Escuelas rurales, conocimiento y diversidad juntos en el mismo cajón

En estos días en que nuestros hijos acaban de comenzar las clases de nuevo, recuerdo con cariño las conversaciones con mi padres, tíos, hermanos y primos sobre cómo era la escuela en Torrelapaja cuando ellos/as estaban en edad escolar. Yo no tuve la suerte de poder ir al colegio en el pueblo, pero me hubiera gustado tener la experiencia de haber estudiado en una escuela rural.

Escuela de niños

La verdad es que, en lo que se refiere al tema escolar, no cambiaron muchas cosas en más de cuarenta años. Antes de que mi padre fuera a la escuela, en tiempos de doña Capi, sí que iban niños y niñas juntos a clase, pero después y hasta prácticamente los últimos años, hubo escuela de niños y escuela de niñas.

La escuela de niños estuvo siempre en un local que hoy en día se conoce como el ayuntamiento viejo y la de niñas, mucho más grande, en Casa de San Millán.  En ambos casos había una media de 30 alumnos, si bien es cierto que siempre había más chicas que chicos. La etapa escolar iba desde los 5 años hasta los 13-14 años en que dejaban de estudiar para trabajar, ayudando a sus padres. Los niños tenían maestro y las niñas, maestra, pero únicamente uno o una para todos los cursos.

Llevaban un sólo libro bastante gordo, llamado enciclopedia que servía para todas las edades y contenía los conocimientos esenciales de todas las asignaturas (pasaba de unos hermanos a otros). Los pequeños utilizaban uno más básico y los mayores otro más completo. Un mismo cuaderno servía también para todas las disciplinas. Mientras los mayores resolvían problemas matemáticos, los pequeños leían todos del mismo libro alrededor de una mesa. Y cuando los primeros corregían el dictado diario en la pizarra, los segundos se entretenían en otros menesteres. El recreo tenía lugar en la calle o el corralín y quien quería se acercaba a casa a por el bocadillo. Si llovía los niños se cobijaban en el patio de la escuela que era muy pequeño y las niñas en los corredores de Casa San Millán. Por aquél entonces ni había calefacción ni estufa para calentarse en los fríos inviernos, aunque las niñas llevan brasas del horno en unas latas que llamaban rejillas.

A mitad de los años 50 el Ayuntamiento construyó el nuevo Grupo Escolar San Millán en un amplio terreno al otro lado de la carretera, con un aula para chicos y otra para chicas, aunque los más pequeños iban todos con la maestra, que les sentaba cerca de las chicas más mayores para que se hicieran cargo de ellos. El edificio se inauguró y comenzó a usarse en la primavera de 1960. El hecho de que alumnos de 4 años convivieran con otros de 14 dificultaba enormemente la labor docente, pero enriquecía la diversidad y mezcla de alumnos. Esta circunstancia sigue estando presente en gran cantidad de pueblos que cuentan con tan sólo un aula escolar, si bien es cierto que las comunicaciones actuales han favorecido que varias escuelas de pueblos cercanos y en las mismas condiciones formen parte de un CRA o Colegio y compartan profesorado y servicios. Tal vez no se trabajaba tanto como ahora, pero aprendían cosas que no estaban en el programa de cada curso, porque prestaban atención a lo que la maestra les explicaba a los mayores, lo cual era muy enriquecedor.

Los pupitres de madera, una pieza de dos unidades con mesa y asiento unidos en su base, pasaron a forma parte del mobiliario de las nuevas escuelas. En invierno se calentaban al calor de una estufa de serrín que encendían por turnos los alumnos, situada en las esquinas de cada clase. Era tan grande que incluso metían a los más pequeños para que pisaran el serrín. Para los pies utilizaban latas con brasas. Posteriormente esta estufa se sustituyó por una de leña, cortada por los padres de los colegiales a la vez que hacían las de sus propias casas. Cuando nevaba los padres iban a llevar y recoger a los niños, pero si no, les mandaban solos a la escuela, saliendo de casa a la vez que las cabras que el tió Benedicto llevaba en la vicera, de la que ya hablamos en un post anterior.

Quiero hacer mención especial a tantos y tantos maestros y maestras que a lo largo de los años pasaron por las aulas de Torrelapaja. Algunos de estos docentes venían al pueblo solteros y vivían de patrona en casa de nuestros abuelos, otros traían consigo a toda su familia y alquilaban alguna de las casas que estaban libres en cada momento. Como también venían con hijos, ello contribuía a aumentar el número de escolares. Alguno de estos hijos de maestros y maestras todavía nos visitan y recuerdan su paso por nuestra localidad con mucho cariño. Evidentemente es imposible nombrar a todos los profesores, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de señalar algunos de ellos/as, que por alguna u otra razón he oído en las charlas familiares: Doña Luisa, que fue durante muchísimos años la maestra de las niñas e incluso se casó con un mozo del pueblo, el tió Feliciano; Don Julián, que estuvo de patrona en casa de las hermanas Lozano; Don Alfonso que hizo un cambio de titularidad con Don Juan, al cual no le sentaba bien el calor valenciano y se vino hacia tierras más frías; Doña Patro, que era de Berdejo y vino recién casada; mi madre, Loreto Sancho, que fue maestra sustituta durante una baja maternal de Doña Patro; Don Juan Pelarda, que era el párroco y tuvo que hacer durante un tiempo las veces de maestro porque no mandaban a nadie; Don Tomás, de Torrijo, que fue el primer maestro de las nuevas escuelas; Don One, de Sauquillo, que estuvo entre 1961 y 1963 más o menos, Don Emiliano y Doña Nuri, que se conocieron estando ambos de maestros en el pueblo y se casaron; Pilar Cimorra, que tuvo Torrelapaja como primer destino; Nieves Redrado, que tuvo que hacerse cargo de 32 niños y niñas, que se pasaban casi todo el tiempo castigados y como no trabajaron mucho ese curso, los padres convencieron a Puri Sancho para que les diera clases durante el verano; Conchita Sebastián, que tenía un novio suizo y durante el curso se fue un mes a Suiza, siendo sustituida por otra maestra de Ceuta que era testigo de Jehová. Los padres estaban preocupados por la clase de religión, que, según mi prima Dolores, era superdivertida. Utilizaba unos materiales novedosos, les explicaba la historia sagrada con un franelografo, más o menos lo que ahora hacen con los niños con dificultades con pictogramas plastificados y velcros. Y como ell@s, muchos más.

Para terminar, quiero transmitir varios agradecimientos: El primero para todos esos profesionales, que en condiciones bastante duras (no debía ser fácil trasladarse de la ciudad a un pueblo sin agua corriente), con pocos medios y muchos niñ@s, formaron tanto cultural como personalmente a los hombres y mujeres que hicieron posible que el pueblo siga vivo y nos inculcaron su amor por el mismo. El amor por una tierra que sin saber por qué atrapa y cautiva, sin saber cómo, se mete en las entrañas y te acompaña allá donde vayas. Mi agradecimiento también como siempre a todas aquellas personas que con su sabiduría y recuerdos hacen posible que yo pueda plasmar en unas cuantas líneas lo que fueron sus vidas años atrás. Y, como no, mil gracias también a los pacientes lectores que seguís apoyándome con vuestro reconocimiento y palabras de ánimo.

