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Trabajos realizados por los diferentes oficios del pueblo

Santero, un oficio desaparecido mucho antes de comenzar la transformación digital

A nadie le pasa desapercibido que vivimos momentos de cambios. Estamos inmersos en la cuarta revolución industrial, también llamada Industria 4.0. Es una revolución del mundo tal y como lo conocemos. Modificará la forma en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos. Surgirán nuevos puestos de trabajo que todavía no existen y podría acabar con cinco millones de puestos de trabajo en los 15 países más industrializados del mundo.

Pero, ¿es esto algo nuevo? ¿acaso no está el mundo continuamente cambiando? Ahora se considera revolución porque la digitalización de las empresas y los hogares se está produciendo a una velocidad increíble y de forma masiva, incluso en el mundo rural. Pero quienes lo conocéis bien y seguís mi blog, sabéis cómo la vida en el campo es muy distinta desde hace mucho. Tenéis constancia de tradiciones y costumbres que han desaparecido o sólo se recuerdan en fiestas de conmemoración. Incluso, recordáis personas y oficios que desaparecieron hace tantos años que los más jóvenes ni siquiera conocieron. Tal es el caso, por ejemplo, de los santeros, oficio probablemente, totalmente desaparecido.

Puerta Casa de San Millán

En Torrelapaja, la Casa de San Millán surgió como “hospital de beneficencia” para proveer de comida, salud, techo y resguardo del frío a los devotos peregrinos que acudían a venerar las reliquias de nuestro paisano San Millán. Su labor social fue muy importante a lo largo de los siglos y todavía en el siglo XX se acogía y atendía a los necesitados, pobres y enfermos que acudían al pueblo. Esta era la principal labor y encomienda del santero/a que vivía en ella que, junto con el capellán, también se encargaba del pesaje de los niños quebrados.

El santero era una persona importante y con un papel fundamental en la vida de la Casa de San Millán. El primer santero del que tenemos constancia por los papeles de la administración de la Casa fue Antón Sánchez, allá por mitad del siglo XVI, existiendo probablemente este puesto de trabajo desde la fundación de dicha Casa y la última, Rosalïa Moreno, hasta casi mediado el siglo XX.

Existen sendos documentos de 1558 y 1561, en los que como auténticos contratos de trabajo, se detallan las obligaciones y derechos del santero y su mujer: debían hacer inventario todos los años de los bienes muebles y alhajas de la Casa; acoger bien y con caridad a los pobres que llegasen; tener las camas y habitaciones bien limpias y oreadas;  si viniese un hombre con una mujer y no tuviesen acta de matrimonio les tenían que colocar en camas y habitaciones separadas; recoger, entregar y anotar las limosnas que los devotos les dieran y que en aquella época iban en aumento. También se especifica en dicho escrito que Antón Sánchez debía estar continuamente con su mujer y familia en la Casa del Señor San Millán al servir en ella de “santeros”. El santero debía presentar anotaciones mes por mes y año por año de ventas, donaciones, préstamos, recibos, etc para que la “Casa-Hospital” sobreviviera. Por su parte, se les obligaba a los jurados y patrones (regidores y mayordomos) a dar de comer, beber, vestir, calzar y todo lo necesario a Antón Sánchez, su mujer e hija, sanos y enfermos por seis años y a darle 24 varas de paño, 24 varas de cáñamo, calcero, zapatos y 30 ducados. También se le daba a él autoridad sobre los mozos de labor, pastores, vigilantes, obreros y demás obreros y personal de la Casa.

El 19 de noviembre de 1603 se nombran y juran sus cargos nuevos santeros: “Francisco Díez y Magdalena Lasheras, vecinos de dicho Lugar de Torrelapaja, a los cuales dan y asignan por partido, por tiempo de un año, veinticinco escudos y el calcero que hubieren menester para dichos dos y que a la tía santera se ha de dar dos pares de calzas y un mandil, dos tocados y no otra cosa ninguna y …. ellos se han obligado y obligan, juraron y de uso juran … de ser fieles y lealmente en el oficio y cargo de santeros y otorgan haber recibido las alhajas y bienes muebles, en cinco hojas atrás escritas, tenerlas y conservarlas como más bien pudieren y aumentar lo que más pudieren para servicio de dicha Casa y santo Hospital ,,,”.

Ya, en tiempos más recientes, tenemos constancia por nuestros mayores de cómo era la vida de estos santeros u hospitaleros. La hospitalera vivía en el bajo de la Casa y disponía también de la cuadra contigua al corral, sin pagar renta por ello. A cambio tenía la obligación de cuidar de la Casa y atender a los pobres que llegaban.

