Escuelas rurales, conocimiento y diversidad juntos en el mismo cajón

En estos días en que nuestros hijos acaban de comenzar las clases de nuevo, recuerdo con cariño las conversaciones con mi padres, tíos, hermanos y primos sobre cómo era la escuela en Torrelapaja cuando ellos/as estaban en edad escolar. Yo no tuve la suerte de poder ir al colegio en el pueblo, pero me hubiera gustado tener la experiencia de haber estudiado en una escuela rural.

Escuela de niños

La verdad es que, en lo que se refiere al tema escolar, no cambiaron muchas cosas en más de cuarenta años. Antes de que mi padre fuera a la escuela, en tiempos de doña Capi, sí que iban niños y niñas juntos a clase, pero después y hasta prácticamente los últimos años, hubo escuela de niños y escuela de niñas.

La escuela de niños estuvo siempre en un local que hoy en día se conoce como el ayuntamiento viejo y la de niñas, mucho más grande, en Casa de San Millán.  En ambos casos había una media de 30 alumnos, si bien es cierto que siempre había más chicas que chicos. La etapa escolar iba desde los 5 años hasta los 13-14 años en que dejaban de estudiar para trabajar, ayudando a sus padres. Los niños tenían maestro y las niñas, maestra, pero únicamente uno o una para todos los cursos.

Llevaban un sólo libro bastante gordo, llamado enciclopedia que servía para todas las edades y contenía los conocimientos esenciales de todas las asignaturas (pasaba de unos hermanos a otros). Los pequeños utilizaban uno más básico y los mayores otro más completo. Un mismo cuaderno servía también para todas las disciplinas. Mientras los mayores resolvían problemas matemáticos, los pequeños leían todos del mismo libro alrededor de una mesa. Y cuando los primeros corregían el dictado diario en la pizarra, los segundos se entretenían en otros menesteres. El recreo tenía lugar en la calle o el corralín y quien quería se acercaba a casa a por el bocadillo. Si llovía los niños se cobijaban en el patio de la escuela que era muy pequeño y las niñas en los corredores de Casa San Millán. Por aquél entonces ni había calefacción ni estufa para calentarse en los fríos inviernos, aunque las niñas llevan brasas del horno en unas latas que llamaban rejillas.

A mitad de los años 50 el Ayuntamiento construyó el nuevo Grupo Escolar San Millán en un amplio terreno al otro lado de la carretera, con un aula para chicos y otra para chicas, aunque los más pequeños iban todos con la maestra, que les sentaba cerca de las chicas más mayores para que se hicieran cargo de ellos. El edificio se inauguró y comenzó a usarse en la primavera de 1960. El hecho de que alumnos de 4 años convivieran con otros de 14 dificultaba enormemente la labor docente, pero enriquecía la diversidad y mezcla de alumnos. Esta circunstancia sigue estando presente en gran cantidad de pueblos que cuentan con tan sólo un aula escolar, si bien es cierto que las comunicaciones actuales han favorecido que varias escuelas de pueblos cercanos y en las mismas condiciones formen parte de un CRA o Colegio y compartan profesorado y servicios. Tal vez no se trabajaba tanto como ahora, pero aprendían cosas que no estaban en el programa de cada curso, porque prestaban atención a lo que la maestra les explicaba a los mayores, lo cual era muy enriquecedor.

Los pupitres de madera, una pieza de dos unidades con mesa y asiento unidos en su base, pasaron a forma parte del mobiliario de las nuevas escuelas. En invierno se calentaban al calor de una estufa de serrín que encendían por turnos los alumnos, situada en las esquinas de cada clase. Era tan grande que incluso metían a los más pequeños para que pisaran el serrín. Para los pies utilizaban latas con brasas. Posteriormente esta estufa se sustituyó por una de leña, cortada por los padres de los colegiales a la vez que hacían las de sus propias casas. Cuando nevaba los padres iban a llevar y recoger a los niños, pero si no, les mandaban solos a la escuela, saliendo de casa a la vez que las cabras que el tió Benedicto llevaba en la vicera, de la que ya hablamos en un post anterior.