Si tú también tienes anécdotas curiosas que contar de tus años como estudiante y te gustaría compartirlas con gente de otros pueblos y ciudades, cuéntanoslas en el apartado de comentarios de este blog. Si por alguna razón no te llega la noticia de la publicación de algunos de los posts, hazte seguidor de mi blog y las nuevas narraciones llegarán directamente a tu e-mail.

¡Hasta pronto, nos vemos en el siguiente artículo!

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Los juegos que llenaron nuestra infancia y nuestras calles

Hoy, como antaño, la vida vuelve a resurgir en verano en las calles de muchos pueblos de la geografía de nuestro país. Aquellos que, normalmente por razones de trabajo, tuvimos que emigrar a las ciudades, volvemos como cada año a reencontrarnos con nuestros paisanos. Volvemos a estar junto a familiares y amigos. Volvemos a disfrutar de esa charla cercana y reposada con gente que nos quiere y a la que queremos, de esa partida de cartas, de ese vermut entre risas y anécdotas, de esa copa en el bar para acompañar una velada nocturna que, sin duda, no es tan calurosa como en las grandes urbes donde asfalto y ladrillo lo invaden todo.

Todo esto también ocurre en Torrelapaja. Todo esto, lamentablemente, viene ocurriendo desde hace muchos, muchos años. Cada vez son más los que vuelven y menos los que permanecen y cada vez es menos el tiempo en que mi pueblo está lleno de los gritos y risas de los niños. Niños y niñas que juegan y se divierten con una libertad que no tienen en Zaragoza, Barcelona, Madrid, Bilbao, Pamplona, Logroño o incluso otros lugares que, aun siendo pueblos, están tan llenos de coches que vienen y van que no es posible salir a jugar y correr en bicicleta por sus calles.

Fútbol en las escuelas de Torrelapaja

Como todos sabéis, para poder escribir mis posts necesito la inestimable ayuda de otras personas más mayores que yo, que me transmitan su experiencia y conocimiento para poder juntar unas cuantas líneas que intentan mostrar cómo eran las cosas en otro siglo y otra época. En esta ocasión, además de charlar un rato con mi tía Nati y mi tío Justi y hacer memoria de lo que fue mi infancia, le pedí a Jesús Muñoz que me relatara cómo eran también los juegos en el pueblo cuando él era niño, y así poder hacer una cronología temporal de cómo fueron evolucionando los juegos de los años 40 a los años 80 del siglo XX. Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que muchos de los juegos de los años 40 todavía pervivían en los años 60, incluso en los 80 y, sobre todo, que la mayoría de los juegos de la niñez de Jesús también fueron parte de la mía. Bueno, tampoco debería extrañarme, al fin y al cabo, tampoco nos llevamos tantos años, pero es tan diferente lo que hacen los niños del siglo XXI, con lo que hacíamos los del siglo XX que los últimos 20 años han supuesto un cambio mucho más profundo que lo que significaron los 60 años anteriores.

La mayoría de los que leeréis este artículo conocéis de sobra estos juegos y seguro que os evocan más de una sonrisa. Aquellos que sois más jóvenes y no tenéis la suerte de haberlos podido practicar, preguntad a vuestros padres y abuelos. Estoy seguro que les encantará rememorar la época de su niñez.

En los años 40, como seguía ocurriendo 40 años después, ya jugaban al escondite, al tres en raya, al tejo, la comba, la goma, los tres navíos, al bote, al tejo, a las tabas, a la comba, a la una anda la mula, que nosotros llamábamos salto la piola. También jugaban al cardillo el abadejo, al burro barato y al aro, juego muy popular 20 años después y que llamaban redoncho y consistía en conseguir en las cerradas un aro de la base de los pozales y baldes de cinc que la gente tiraba por estar rotos. Para hacerlos girar usaban un guiador, que era un alambre recio, que empezaba doblado, para controlar mejor la dirección y terminaba en forma de media luna lo que facilitaba el empuje y al dar la vuelta frenaba el aro. Se hacían carreras por todo el pueblo, la cuesta del caño, la conejera y en la carretera de Berdejo. No se jugaba al fútbol, al menos en mi pueblo.

La cota era un juego ancestral, pasado de generación a generación. Para jugar a este juego sólo se necesitaba un palo de aproximadamente un metro y otro de unos 15 o 20 centímetros, acabado en punta por los dos lados. Al golpear el palo corto con el largo en uno de sus extremos, éste saltaba, momento que se aprovechaba para atizarle un buen golpe y lanzarlo lo más lejos posible. El que conseguía lanzarlo más lejos ganaba. Cada jugador llevaba sus propios palos, normalmente fabricados por él mismo. Sólo jugaban los chicos en la plaza o en cualquier sitio, teniendo cuidado de no liar alguna con el palo corto.

Además de todo lo mencionado anteriormente, en la década de los 60 ya existían juegos como el pañuelo, la peonza, el chocolate inglés, yoyo y otros muchos juegos de mesa, como la oca, parchís, damas… En aquella época era frecuente que hubiera juegos de chicos y chicas diferenciados. Para los chicos, el burro o churro va, fútbol en las eras, usando piedras como porterías, beisbol o taina, el futbolín que montó Don José Antonio Marín, el cura, cuando el bar estaba en la casa de San Millán y el frontón, al que en un principio jugaban con la mano con pelotas de cuero y con el tiempo, pelotas de madera y de goma negras. Para las chicas, el hula hop, la goma corta y muñecas de trapo, que sustituyeron a las de papel de épocas anteriores. Con el tiempo se generalizó que chicos y chicas jugaran juntos.

No quisiera dejar pasar la oportunidad de mencionar dos juegos que me comentó Jesús, que no conocía: el tango y las perras. El tango, al parecer, era exclusivo de Torrelapaja y se jugaba en los corredores de Casa de San Millán, en las tardes de otoño-invierno, donde se refugiaban del frio, ya que precisaba de un suelo liso. En otoño, cuando se abría la caza de la codorniz, buscaban por la vega los cartuchos que habían dejado los cazadores, y ese era el tango. Usaban barajas viejas y rotas para construir cartetas. Se cortaba la carta por la mitad y ésta a su vez otra vez por la mitad, por lo que conseguían cuatro trozos. Se les practicaba un doble y se encajaban dos mitades, consiguiendo así dos cartetas de cada carta. Cada jugador ponía sobre el tango la apuesta: una, dos o tres cartetas. Con unas monedas antiguas de cobre, llamadas chapas, se tiraba para ver quien quedaba más cerca de una línea. El ganador lanzaba primero. Los siguientes jugadores lo hacían por orden de aproximación a la línea. Cada jugador disponía de tres chapas, es decir, podías hacer tres tiros al tango. Cuando el tango era derribado, el jugador ganaba las cartetas que estaban más cerca de la chapa y el resto permanecía en el lugar que habían caído hasta que la chapa, de ese u otro jugador, quedaba más próxima a la carteta.

