y, sobre todo, vivir en el presente, pero nunca debemos olvidar nuestro pasado. Somos lo que somos, por lo que nuestros antepasados hicieron y vivieron, pero lamentablemente sólo aquellos que realizaron grandes hazañas pasarán a la historia, mientras que nadie recordará el duro trabajo de tus abuelos y bisabuelos porque ahora tenemos medios tecnológicos para realizar las mismas tareas en mucho menos tiempo y de forma más eficiente.

Como hay que partir de algún punto, periódicamente iré hablando de temas relacionados con mi pueblo, Torrelapaja. Estoy seguro de que a muchos lectores les gustará conocer lo que allí pasaba hace 60 años, pero también sé que otros muchos verán identificadas muchas costumbres en sus propios pueblos o incluso, vecinos, amigos o descendientes de Torrelapaja conocerán historias y aspectos no mencionados en el relato original, o incluso querrán corregir alguna idea del mismo, que a su entender no es del todo correcta (críticas, correcciones y aportaciones que sumen valor serán bienvenidas). Pretendo, por tanto, que sea un blog abierto, en el que, de forma educada y siempre añadiendo algo positivo, se pueda participar y aportar un granito de arena.

Hoy, 8 de septiembre, el santoral marca la Natividad de la Virgen María. Felicidades, por cierto, a todos las Natividades, Natis y Marías. Hasta hace algo más de 30 años, tal día como hoy era el día principal de las fiestas de Torrelapaja (en la actualidad se celebran el último fin de semana de agosto). Todo comenzaba el día 7 por la tarde, la víspera, cuando al atardecer, la juventud del pueblo iba a la estación a esperar a los músicos que venían en tren de otros pueblos, como Villarroya o Aniñón, la mayor parte de los años. Esa misma noche ya había baile en la plaza. No existían grandes escenarios como los camiones de hoy en día, con enorme focos y potentes instrumentos y altavoces. Por aquel entonces se formaba un semicírculo en el suelo con 10 ó 12 sillas para los músicos de la banda, delante de la puerta de “la Vitoria y el Manolo”. Los músicos se hospedaban a dormir y comer entre los vecinos del pueblo, repartidos por el Ayuntamiento por orden correlativo por las diferentes casas. Este orden se mantenía vigente para el reparto del año siguiente, alterado solamente por razones personales que impedían poder acoger a los músicos el año correspondiente, como por ejemplo luto por el fallecimiento de un familiar durante ese año.

El día 8 era el día de “la fiesta”. Por la mañana, los mismos músicos tocaban diana a las 9 de la mañana y después tenía lugar la misa mayor. Misa solemne tras la cual se realizaba la subasta de palos, tal y como todavía se sigue haciendo hoy en día. Esta subasta tiene como finalidad que la Virgen de Malanca, llevada en procesión por las calles del pueblo después de la misa, sea introducida en la iglesia por aquellas familias que, con motivo de una ofrenda, petición o acción de gracias personal, pujen más por cada uno de los palos de la peana de Nuestra Señora. Antes de comer, los mozos y mozas, que no casad@s, iban a “Casa del tío Patricio” (el bar de entonces) a tomar el vermut o aperitivo. Después de comer también se acudía allí al café y la partida, salvo que hubiera sobremesa en casa con invitados. Por la tarde, volvía a haber baile hasta la hora del Rosario, que se rezaba al atardecer. Sobre las 11 de la noche era hora de mover el esqueleto, de nuevo, hasta la 1 de la madrugada.

El día 9 había otra vez diana floreada y tras la misa de difuntos tenía lugar otra subasta popular con aportaciones de los propios vecinos. Cada uno daba lo que podía: pollos, rosquillas, roscos,… y el alguacil de turno, durante muchos años “el Teodosio” era quien dirigía la subasta.

El día 10, último día de fiestas, era el día de “la sopeta”. Un grupo de hombres pasaban por las casas. Las mujeres les daban roscones para hacer “sopeta” por la tarde. Se servía un vaso de vino y un trozo de roscón para todo aquel/aquella que lo desease. Dado que el Ayuntamiento no pagaba la música de ese día, los mozos ajustaban con la banda el precio y eran ellos mismos quienes pagaban el baile (normalmente cobraban sueldo a partir de los 15 años y pagaban “a escote”).

Eran, por tanto, unas fiestas muy sencillas y piadosas, acordes con las costumbres de la época.