Peñalcázar: la imagen cruel de la despoblación rural

Cuando comencé este blog, hace algo más de año y medio, comentaba en mi primer post que quería que fuera una recopilación de tradiciones, costumbres, vocablos, vestimentas e historias de los pueblos de España. Un lugar abierto en el que los lectores participasen con sus aportaciones, completando, corrigiendo y ampliando la información suministrada. Debía empezar por algún punto y qué mejor que hacerlo por lo que más conozco y tengo más gente cerca que me puede informar, mi pueblo, Torrelapaja. En todo este tiempo, tanto en el espacio destinado a comentarios del blog como personalmente, whatsapp y redes sociales he recibido valiosísimas e interesantes explicaciones de convecinos que vivieron los hechos mencionados tanto de mi localidad como de otros pueblos de España con un gran pasado, historia y valor cultural. Quiero agradecer a todos ell@s sus útiles ilustraciones de lo que fueron tiempos pasados y gentes que nos resistimos a que caigan en el olvido.

Perdonad esta breve introducción, pero me parecía necesaria para explicar por qué hoy Torrelapaja no va a ser protagonista, por qué hoy quiero ir más allá y, personalizado en un extinto pueblo de la provincia de Soria, Peñalcázar, pretendo hablar y, por qué no, interpelar a la conciencia de quienes tienen potestad para hacer algo, de un tema del que oigo hablar mucho últimamente y que me preocupa enormemente: la despoblación rural.

Cada 31 de diciembre un grupo de aguerridos hombres y chavales de Torrelapaja y Berdejo, desafiando al frío y el viento, subimos todos los años a Penalcázar, “la Peña” como se le conoce popularmente. Se trata de un municipio, ya despoblado, en el que todavía observamos vestigios de su magnífica historia. Fue enclave celtíbero, romano, árabe e importante frente fronterizo en las guerras entre los reyes castellanos y aragoneses en los siglos XIV y XV, así como escenario en la Guerra de Secesión en el siglo XVIII y la Guerra de la Independencia en el XIX.

El núcleo urbano se encuentra en la cima de una gran muela, una meseta de roca caliza elevada a 1200 m de altitud. Su ubicación hace que el acceso deba realizarse a pie por un camino que discurre sobre una antigua calzada romana a penas perceptible. Si bien sus escarpados cortados de 100 m de altura constituyen en sí mismos una extraordinaria muralla natural, en el extremo oeste todavía quedan restos de la muralla que constituyó el alcázar que le da nombre. También es posible distinguir una de las puertas de acceso y un aljibe o nevera con bóveda de cañón.

Del caserío, en estado de ruinas, destaca la Iglesia de San Miguel, cada vez más deteriorada, pero de la que todavía se conserva la torre y una pequeña parte del techo con nervaduras góticas. También quedan restos de una ermita del siglo XVIII.

Las vistas de los alrededores son espectaculares desde allí y si el día está claro se descubren montañas muy lejanas. Desde el privilegio que da la altura tratamos de identificar parajes, pueblos y montes, aunque no es posible quedarse observando durante mucho tiempo puesto que el frío viento nos hace partícipes enseguida de los rigores del invierno.

De nuevo en Torrelapaja, y cobijados en la calidez del hogar, mis padres recuerdan cómo era la vida allí cuando todavía estaba habitado. La gran llanura que forma la meseta estaba ocupada por eras y las fincas estaban en la parte de abajo. Sus habitantes vivían de la agricultura y la ganadería. Llegó a haber luz, pero no agua corriente, por lo que diariamente debían bajar hasta la fuente a lavar y a por agua, ayudados por las “aguaderas” (cántaros) que llevaban las caballerías. El agua era necesaria tanto para el aseo y consumo humano, como para el de los animales, cuyos corrales estaban adosados a las casas en la parte superior.