El juego de las perras lo introdujeron los hijos del capataz de la RENFE, Constancio y Pedro. Se jugaba con monedas de diez céntimos: perragordas. Sólo había dos lugares donde se podía jugar, en la entrada de la escuela de los chicos y en las escaleras de Casa de San Millán, ya que precisaba de tres paredes en forma de U. Consistía en hacer rebotar la perragorda sobre una de las paredes, con lo que se situaba en la pared contrataría. Cada jugador aceptaba una apuesta: tres, cuatro, cinco perragordas y las lanzaba sobre la pared, por turnos, ya que cada jugador sólo podía lanzar una moneda por turno, hasta que una de ella montaba sobre una o varias de las que ya han sido lanzadas. Se recibía como premio todas las perragordas lanzadas hasta ese momento. Si lanzadas todas las perragordas, ninguna había montado sobre otra, se recogían y se comenzaba de nuevo. En las frías noches de invierno, al amparo de la Casa de San Millán, y aprovechando la luz de la escalera, este juego tuvo mucho éxito.

En los años 80 además de la mayoría de los juegos mencionados, jugábamos chicos y chicas a los narros (similar al beisbol con bases que eran números dentro de círculos), el sobre (se jugaba con una pelota), hombre lobo por las noches, juegos de canciones, tanto sentados en el suelo, como de pie, como “Viva la media naranja”,…, balón prisionero, nombres de… Los chicos también jugábamos a indios y vaqueros en la estación (una mezcla de escondite y pillar, ambientado con palos que simulaban pistolas), hacíamos casetas con las alpacas de paja en verano y tod@s ya montábamos mucho en bicicleta por las calles, aunque creo que no tanto como los chavales de hoy en día.

Quiero dar las gracias especialmente a Jesús Muñoz porque con sus detalladas explicaciones he recordado muchos de los juegos que yo también practiqué y me he hecho una idea muy fidedigna de los que no conocía.

He disfrutado mucho escribiendo este artículo, que como en ocasiones anteriores, me ha llevado muchos años atrás. También me ha servido para aprender juegos de mis antepasados que no conocía y, sobre todo, ha hecho que recuperara esa parte de niño que todos todavía conservamos y que, por razones incomprensibles, arrinconamos en nuestro corazón, sin acordarnos de que la ilusión y la risa de un niño es lo más grande y satisfactorio que puede haber en el mundo.

Espero que este post pueda servir también para rescatar del olvido muchos de estos juegos y seamos capaces de trasmitirlos a nuestros hijos y nietos. Si tú también jugaste a algo de lo aquí mencionado o en tu pueblo existían juegos completamente distintos, no pierdas la oportunidad de dejar tu comentario para ampliar y mejorar este pequeño catálogo de juegos de nuestra historia.

Del cerdo me gustan hasta los andares

Como en artículos anteriores, al escribir estas líneas vuelvo a mi infancia, revivo agradables momentos vividos junto a familiares, vecinos, amigos y traigo a la memoria imágenes, olores, sensaciones, conversaciones y personas, algunas de las cuales ya no están con nosotros y que forman parte de mi historia, parte de la historia de mi pueblo y parte de la historia de España.

El post de hoy tiene mucho que ver con la época del año en la que estamos. Tradicionalmente la matanza del cerdo en los pueblos tenía lugar en invierno, con objeto de que el frío curase mejor las viandas obtenidas del animal. En España, la matanza de cochinos fuera de los mataderos está regulada por ley desde 1995, siguiendo una directiva europea de 1993 que prohibía dicha práctica, salvo que se aturdiese al animal antes de clavarle el cuchillo. En mi pueblo no se realiza desde hace 25 años, pero tanto entonces como hace un siglo, el procedimiento era el mismo e idéntico al de miles de pueblos de toda la geografía española.

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En Torrelapaja en los años 50, se mataban en las casas particulares entre primeros de diciembre y mitad de enero más de 100 tocinos, criados por los propios vecinos. Como era un trabajo que requería cierta destreza los encargados de llevarlo a cabo eran el tío “zapatero”, Francisco Rubio y el carnicero del pueblo, Prudencio Modrego, que le ayudaba especialmente en lo relativo al despiece del animal. En la carnicería no se vendía tocino, sólo corderos y cabritos que provenían también de las casas del “lugar” y que despachaba con atención y cariño la “tiá” Anselma. Mi padre se convirtió en el matarife oficial a mitad de los años 60, después de llevar ya muchos años aprendiendo y ejerciendo de ayudante.

Los puercos, nacidos al final del invierno, se engordaban en las tocineras del corral de casa a base de “pastura”, hecha con harina de cebada  mezclada con agua y las patatas más pequeñas del huerto (patatas marraneras) o desechos comestibles de verduras y sobras de la cocina. Incluso en los años de mayor escasez u hogares más pobres, se les daban las boñigas de los machos que trabajaban en el campo. Transcurridos unos 9 meses y llegadas las fechas mencionadas los cerdos habían sobrepasado los 100 kg de peso y eran aptos para su sacrificio y posterior consumo propio.

En cada hogar se mataba dependiendo de la gente que vivía y según la economía. En casa de mis abuelos paternos los últimos años se criaban 5 ó 6 tocinos, pero sólo se mataba uno o uno y medio. El resto se vendían a algún vecino que sólo quería medio, a algún otro que se había marchado a vivir a la ciudad o a fábricas de chorizo, como la de Rogelio Villar emparentado por casamiento con Torrelapaja.

El día programado se comenzaba la jornada muy temprano, en muchos casos al hacerse de día y dependiendo del número de porcinos que se iban a matar, 3 ó 4 normalmente, pues había que degollarlos, pelarlos y arreglarlos antes del mediodía. Los días que estaban los dos, zapatero y carnicero, mientras el uno se quedaba destripando el primer animal, el otro se iba con el “banco” a matar a una casa diferente. Se calentaba agua en una caldera en el hogar o una hoguera en el corral y cuando hervía se subía al cerdo al banco de matanza, que sujetado por tres o cuatro hombres era degollado clavándole un cuchillo en la yugular.