Durante muchos años esta función fue desempeñada por la tiá Rosalia y cuando ella dejó el puesto, su casa la ocuparon otras familias, pero nadie más volvió a desempeñar este oficio.

Entre las tareas propias del cargo estaba la de llenar de paja el “pajar de los pobres”. Esta habitación se encuentra en el rellano de las escaleras grandes y servía de dormitorio a los transeúntes que, sin casa, comida y trabajo recaían en Torrelapaja durante algunos días en su camino hacia otros lugares.

Al anochecer les dejaba un candil en la puerta para que tuvieran algo de luz para desnudarse al irse a dormir. No lo metía dentro para que no hubiera ningún accidente con la paja y cuando veía que ya estaban acostados y tapados se llevaba el candil. Les aconsejaba encarecidamente que no hicieran fuego por el peligro que eso suponía. Pasado un año, los hospitaleros sacaban la paja al cemaral y lo volvían a llenar con paja limpia, procedente de la nueva siega.

También tenía siempre lista agua caliente para que los indigentes pudieran poner los pies a remojo cuando llegaban muy cansados. Agua que calentaba en el mismo hogar, en medio de su cocina, donde aquellos mendigos se calentaban al calor de la lumbre.

No tenía obligación de darles de comer, tan sólo les hacía una sopa caliente con pan si traían, pero dado que no tenía un sueldo por su trabajo, no contaba con medios económicos para poder hacer más por ellos, que pedían y obtenían comida en el resto de casas del pueblo. No es que llegaran muchos pobres, pero algunas temporadas, como los años de la guerra, sí que se notó un aumento notable. La tiá Rosalia también se ocupaba de limpiar la luna (patio central porticado) y el pasillo que va desde la puerta principal hasta el corral.

Otra de las misiones de la hospitalera era cerrar la puerta de Casa San Millán a las 10 de la noche y aunque todos los vecinos tenían llave, en el caso de los mozos que volvían a casa más tarde de esa hora, muchas veces les tocó entrar por la ventanilla del callejón.

A lo largo de toda la geografía española han existido otros muchos santeros y santeras que con dedicación y entrega se ocuparon a lo largo de los años del cuidado de ermitas, santuarios y otros templos e iglesias. Vaya desde aquí mi reconocimiento y gratitud por su esfuerzo y profesionalidad en el desempeño de un oficio que suponía una gran labor social.

Si tienes constancia de algún santero que siga ejerciendo como tal o anécdotas sobre esta profesión, no dudes en dejar tu comentario en el apartado habilitado para ello más abajo. Tus aportaciones son valiosas para recordar, no olvidar y hacer historia. Un fuerte abrazo.

Carlos Rubio Sancho

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Del cerdo me gustan hasta los andares

Como en artículos anteriores, al escribir estas líneas vuelvo a mi infancia, revivo agradables momentos vividos junto a familiares, vecinos, amigos y traigo a la memoria imágenes, olores, sensaciones, conversaciones y personas, algunas de las cuales ya no están con nosotros y que forman parte de mi historia, parte de la historia de mi pueblo y parte de la historia de España.

El post de hoy tiene mucho que ver con la época del año en la que estamos. Tradicionalmente la matanza del cerdo en los pueblos tenía lugar en invierno, con objeto de que el frío curase mejor las viandas obtenidas del animal. En España, la matanza de cochinos fuera de los mataderos está regulada por ley desde 1995, siguiendo una directiva europea de 1993 que prohibía dicha práctica, salvo que se aturdiese al animal antes de clavarle el cuchillo. En mi pueblo no se realiza desde hace 25 años, pero tanto entonces como hace un siglo, el procedimiento era el mismo e idéntico al de miles de pueblos de toda la geografía española.

Matanza

En Torrelapaja en los años 50, se mataban en las casas particulares entre primeros de diciembre y mitad de enero más de 100 tocinos, criados por los propios vecinos. Como era un trabajo que requería cierta destreza los encargados de llevarlo a cabo eran el tío “zapatero”, Francisco Rubio y el carnicero del pueblo, Prudencio Modrego, que le ayudaba especialmente en lo relativo al despiece del animal. En la carnicería no se vendía tocino, sólo corderos y cabritos que provenían también de las casas del “lugar” y que despachaba con atención y cariño la “tiá” Anselma. Mi padre se convirtió en el matarife oficial a mitad de los años 60, después de llevar ya muchos años aprendiendo y ejerciendo de ayudante.