En cierta ocasión mi padre y mi tío Martín fueron a casa de la tiá Adela a “la Peña” a por trigo. La tiá Adela era una mujer mayor, viuda, cuyos hijos cultivaban la tierra. A nuestro pueblo también emigró gente de esta localidad soriana, como Benita Portero que era de allí. El último habitante, que antes de su partida ocupaba los cargos de alcalde, juez de paz, alguacil y concejal de la Hermandad de Agricultores y Ganaderos, se marchó en 1978. El término municipal quedó dividido entonces en dos, la parte norte pasó a formar parte de La Quiñonería y la parte sur de Almazul.

La masiva emigración del campo a las ciudades, producida en los 60, en busca de nuevas oportunidades laborales y mayores comodidades hicieron que la población de muchos pueblos españoles quedase diezmada. Con el envejecimiento progresivo de estos núcleos urbanos hemos llegado a una situación en la que, según el estudio “Población y despoblación en España 2016”, la mitad de los municipios españoles se encuentra ya en riesgo de extinción. El panorama empeora progresivamente y el desierto demográfico avanza mes a mes. La Federación Española de Municipios y Provincias presentó el año pasado en el “Congreso de la Esperanza” un informe sobre la situación actual y un conjunto de 79 medidas que sería necesario tomar a nivel estatal para frenar el abandono rural, ya que la despoblación se ha convertido en un problema de estado.

Quienes conocemos de cerca el problema, sabemos que, llegados al punto actual, muchos pueblos desaparecerán irremediablemente o quedarán como segundas residencias de fines de semana y veraneo (esperemos que sea predominante la segunda opción y haya pocos casos como Peñalcázar y otras localidades abandonadas). Sabemos que el dinero se invierte y los servicios se crean normalmente en función de rentabilidades. Sabemos que el agrupamiento social cambia siglo a siglo y es inútil añorar lo que ya fue, pero también sentimos que, si la sociedad por fin se ha dado cuenta de que se trata de un problema de todos y que es urgente pasar a la acción, es el momento de que los habitantes de pueblos y ciudades tengan las mismas oportunidades. Hay formas de seguir manteniendo nuestro patrimonio rural y el legado de nuestros antepasados, hay que ser capaces de reinventar el mundo rural y hay lugar para la esperanza.

Como siempre, gracias por llegar hasta el final. Gracias por compartir parte de vuestro preciado tiempo conmigo y gracias por ayudarme a poner en valor la vida de gente sencilla que hizo historia siendo feliz con lo que le tocó vivir. Un fuerte abrazo para tod@s.

Carlos Rubio Sancho

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4 respuestas a “Peñalcázar: la imagen cruel de la despoblación rural

  1. Unos valientes yendo cada 31 de diciembre, haga lo que haga.
    Ya se ha convertido en tradición para estos chavales. Algunos lo llevan haciendo, o viéndolo hacer, desde pequeños. Seguramente el 31 de julio el ambiente es diferente. …. Ahí lo dejo.

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  2. Hola Carlos

    Un saludo desde Ciria. Yo también subo a la Peña siempre que puedo y he visto desaparecer el pueblo poco a poco. Recuerdo, por ejemplo, haber visto interruptores de luz en algunas casa, o las cruces del cementerio y de eso ya no queda nada.

    Añado otro recuerdo a los tuyos, mi tío Miguel, de Reznos (hermano de mi abuela), subía a vender a la Peña con las caballerizas. A veces le acompañaba también uno de sus hermanos mi tío Horacio. También recuerdan ir a las fiestas del pueblo y pasarlo muy bien y que los campos de la Peña daban muy buen trigo.

    En fin, gracias por este blog y por recuperar la memoria de nuestros pueblos.

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    1. Muchas gracias a ti, Nuria, por compartir las vivencias de tus tíos cuando iban a “la Peña” y las tuyas propias. Para mí es un placer intentar que tantos pueblos cercanos de Soria y Zaragoza con raíces comunes podamos sentirnos de nuevo unidos.

      Después de subir a Peñalcázar cada 31 de diciembre vamos a alguno de los pueblos de los alrededores, también a Ciria, donde también tengo tí@s y prim@s.

      Un abrazo.

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