Toda la sangre se recogía en una terriza y se mezclaba con pan para que no se cuajara, al tiempo que se cocían tres o cuatro kilos de arroz en un caldero de cobre, algo más pequeño que una caldera. Las mujeres iban a lavar concienzudamente el “menudo” (intestinos) a la Fuente Grande quitándole bien la porquería. Era un trabajo laborioso que requería meticulosidad, puesto que los “anchos” más delgados se usaban para hacer chorizos y los más gordos (el intestino grueso) para morcillas, existiendo diferentes tipos: la “bola” (vejiga), la “cular” (esfínter), la “avispilla” (colón) y algunas otras más. Las morcillas se hacían por la tarde con la sangre, arroz y pan (a todo esto se le denominaba pasta), aderezada con manteca licuada y especias al gusto.  En casi todas las casas las morcillas eran dulces, con azúcar, por la tradición existente en esta zona; además había quien echaba cebolla y quién no. Se cocían en una caldera colocada en el fuego sobre unas trébedes. Durante la cocción era necesario quitar la espuma resultante con una “espumadera”, que era una especie de rasera grande. Cuando las morcillas ya estaban cocidas se colocaban sobre una bancada o tablero de madera, usado habitualmente para llevar la masa del pan a cocer al horno, y se cubrían con una manta o mantón de lana (“bancal”) hasta que se enfriaban y colgaban al día siguiente en una varas en el granero, situado en la parte alta de las casas.

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Muerto el cochino, se pelaba con el agua caliente y se destripaba, colgándolo de las patas traseras abierto para que se enfriara y “joreara” (orear). Al veterinario se le mandaban con “el coche de línea” tres chichorras de magro del cerdo: una de la manteca, otra de la papada y otra del jamón. Era al atardecer cuando se “escarnaba”, es decir, se partía el cerdo en trozos. Se separaba todo echando las distintas partes en “terrizas” y cestas diferentes: los costillares por un sitio, el magro para chorizos en otro, cabeza y patas y jamones para condimentarlos, echarles peso encima y curarlos con el frío del crudo invierno.  Del cerdo se aprovechaba todo menos los pelos y las pezuñas. Con el hígado y magro  envueltos en la tela que cubre el menudo se hacían fardeles. Con hígado, asadura (pulmones), corazón, pajarita (bazo), riñones, es decir, las vísceras con un poco de magro y un poco de tocino se embutía la “güeña”.

Al día siguiente se volvían a juntar las mujeres para “cortar”, es decir, triturar las carnes magras y mezclarlas con las especias para hacer la “masa” de los chorizos, las longanizas y las güeñas. Después de 2 ó 3 días de maceración en las “terrizas” se “llenaba” (se hacía el embutido). Aún no había terminado el trabajo. Quedaba echar en ajos la cabeza, las patas, el esquinazo….y curarlo todo al aire o al fuego del hogar para tener provisiones para todo el año.

Era un día de mucho trabajo, especialmente para las mujeres, pero se vivía como una jornada de fiesta en la que se juntaba mucha gente, vecinos, familia y amigos. Cuenta mi madre que en su casa se reunían todas las primas y eso que eran muchas. Se sacaba anís, pastas, higos secos y polvorones para los hombres que ayudaban a sujetar el tocino. Siempre había más gente de la que hacía falta. Se freían las mollejas y el  hígado para comer, acompañando a unas buenas judías blancas. Por la tarde, la chavalería esperábamos con ansía el rabo para hacerlo a la brasa, que nos servía de merienda y para cenar se guisaba un buen pollo de corral.

Por razones técnicas sé que no es fácil indicar que te ha gustado el post, pero tus comentarios en el blog o a través de las redes sociales me ayudan a saber los temas que te interesan y más te atraen. Un millón de gracias a los que pacientemente llegáis hasta el final de mis artículos y a los que amablemente me paráis para decirme lo que más os ha gustado y también lo que menos. Todo ello me sirve para aprender e intentar hacerlo mejor día a día.

Como la mayoría llegáis directamente al post, os dejo un link a la página de inicio del blog (https://costumbresytradicionesperdidas.wordpress.com) por si queréis ver la galería de fotos o leer otros artículos que se os hayan pasado. Estas fotos y otras muchas, que seguro tienes en casa, son un documento gráfico de nuestra historia, ¡no dejemos que caigan en el olvido!

Navidad, ayer y hoy

En las postrimerías de estas entrañables fechas quiero hacer un guiño a lo que fueron las fiestas navideñas en el siglo pasado. Yo pensaba que las celebraciones eran muy similares a las de ahora, pero estaba muy equivocado. Muchas cosas han cambiado en todas partes y no iba a ser distinto en un pequeño pueblo aragonés, limítrofe con la provincia de Soria.

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Para ponernos en contexto quisiera contar cuales eran los lugares de ocio (bares, cafés y salas de baile) en Torrelapaja en la época de la posguerra. Había baile todos los domingos y días de fiesta por la tarde hasta las 21hs aproximadamente. El día de Santa Barbara y Santa Lucía era por la noche, mientras que el día de San Antón era por la tarde. En las fiestas más importantes doble ración, por la tarde y por la noche. Tenía lugar en casa de la “tiá” Gregoria y el “tió” Patricio, en una sala de la planta calle llamada la sala larga o sala baja, mientras que el café se encontraba en una sala del primer piso. Ya por aquel entonces, las abuelas echaban en cara a los jóvenes que salían muy tarde, puesto que hasta los años 20 y 30 se volvía del baile cuando llegaban las cabras a casa, al anochecer, lo que en invierno suponía una hora muy temprana, especialmente para las costumbres actuales. Por aquel entonces los chicos pagaban una peseta por entrar, que traducido a euros serían 0,006€, las chicas, en cambio, no pagaban. Se bailaba al ritmo de la música de una gramola. La “tiá” Gregoria ponía la gramola  sobre una tabla, que le servía de repisa, en la ventana. Funcionaba con discos, pero había que darle cuerda. Cuando se acababa una pieza cambiaba la aguja para poner otra.

En los años 30 la “tiá” Petra tenía el baile en la planta baja y el café lo servía el “tíó” Patricio. La “tiá” Petra, que hacía bizcochos, los vendía a los vecinos del pueblo. Como no se podía tirar nada también vendía las migajas que quedaban a los chicos y chicas que estaban por la calle durante el baile, como si fueran pipas o gusanitos. En los años 30 y 40 además del café y el baile había una cantina en el patio de la casa del “tió” Moreno. Allí, se bebía vino en vaso y porrón, se cantaba y comían cacahuetes.

En casa de la “tiá” Gregoria estuvo el baile hasta mitad de los años 50, que pasó a casa de las hermanas Dominguez-Llorente. Allí ya costaba dos pesetas y la gramola dio paso al tocadiscos. En el patio de su casa montaron el baile con bar. El café estaba en casa del “tió” Moisés. El baile y el café fueron pasando por sucesivas casas. Conforme los cerraba una familia, los abría otra. Por supuesto, era todo muy profesional ya que, para poder despachar en el bar, lo primero a lo que se veían obligados era a construir un mostrador, alguno de los cuales ha perdurado hasta nuestros días. Posteriormente, el “tió” carnicero puso café en una habitación en el piso de arriba y bar, con el baile abajo. El baile había subido hasta un duro, que era lo mismo que cinco pesetas (0,03€) y los discos contaban ya con tres o cuatro piezas en la misma cara. Al café iban todos los días los hombres a pasar la tarde y se tomaban una barrilla de turrón y un café. La gente joven se juntaba allí muchas noches, después de cenar. Las mujeres se reunían con las vecinas en alguna casa a jugar a la brisca.