Los puercos, nacidos al final del invierno, se engordaban en las tocineras del corral de casa a base de “pastura”, hecha con harina de cebada  mezclada con agua y las patatas más pequeñas del huerto (patatas marraneras) o desechos comestibles de verduras y sobras de la cocina. Incluso en los años de mayor escasez u hogares más pobres, se les daban las boñigas de los machos que trabajaban en el campo. Transcurridos unos 9 meses y llegadas las fechas mencionadas los cerdos habían sobrepasado los 100 kg de peso y eran aptos para su sacrificio y posterior consumo propio.

En cada hogar se mataba dependiendo de la gente que vivía y según la economía. En casa de mis abuelos paternos los últimos años se criaban 5 ó 6 tocinos, pero sólo se mataba uno o uno y medio. El resto se vendían a algún vecino que sólo quería medio, a algún otro que se había marchado a vivir a la ciudad o a fábricas de chorizo, como la de Rogelio Villar emparentado por casamiento con Torrelapaja.

El día programado se comenzaba la jornada muy temprano, en muchos casos al hacerse de día y dependiendo del número de porcinos que se iban a matar, 3 ó 4 normalmente, pues había que degollarlos, pelarlos y arreglarlos antes del mediodía. Los días que estaban los dos, zapatero y carnicero, mientras el uno se quedaba destripando el primer animal, el otro se iba con el “banco” a matar a una casa diferente. Se calentaba agua en una caldera en el hogar o una hoguera en el corral y cuando hervía se subía al cerdo al banco de matanza, que sujetado por tres o cuatro hombres era degollado clavándole un cuchillo en la yugular.

Toda la sangre se recogía en una terriza y se mezclaba con pan para que no se cuajara, al tiempo que se cocían tres o cuatro kilos de arroz en un caldero de cobre, algo más pequeño que una caldera. Las mujeres iban a lavar concienzudamente el “menudo” (intestinos) a la Fuente Grande quitándole bien la porquería. Era un trabajo laborioso que requería meticulosidad, puesto que los “anchos” más delgados se usaban para hacer chorizos y los más gordos (el intestino grueso) para morcillas, existiendo diferentes tipos: la “bola” (vejiga), la “cular” (esfínter), la “avispilla” (colón) y algunas otras más. Las morcillas se hacían por la tarde con la sangre, arroz y pan (a todo esto se le denominaba pasta), aderezada con manteca licuada y especias al gusto.  En casi todas las casas las morcillas eran dulces, con azúcar, por la tradición existente en esta zona; además había quien echaba cebolla y quién no. Se cocían en una caldera colocada en el fuego sobre unas trébedes. Durante la cocción era necesario quitar la espuma resultante con una “espumadera”, que era una especie de rasera grande. Cuando las morcillas ya estaban cocidas se colocaban sobre una bancada o tablero de madera, usado habitualmente para llevar la masa del pan a cocer al horno, y se cubrían con una manta o mantón de lana (“bancal”) hasta que se enfriaban y colgaban al día siguiente en una varas en el granero, situado en la parte alta de las casas.

Haciendo morcillas

Muerto el cochino, se pelaba con el agua caliente y se destripaba, colgándolo de las patas traseras abierto para que se enfriara y “joreara” (orear). Al veterinario se le mandaban con “el coche de línea” tres chichorras de magro del cerdo: una de la manteca, otra de la papada y otra del jamón. Era al atardecer cuando se “escarnaba”, es decir, se partía el cerdo en trozos. Se separaba todo echando las distintas partes en “terrizas” y cestas diferentes: los costillares por un sitio, el magro para chorizos en otro, cabeza y patas y jamones para condimentarlos, echarles peso encima y curarlos con el frío del crudo invierno.  Del cerdo se aprovechaba todo menos los pelos y las pezuñas. Con el hígado y magro  envueltos en la tela que cubre el menudo se hacían fardeles. Con hígado, asadura (pulmones), corazón, pajarita (bazo), riñones, es decir, las vísceras con un poco de magro y un poco de tocino se embutía la “güeña”.

Al día siguiente se volvían a juntar las mujeres para “cortar”, es decir, triturar las carnes magras y mezclarlas con las especias para hacer la “masa” de los chorizos, las longanizas y las güeñas. Después de 2 ó 3 días de maceración en las “terrizas” se “llenaba” (se hacía el embutido). Aún no había terminado el trabajo. Quedaba echar en ajos la cabeza, las patas, el esquinazo….y curarlo todo al aire o al fuego del hogar para tener provisiones para todo el año.