Quiero hacer mención especial a tantos y tantos maestros y maestras que a lo largo de los años pasaron por las aulas de Torrelapaja. Algunos de estos docentes venían al pueblo solteros y vivían de patrona en casa de nuestros abuelos, otros traían consigo a toda su familia y alquilaban alguna de las casas que estaban libres en cada momento. Como también venían con hijos, ello contribuía a aumentar el número de escolares. Alguno de estos hijos de maestros y maestras todavía nos visitan y recuerdan su paso por nuestra localidad con mucho cariño. Evidentemente es imposible nombrar a todos los profesores, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de señalar algunos de ellos/as, que por alguna u otra razón he oído en las charlas familiares: Doña Luisa, que fue durante muchísimos años la maestra de las niñas e incluso se casó con un mozo del pueblo, el tió Feliciano; Don Julián, que estuvo de patrona en casa de las hermanas Lozano; Don Alfonso que hizo un cambio de titularidad con Don Juan, al cual no le sentaba bien el calor valenciano y se vino hacia tierras más frías; Doña Patro, que era de Berdejo y vino recién casada; mi madre, Loreto Sancho, que fue maestra sustituta durante una baja maternal de Doña Patro; Don Juan Pelarda, que era el párroco y tuvo que hacer durante un tiempo las veces de maestro porque no mandaban a nadie; Don Tomás, de Torrijo, que fue el primer maestro de las nuevas escuelas; Don One, de Sauquillo, que estuvo entre 1961 y 1963 más o menos, Don Emiliano y Doña Nuri, que se conocieron estando ambos de maestros en el pueblo y se casaron; Pilar Cimorra, que tuvo Torrelapaja como primer destino; Nieves Redrado, que tuvo que hacerse cargo de 32 niños y niñas, que se pasaban casi todo el tiempo castigados y como no trabajaron mucho ese curso, los padres convencieron a Puri Sancho para que les diera clases durante el verano; Conchita Sebastián, que tenía un novio suizo y durante el curso se fue un mes a Suiza, siendo sustituida por otra maestra de Ceuta que era testigo de Jehová. Los padres estaban preocupados por la clase de religión, que, según mi prima Dolores, era superdivertida. Utilizaba unos materiales novedosos, les explicaba la historia sagrada con un franelografo, más o menos lo que ahora hacen con los niños con dificultades con pictogramas plastificados y velcros. Y como ell@s, muchos más.

Para terminar, quiero transmitir varios agradecimientos: El primero para todos esos profesionales, que en condiciones bastante duras (no debía ser fácil trasladarse de la ciudad a un pueblo sin agua corriente), con pocos medios y muchos niñ@s, formaron tanto cultural como personalmente a los hombres y mujeres que hicieron posible que el pueblo siga vivo y nos inculcaron su amor por el mismo. El amor por una tierra que sin saber por qué atrapa y cautiva, sin saber cómo, se mete en las entrañas y te acompaña allá donde vayas. Mi agradecimiento también como siempre a todas aquellas personas que con su sabiduría y recuerdos hacen posible que yo pueda plasmar en unas cuantas líneas lo que fueron sus vidas años atrás. Y, como no, mil gracias también a los pacientes lectores que seguís apoyándome con vuestro reconocimiento y palabras de ánimo.

Si tú también tienes anécdotas curiosas que contar de tus años como estudiante y te gustaría compartirlas con gente de otros pueblos y ciudades, cuéntanoslas en el apartado de comentarios de este blog. Si por alguna razón no te llega la noticia de la publicación de algunos de los posts, hazte seguidor de mi blog y las nuevas narraciones llegarán directamente a tu e-mail.

¡Hasta pronto, nos vemos en el siguiente artículo!

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