En Navidad había baile el día de Nochebuena, después de cenar y hasta la misa de gallo a las 12 de la noche. En la cena de Nochebuena era típico el pollo de corral (gallo) y a partir de principios de los años 60 también el cardo. Después de cenar los niños y niñas iban a jugar a la lotería (bingo) a casa de Don Manuel, el cura, hasta las 12hs. El día de Navidad se iba a misa, se comía de fiesta y se iba al baile por la tarde. Se aprovechaba tanto el tiempo que, cuenta mi madre, que un año estuvieron “llenando” (embutiendo chorizos) en casa de la tía Dolores después de cenar hasta la misa de gallo.

La Nochevieja, al igual que en otros muchos puntos de la geografía española no se celebraba todavía y empezó a festejarse a mitad de los años 60. Incluso un año se hizo la matanza del cerdo en casa de mi abuelo Demetrio el día de Nochevieja. Todo era distinto: No había el afán de gasto y consumo de la actualidad, las casas no se adornaban, tan sólo un Niño Jesús, símbolo de la verdadera Navidad, presidía algunos hogares entrados los años 60 y los estudiantes que estaban en un internado, como por ejemplo seminaristas, no pasaban la Navidad con sus familias. El día de Año Nuevo, otra vez al baile. Cuenta mi padre que un año, el día de Año Nuevo después del baile, a las 2 de la mañana y con una nieve que caía impresionante, tuvieron que subir él y mi tío Martín al corral de las Narras a cerrar la puerta de la tainada de las ovejas. El ganado estaba dentro del corral, pero mi abuelo estaba preocupado por si se ponía alguna oveja de parto y con el frío el corderillo no sobreviviera.

La noche de Reyes los más pequeños ponían sus zapatos, como hoy en día, con toda su ilusión. La costumbre era llenarlos de comida para los camellos, normalmente productos de la zona, que en mi caso y de mis antepasados era trigo. Los Reyes Magos traían duros de chocolate, barrillas de guirlache y anguilas de mazapán. Desde mitad de siglo los camellos traían juguetes, aunque no tantos como en el siglo XXI.

A los que vivisteis estas épocas y a los que lo habéis escuchado alguna vez de boca de familiares cercanos y podéis comprenderlo espero haberos arrancado una sonrisa. A los que sois tan jóvenes que no entendéis ni papa de lo que hablo me gustaría que al menos hayáis aprendido que antes la gente también se divertía y celebraba las fiestas y grandes acontecimientos, pero de forma mucho más sencilla que ahora y sin tantas cosas materiales.

Tanto en este post como en otros muchos aparecen muchas vivencias de familiares y antepasados cercanos que son quienes me ayudan a poder transmitir los recuerdos de otra época. Seguro que tú también has oído o vivido situaciones parecidas. Mándame tus anécdotas, costumbres y vocablos típicos y, con mucho gusto, transmitiré todo ello en mi blog.

¡FELIZ 2017!

San Millán une, de nuevo, a “Torrelapaja y Berdejo, dos lugares y un concejo”

El pasado 12 de noviembre el santoral celebraba la festividad de San Millán de la Cogolla, santo aragonés a quien muchos pretenden atribuir un origen riojano. Sin llegar a entrar en la interesante vida de este santo, sí quiero dedicar un capítulo especial a lo que supuso su existencia para el pueblo de Torrelapaja y cómo se celebraba su fiesta a mitad del siglo XX.

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Para ponernos en contexto debemos tener unas pequeñas nociones de historia que nos ayudarán a comprender mejor el porqué de las cosas. Torrelapaja y Berdejo son dos pueblos de la comarca de Calatayud que estuvieron unidos administrativamente hasta 1601, año en el que se separaron y comenzaron a funcionar de manera independiente, excepto en todo lo relativo a San Millán, santo natural de este pueblo (sólo uno hasta la mencionada fecha), patrón y motor de muchos aspectos de la vida del mismo. Son dos pueblos con un pasado y un presente en común y todavía, a día de hoy, las familias de los dos lugares se entremezclan.

Desde tiempos inmemoriales se ha recordado a este santo varón en el aniversario de su muerte, el 12 de noviembre, y por eso era fiesta grande. Los festejos comenzaban con el baile la noche del día 11 en la Casa-Hospital de San Millán, albergue de peregrinos y centro físico y neurálgico del lugar. Este recinto, ubicado geográficamente en el término municipal de Torrelapaja, quedó, en el momento de la separación, a cargo de las iglesias y ayuntamientos de los dos municipios. A diferencia de las fiestas de la Virgen de Malanca, en esta ocasión sólo venían 5 ó 6 músicos de Torrijo, que se situaban en las escaleras de la barbería del tío Félix y amenizaban la noche de los asistentes en los “corredores”, en torno al patio central. En lo relativo al alojamiento y hospedaje se seguían los usos y costumbres ya mencionados en las celebraciones de septiembre. Como era otoño y ya empezaba a hacer frío, los abrigos se repartían por las casas de la “tiá” Felisa, la “tiá” Benita, la “tiá” Nati y la “tiá” Tomasa (“tiá” es un término que merece un capítulo aparte dentro del vocabulario autóctono). Venían confiteros de otros pueblos a vender chucherías y tenían también su espacio en los propios “corredores”.

Al día siguiente, la misma banda tocaba diana por las calles. Llegada la hora, los monaguillos subían a la torre y cuando veían al Ayuntamiento y miembros eclesiales de Berdejo a la altura de Santa Juliana comenzaban a bandear las campanas. En el matadero se encontraban las dos comitivas y las cruces se hacían una reverencia de saludo, los curas se intercambiaban la capa y todos juntos caminaban hasta la iglesia. Primero se cantaba la salve en la capilla de la Virgen de Malanca y después se abría, delante de todos los feligreses, la puerta de las reliquias de San Millán. En un principio estaba establecido que cada mosen y alcalde custodiase una llave cada uno y juntos descubriesen los huesos. Con el tiempo, quedaron dos llaves en poder de cada cura y cuando el mismo sacerdote fue titular de las dos parroquias, era éste quien guardaba las cuatro llaves. Un año presidia la misa el cura de Berdejo y otro el de Torrelapaja. En la procesión se realizaba el mismo recorrido que se hace actualmente. Los palos de la peana de San Millán eran llevados por dos hombres de cada pueblo, elegidos de entre los miembros de la corporación municipal anterior. Era normal que entre ellos se discutiese por ver quien llevaba qué palo, llegando en algunos casos a intervenir el Obispo, debido a la tensión que se creaba.

El alcalde berdejano solía comer en casa del alcalde torrelapajino y el resto se repartían entre las casas que tenían a bien hospedarles. A las 17hs se tocaba el campanillo de la iglesia para que todos juntos, curas y alcaldes, aunque de forma menos solemne, cerrasen la puerta de las reliquias hasta el año siguiente. Por la tarde venía también a bailar la gente joven del pueblo vecino.