Era un día de mucho trabajo, especialmente para las mujeres, pero se vivía como una jornada de fiesta en la que se juntaba mucha gente, vecinos, familia y amigos. Cuenta mi madre que en su casa se reunían todas las primas y eso que eran muchas. Se sacaba anís, pastas, higos secos y polvorones para los hombres que ayudaban a sujetar el tocino. Siempre había más gente de la que hacía falta. Se freían las mollejas y el  hígado para comer, acompañando a unas buenas judías blancas. Por la tarde, la chavalería esperábamos con ansía el rabo para hacerlo a la brasa, que nos servía de merienda y para cenar se guisaba un buen pollo de corral.

Por razones técnicas sé que no es fácil indicar que te ha gustado el post, pero tus comentarios en el blog o a través de las redes sociales me ayudan a saber los temas que te interesan y más te atraen. Un millón de gracias a los que pacientemente llegáis hasta el final de mis artículos y a los que amablemente me paráis para decirme lo que más os ha gustado y también lo que menos. Todo ello me sirve para aprender e intentar hacerlo mejor día a día.

Como la mayoría llegáis directamente al post, os dejo un link a la página de inicio del blog (https://costumbresytradicionesperdidas.wordpress.com) por si queréis ver la galería de fotos o leer otros artículos que se os hayan pasado. Estas fotos y otras muchas, que seguro tienes en casa, son un documento gráfico de nuestra historia, ¡no dejemos que caigan en el olvido!

¿Sabes lo que era una vicera, un maqui o una dula? Aquí te aclaro estos términos que ya no se usan

En un pueblo con gran importancia del sector primario las profesiones más comunes eran agricultores y ganaderos. De los primeros ya hablamos en el último post, así que hoy he decidido dedicar un capítulo especial a aquellas familias que, o bien dedicadas en exclusiva a cuidar y criar ganados, o bien compaginando esta labor con la del cultivo de la tierra, hicieron de un oficio duro y solitario su modo de vida.

Pastoreando

A mitad del siglo pasado existían en Torrelapaja unos 7 u 8 ganados de similar tamaño, en torno a 120-130 ovejas de parir, que cuando tenían a sus crías, también eran incorporadas al conjunto, por lo que resultaba un grupo de unas 200 cabezas. Todos eran rebaños de ovejas y borregos de raza Rasa Aragonesa. Estos animales se alimentaban principalmente, como también ocurre hoy en día, de las hierbas, arbustos y frutos silvestres del campo, aunque complementaban este suculento menú con piensos compuestos que aseguraban un mayor engorde.

Cada ganadero poseía 2 o 3 corrales en los que se cerraba a los ovinos por las noches. Se elegía aquel que quedase más cerca. En invierno el corral era siempre el mismo, ya que había que volver donde se encontraban los corderos de cría. Existían corrales de invierno en la solana y de verano en la umbría, para aprovechar, en la medida de lo posible, el calor o el fresco en cada caso.

Las ovejas se utilizaban sólo para criar corderos y éstos, o bien se escogía a los más grandes directamente desde el corral para su venta o se echaban al ganado. En el mes de septiembre se les apartaban de las madres y se hacía con ellos otro ganado para que se engordaran más. Se dejaba a las corderas para vida y los corderos eran destinados a la venta a carniceros de pueblos cercanos y más grandes, como Villarroya, Calatayud… Aquellos corderos que no se conseguía vender eran llevados a la Feria de Aranda, que tenía lugar el 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos. Aranda de Moncayo y Torrelapaja distan unos 22 kilómetros entre sí, algo menos, monte a través, cruzando por Malanquilla, trayecto que se realizaba siempre andando. Se tardaba medio día. En muchas ocasiones se salía a las 12 de la noche y se llegaba al ferial a las 7 u 8 de la madrugada, para aprovechar toda la mañana y volver después de comer. Las ovejas y borregas más viejas para los que no surgían compradores se llevaban a Gómara, donde había mercado los jueves.