El día 13 de noviembre por la mañana también había música para amenizar el baile de los más animados. Si el tiempo acompañaba se hacía en la plaza o “rejolao” y por la tarde se continuaba en la Casa de San Millán, aunque ya eran pocos los habitantes de Berdejo que participaban de los festejos de este último día.

Durante todo el año, pero sobre todo en estas fechas, venía mucha gente de Castilla, especialmente de la provincia de Soria, a pesar a los niños herniados o quebrados. Los pesaban con una romana, junto a una imagen de San Millán en la que se puede leer: “Casa Santa y Hospital del Glorioso San Millán. Abogado de los Quebrados”. En un lado se ponía un saquete con trigo y en otro al niño. En el altar mayor de la iglesia parroquial había una lámpara de plata con aceite que se usaba para untarles y que sanaran por intercesión del santo.

Por desgracia, este día de encuentro entre los dos pueblos vecinos se vio interrumpido desde principios de los años 70 hasta 1996, año en que se recuperó esta ancestral tradición de nuestros mayores. Ahora la fiesta es algo diferente: se celebra el sábado más cercano al día 12 y nuestros vecinos berdejanos suben a misa a celebrar con nosotros la fiesta del patrón de todos. Ya no suben andando, sino en coche, como corresponde a los tiempos actuales. Y no vienen sólo los miembros del ayuntamiento, sino una nutrida representación de todo el municipio. Tras la misa tenemos todos juntos un vermut o aperitivo de hermandad y comida en el pabellón. Por la tarde, en el mismo pabellón, música disco a cargo de la comisión de fiestas de Torrelapaja. Es una fiesta que ha evolucionado a lo largo del tiempo, ya que por los libros de cuentas tenemos constancia de los grandes gastos y comidas que se hacían en siglos pasados.

Es un día bonito para reunirnos con familiares y amigos. Desde aquí quiero animar a los habitantes y amigos, tanto de Torrelapaja, como de Berdejo, que sé que también leen mis posts, a continuar con esta entrañable tradición, que nos mantiene unidos y nos recuerda nuestro origen e historia común.

No quiero terminar sin agradecer públicamente a todos los lectores y lectoras que me animáis a seguir adelante con este pequeño proyecto que empecé hace, tan sólo, dos meses. Sin todos vosotros y vuestras palabras de apoyo no sería posible. Gracias por saber descubrir la esencia de estos sencillos artículos y por creer en mí.

¿Sabes lo que era una vicera, un maqui o una dula? Aquí te aclaro estos términos que ya no se usan

En un pueblo con gran importancia del sector primario las profesiones más comunes eran agricultores y ganaderos. De los primeros ya hablamos en el último post, así que hoy he decidido dedicar un capítulo especial a aquellas familias que, o bien dedicadas en exclusiva a cuidar y criar ganados, o bien compaginando esta labor con la del cultivo de la tierra, hicieron de un oficio duro y solitario su modo de vida.

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A mitad del siglo pasado existían en Torrelapaja unos 7 u 8 ganados de similar tamaño, en torno a 120-130 ovejas de parir, que cuando tenían a sus crías, también eran incorporadas al conjunto, por lo que resultaba un grupo de unas 200 cabezas. Todos eran rebaños de ovejas y borregos de raza Rasa Aragonesa. Estos animales se alimentaban principalmente, como también ocurre hoy en día, de las hierbas, arbustos y frutos silvestres del campo, aunque complementaban este suculento menú con piensos compuestos que aseguraban un mayor engorde.

Cada ganadero poseía 2 o 3 corrales en los que se cerraba a los ovinos por las noches. Se elegía aquel que quedase más cerca. En invierno el corral era siempre el mismo, ya que había que volver donde se encontraban los corderos de cría. Existían corrales de invierno en la solana y de verano en la umbría, para aprovechar, en la medida de lo posible, el calor o el fresco en cada caso.

Las ovejas se utilizaban sólo para criar corderos y éstos, o bien se escogía a los más grandes directamente desde el corral para su venta o se echaban al ganado. En el mes de septiembre se les apartaban de las madres y se hacía con ellos otro ganado para que se engordaran más. Se dejaba a las corderas para vida y los corderos eran destinados a la venta a carniceros de pueblos cercanos y más grandes, como Villarroya, Calatayud… Aquellos corderos que no se conseguía vender eran llevados a la Feria de Aranda, que tenía lugar el 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos. Aranda de Moncayo y Torrelapaja distan unos 22 kilómetros entre sí, algo menos, monte a través, cruzando por Malanquilla, trayecto que se realizaba siempre andando. Se tardaba medio día. En muchas ocasiones se salía a las 12 de la noche y se llegaba al ferial a las 7 u 8 de la madrugada, para aprovechar toda la mañana y volver después de comer. Las ovejas y borregas más viejas para los que no surgían compradores se llevaban a Gómara, donde había mercado los jueves.

La leche de oveja no se usaba para consumo humano, puesto que era una raza que no se ordeñaba. A mediados del mes de junio se realizaba el esquilo de todos los rebaños del pueblo. Se contrataban esquiladores de fuera, a los que además de pagar cada familia por el número de unidades que esquilaban, se les invitaba a desayunar, comer y cenar en casa. Era, aproximadamente, una semana de trabajo, teniendo en cuenta que cada día le tocaba a un ganado. La lana, recogida en sacos, se vendía y era una fuente adicional de ingresos. Esta tarea se llevaba a cabo en la parte de abajo de la Casa de San Millán, que en aquellos años se utilizaba para múltiples usos.

Mis dos abuelos tuvieron durante 11 años un ganado conjunto y en verano tenían contratado un pastor para poder ellos atender las faenas de la siega. En el mes de julio era normal quedarse a dormir con el ganado en el corral y soltarlo antes de hacerse de día. En el verano de 1946 mi padre iba de zagalillo para ayudar a su tío-abuelo Valentín, que tenía cataratas y no veía en cuanto anochecía. En cierta ocasión, estando con otros dos jóvenes del pueblo, de unos 18-20 años, cuidando los ganados en el corral de Las Cañadas, aparecieron en medio de la noche dos hombres que se sentaron con ellos. Les ofrecieron merienda, pero no quisieron cenar. Estuvieron conversando y sobre las 12 de la noche se marcharon los forasteros, momento en el cual mi padre, que era tan sólo un niño, al ver que algo les relucía en la cintura, comentó: “Tío, llevan navajas en la faja”. Los cuatro turrispalienses se volvieron al pueblo y al pasar por el corral del Coleto, vieron al padre de uno y otro paisano y se quedaron con ellos para comentarles el encuentro con aquellos hombres y con idea de pasar la noche todos juntos, pero finalmente regresaron cada uno a su casa. Los dos desconocidos pernoctaron en otro corral a la orilla del camino. Durante los primeros años de la posguerra española había mucha gente que huía de la Guardia Civil. Hasta 1948 se identificaba a la mayoría como miembros de la guerrilla de resistencia, los llamados maquis.

Las niñas, después de salir de la escuela, también ayudaban: iban a recoger las hojas de la remolacha a las piezas del Cuadro, Juan Herreros, Santa Juliana, los Regachos, al huerto de la Fuente Santa,… Traían grandes fajos en la cabeza para complementar el alimento de los corderos que estaban en el corral de casa. También ayudaban llevando un cántaro de agua en la cabeza y otro en la cadera desde la fuente del pueblo hasta el corral del monte.

En aquellos ganados no había cabras, como sí ocurre actualmente.  Cada vecino tenía 2 o 3 cabras, que proveían de leche al hogar y entre todos se contrataba un pastor. Este pastor recorría el pueblo por la mañana recogiendo las cabras que había en los corrales de las casas y hacía lo propio por las tardes para devolverlas a sus respectivos dueños. Por cada cabra cobraba un duro o dos. A esta pequeña cabrada en Torrelapaja se la denominaba la “vicera del pueblo”. Funcionó durante muchos años hasta que en los años 70 las cabras que quedaban iban acompañando los pocos ganados que existían por aquel entonces.

Es cierto que nunca hubo grandes vaquerías, como en otros lugares de la geografía española, pero sí que en las casas había vacas suizas que, como las cabras, completaban el grupo de animales del corral y la alimentación de los vecinos. Cuando desapareció la “dula” de las caballerías, que era el grupo de machos que se soltaban a pastar en el paraje denominado “El Prado” en las épocas en las que no tenían faenas labriegas, se llevaron allí a las vacas, con un pastor como en el caso de la vicera.

A día de hoy todavía queda en el pueblo un ganado de unas 700 ovejas y cabras, pero pastoreado por un vecino de Clarés de Ribota, que realiza trashumancia trasterminante, al estar parte del año en Torrelapaja y parte del año en Clarés. Los dos últimos ganados propios de gente del “Lugar” pertenecieron a Jesús Llorente y Marcos Gómez, que continuaron la tradición familiar de sus antepasados Feliciano Llorente y Silvano Sancho.

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Vaya desde aquí mi gratitud a tod@s los pastores que dedicaron su vida al cuidado animal, soportando soledad e inclemencias del tiempo, en una labor no siempre reconocida.

Si quieres hacer algún comentario sobre la vida de los rebaños, vacadas, manadas, viceras, dulas y conjunto de animales de otros pueblos o ampliar la información que aquí se recoge, ya sabes, deja una pequeña reseña en el apartado de comentarios. Si te gustan los temas que trato, hazte seguidor de mi blog y las nuevas publicaciones llegarán automáticamente a tu email.

Segar, trillar, ablentar… ¿cómo eran las cosechas del siglo pasado?

Hace unos días recordábamos los días de las fiestas de mitad del siglo pasado. Esos días solían coincidir con el final de la cosecha, aunque a veces les pillaba el toro y en algunas casas terminaban pasados los días festivos. Sacar paja del centeno (sacar paja con la finalidad de hacer el cencejo para atar la cosecha) y trillar el centeno era lo último que se hacía.

En mi pueblo, la mayor parte de los habitantes vivía del campo. Debo decir, que he disfrutado mucho preparando este post, ya que, al provenir de una saga de agricultores, durante toda mi vida he oído historias y anécdotas de los duros días de labor en la tierra, y la mayoría de los términos que aparecen en este relato no eran desconocidos para mí. Traer a mi memoria todo eso, ha significado retrotraerme a mi infancia, mi pueblo y mi gente.

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En Torrelapaja, debido al clima frío y seco y la composición de la tierra, el cultivo principal siempre ha sido el cereal (trigo y cebada). Por lo general, las tierras se repartían la mitad para cosecha y la otra mitad para barbecho. La siembra comenzaba cuando pasaba el Domingo del Rosario, el primer domingo de octubre. Se tiraba la simiente con la mano y se envolvía con el aladro o la grada (rastra con varias rejas). Al mismo tiempo se echaba el abono, también a mano. Posteriormente, en primavera habría que añadir otra vez nitrato y se escardaba la remolacha y la cosecha, dejando el terreno limpio de cardos y hierba. Con ayuda de una yunta se daban dos o tres vueltas a la tierra durante el año. Se removía el terreno con el aladro en el mes de abril, en el mes de junio se binaba y en julio se solía dar una nueva vuelta. El resto del año, salvo la temporada de cosecha que era la más intensa, el día se dedicaba a otras faenas, ya que en el campo se vivía y se vive a merced del tiempo. Se está siempre mirando al cielo para ver si va a llover o no. Unas veces porque hace falta agua para que nazca el cultivo, otras porque ya hay demasiada agua y se puede pudrir todo. Si apedrea, el granizo arrasará el fruto de tantas horas de trabajo y tantos desvelos. ¡Y así siempre!

Intentando no resultar pesado, me voy a detener un poco más en el proceso de la cosecha que implica tareas muy diferentes y, probablemente es el que más haya cambiado desde la época en que nuestros mayores eran jóvenes. La siega se llevaba a cabo con una hoz, se recogía la cosecha, se hacían fajos y se conducía a la era. Torrelapaja está rodeado por infinidad de eras con pajares que en su día tuvieron una importante función. A buen seguro que los niños de hoy en día no saben por qué están ahí ni para que servían y piensan que en la era del futbol las porterías siempre han existido y toda la vida se ha utilizado como estadio del pueblo. Suponía un momento de gran actividad que generaba muchos puestos de trabajo, pues en todas las casas eran necesarios peones que ayudasen en la tarea. El período de siega dependía del número de piezas/fincas que se tuviera, pero lo más habitual eran 20-25 días de trabajo continuo desde la salida hasta la puesta del sol, tan sólo parando para la hora del almuerzo y la de la comida. Las mujeres, que no paraban tampoco en todo el día, eran las encargadas de llevar la comida, muchas veces andando largas distancias. Esta comida no se limitaba a un bocadillo, sino que era comida de plato, de puchero, como la que solían tener a la mesa. ¡Qué valor comerse un cocido calentito en pleno campo en el mes de agosto! Primero se hacía la siega del centeno, después de la esparceta o pipirigallo, como se llama en la montaña y, por último, del cereal. La esparceta se utilizaba principalmente para dar de comer a ovejas, caballerías y conejos.

Una vez que la cosecha estaba en la era, se pasaba el trillo por encima y se molía todo. La paja se trituraba y el grano se separaba de la espiga, aunque para que se deshicieran las espigas del todo era necesario volver la parva, es decir, echar lo de abajo arriba para trillar de nuevo. A base de remoler más veces, más corteado quedaba. Todo revuelto se amontonaba con el fin de comenzar a ablentar, separando grano y paja. Llegados a este punto, era preciso que hiciera viento, puesto que con horcas de madera se lanzaba todo al aire. Cuanto más trillada estaba la paja, se conseguía un trigo más limpio. El grano quedaba a un lado en el suelo y la paja a otro y con las mismas palas planas de madera de mover la parva se volvía a echar el trigo al aire. Después de ablentar había que acribar, tarea que habitualmente realizaban las mujeres y que consistía en remover el grano en cribas para que quedase totalmente limpio. Dependiendo de lo productiva que hubiese sido la cosecha resultaba un montón de cereal más grande o más pequeño, que se recogía en talegas (sacos largos) para llevarlo a los graneros de las casas.

Tras la venta del trigo, una parte se reservaba para molienda, según la cantidad de harina que hiciese falta en casa. Como resultado de dicha molienda, por la que se pagaba una pequeña cantidad en compensación por el trabajo realizado, en la fábrica de harinas local se obtenía un 70% de harina, un 20% de tercerilla (harina de peor calidad) y el 10% restante era salvado (cáscara desmenuzada). Para hacernos una idea, por cada 140 kg de trigo obtenías una saca de harina de 100kg y 15 kg de salvado. Este último se utilizaba para dar de comer a los animales, mezclado con agua para las gallinas o con paja para las vacas. El resto, con ayuda de las caballerías se llevaba a los almacenes del Servicio Nacional del Trigo (SNT). Junto a dichos almacenes, la Hermandad de Labradores (cooperativa que velaba por los intereses de sus miembros campesinos) construyó una báscula de pesaje. El SNT entregaba un negociable (cheque), correspondiente al cereal depositado, que se podía cobrar en el banco. Posteriormente, el grano era transportado en camiones a otras fábricas.

No fue hasta mediados de los años 60 cuando se generalizó el uso de tractores en los campos del pueblo y llegó la primera cosechadora, que por supuesto, no tenían nada que ver con la potente y sofisticada maquinaria de hoy en día.

En otros pueblos más grandes o con otro tipo de cultivos diferentes, el trabajo de los agricultores probablemente tenía connotaciones diferentes. Te invito a que en el apartado de comentarios te animes a ampliar la información de este artículo con otro tipo de labores en el campo o incluso completando las que yo cito. Si te ha gustado el artículo házmelo saber con un comentario o un “me gusta” y así sabré cómo enfocar mis próximas publicaciones.

Quiero hacer de este post un homenaje a tantos hombres y mujeres que de forma sencilla y callada trabajaron duramente sus campos para vivir y sacar adelante a sus familias.

De cuando las fiestas eran en Septiembre

Vista TorrelapaCon este primer post presento hoy mi blog. Este blog quiere ser una recopilación de ideas e historias de los pueblos de España. Tradiciones, costumbres, vocablos, vestimentas típicas,…, que provenientes de la memoria de nuestros mayores ni yo, ni otras muchas mujeres y hombres de este gran país queremos que se pierdan. España es un país con mucha historia, tradiciones y costumbres. Un país con una diversidad y cultura popular increíbles. Es importante no dejar de mirar al futuro, y, sobre todo, vivir en el presente, pero nunca debemos olvidar nuestro pasado. Somos lo que somos, por lo que nuestros antepasados hicieron y vivieron, pero lamentablemente sólo aquellos que realizaron grandes hazañas pasarán a la historia, mientras que nadie recordará el duro trabajo de tus abuelos y bisabuelos porque ahora tenemos medios tecnológicos para realizar las mismas tareas en mucho menos tiempo y de forma más eficiente.

Como hay que partir de algún punto, periódicamente iré hablando de temas relacionados con mi pueblo, Torrelapaja. Estoy seguro de que a muchos lectores les gustará conocer lo que allí pasaba hace 60 años, pero también sé que otros muchos verán identificadas muchas costumbres en sus propios pueblos o incluso, vecinos, amigos o descendientes de Torrelapaja conocerán historias y aspectos no mencionados en el relato original, o incluso querrán corregir alguna idea del mismo, que a su entender no es del todo correcta (críticas, correcciones y aportaciones que sumen valor serán bienvenidas). Pretendo, por tanto, que sea un blog abierto, en el que, de forma educada y siempre añadiendo algo positivo, se pueda participar y aportar un granito de arena.

Hoy, 8 de septiembre, el santoral marca la Natividad de la Virgen María. Felicidades, por cierto, a todos las Natividades, Natis y Marías. Hasta hace algo más de 30 años, tal día como hoy era el día principal de las fiestas de Torrelapaja (en la actualidad se celebran el último fin de semana de agosto). Todo comenzaba el día 7 por la tarde, la víspera, cuando al atardecer, la juventud del pueblo iba a la estación a esperar a los músicos que venían en tren de otros pueblos, como Villarroya o Aniñón, la mayor parte de los años. Esa misma noche ya había baile en la plaza. No existían grandes escenarios como los camiones de hoy en día, con enorme focos y potentes instrumentos y altavoces. Por aquel entonces se formaba un semicírculo en el suelo con 10 ó 12 sillas para los músicos de la banda, delante de la puerta de “la Vitoria y el Manolo”. Los músicos se hospedaban a dormir y comer entre los vecinos del pueblo, repartidos por el Ayuntamiento por orden correlativo por las diferentes casas. Este orden se mantenía vigente para el reparto del año siguiente, alterado solamente por razones personales que impedían poder acoger a los músicos el año correspondiente, como por ejemplo luto por el fallecimiento de un familiar durante ese año.

El día 8 era el día de “la fiesta”. Por la mañana, los mismos músicos tocaban diana a las 9 de la mañana y después tenía lugar la misa mayor. Misa solemne tras la cual se realizaba la subasta de palos, tal y como todavía se sigue haciendo hoy en día. Esta subasta tiene como finalidad que la Virgen de Malanca, llevada en procesión por las calles del pueblo después de la misa, sea introducida en la iglesia por aquellas familias que, con motivo de una ofrenda, petición o acción de gracias personal, pujen más por cada uno de los palos de la peana de Nuestra Señora. Antes de comer, los mozos y mozas, que no casad@s, iban a “Casa del tío Patricio” (el bar de entonces) a tomar el vermut o aperitivo. Después de comer también se acudía allí al café y la partida, salvo que hubiera sobremesa en casa con invitados. Por la tarde, volvía a haber baile hasta la hora del Rosario, que se rezaba al atardecer. Sobre las 11 de la noche era hora de mover el esqueleto, de nuevo, hasta la 1 de la madrugada.

El día 9 había otra vez diana floreada y tras la misa de difuntos tenía lugar otra subasta popular con aportaciones de los propios vecinos. Cada uno daba lo que podía: pollos, rosquillas, roscos,… y el alguacil de turno, durante muchos años “el Teodosio” era quien dirigía la subasta.

El día 10, último día de fiestas, era el día de “la sopeta”. Un grupo de hombres pasaban por las casas. Las mujeres les daban roscones para hacer “sopeta” por la tarde. Se servía un vaso de vino y un trozo de roscón para todo aquel/aquella que lo desease. Dado que el Ayuntamiento no pagaba la música de ese día, los mozos ajustaban con la banda el precio y eran ellos mismos quienes pagaban el baile (normalmente cobraban sueldo a partir de los 15 años y pagaban “a escote”).

Eran, por tanto, unas fiestas muy sencillas y piadosas, acordes con las costumbres de la época.