La leche de oveja no se usaba para consumo humano, puesto que era una raza que no se ordeñaba. A mediados del mes de junio se realizaba el esquilo de todos los rebaños del pueblo. Se contrataban esquiladores de fuera, a los que además de pagar cada familia por el número de unidades que esquilaban, se les invitaba a desayunar, comer y cenar en casa. Era, aproximadamente, una semana de trabajo, teniendo en cuenta que cada día le tocaba a un ganado. La lana, recogida en sacos, se vendía y era una fuente adicional de ingresos. Esta tarea se llevaba a cabo en la parte de abajo de la Casa de San Millán, que en aquellos años se utilizaba para múltiples usos.

Mis dos abuelos tuvieron durante 11 años un ganado conjunto y en verano tenían contratado un pastor para poder ellos atender las faenas de la siega. En el mes de julio era normal quedarse a dormir con el ganado en el corral y soltarlo antes de hacerse de día. En el verano de 1946 mi padre iba de zagalillo para ayudar a su tío-abuelo Valentín, que tenía cataratas y no veía en cuanto anochecía. En cierta ocasión, estando con otros dos jóvenes del pueblo, de unos 18-20 años, cuidando los ganados en el corral de Las Cañadas, aparecieron en medio de la noche dos hombres que se sentaron con ellos. Les ofrecieron merienda, pero no quisieron cenar. Estuvieron conversando y sobre las 12 de la noche se marcharon los forasteros, momento en el cual mi padre, que era tan sólo un niño, al ver que algo les relucía en la cintura, comentó: “Tío, llevan navajas en la faja”. Los cuatro turrispalienses se volvieron al pueblo y al pasar por el corral del Coleto, vieron al padre de uno y otro paisano y se quedaron con ellos para comentarles el encuentro con aquellos hombres y con idea de pasar la noche todos juntos, pero finalmente regresaron cada uno a su casa. Los dos desconocidos pernoctaron en otro corral a la orilla del camino. Durante los primeros años de la posguerra española había mucha gente que huía de la Guardia Civil. Hasta 1948 se identificaba a la mayoría como miembros de la guerrilla de resistencia, los llamados maquis.

Las niñas, después de salir de la escuela, también ayudaban: iban a recoger las hojas de la remolacha a las piezas del Cuadro, Juan Herreros, Santa Juliana, los Regachos, al huerto de la Fuente Santa,… Traían grandes fajos en la cabeza para complementar el alimento de los corderos que estaban en el corral de casa. También ayudaban llevando un cántaro de agua en la cabeza y otro en la cadera desde la fuente del pueblo hasta el corral del monte.

En aquellos ganados no había cabras, como sí ocurre actualmente.  Cada vecino tenía 2 o 3 cabras, que proveían de leche al hogar y entre todos se contrataba un pastor. Este pastor recorría el pueblo por la mañana recogiendo las cabras que había en los corrales de las casas y hacía lo propio por las tardes para devolverlas a sus respectivos dueños. Por cada cabra cobraba un duro o dos. A esta pequeña cabrada en Torrelapaja se la denominaba la “vicera del pueblo”. Funcionó durante muchos años hasta que en los años 70 las cabras que quedaban iban acompañando los pocos ganados que existían por aquel entonces.

Es cierto que nunca hubo grandes vaquerías, como en otros lugares de la geografía española, pero sí que en las casas había vacas suizas que, como las cabras, completaban el grupo de animales del corral y la alimentación de los vecinos. Cuando desapareció la “dula” de las caballerías, que era el grupo de machos que se soltaban a pastar en el paraje denominado “El Prado” en las épocas en las que no tenían faenas labriegas, se llevaron allí a las vacas, con un pastor como en el caso de la vicera.

A día de hoy todavía queda en el pueblo un ganado de unas 700 ovejas y cabras, pero pastoreado por un vecino de Clarés de Ribota, que realiza trashumancia trasterminante, al estar parte del año en Torrelapaja y parte del año en Clarés. Los dos últimos ganados propios de gente del “Lugar” pertenecieron a Jesús Llorente y Marcos Gómez, que continuaron la tradición familiar de sus antepasados Feliciano Llorente y Silvano Sancho.

Tió Silvano

Vaya desde aquí mi gratitud a tod@s los pastores que dedicaron su vida al cuidado animal, soportando soledad e inclemencias del tiempo, en una labor no siempre reconocida.

Si quieres hacer algún comentario sobre la vida de los rebaños, vacadas, manadas, viceras, dulas y conjunto de animales de otros pueblos o ampliar la información que aquí se recoge, ya sabes, deja una pequeña reseña en el apartado de comentarios. Si te gustan los temas que trato, hazte seguidor de mi blog y las nuevas publicaciones llegarán automáticamente a tu email.

Segar, trillar, ablentar… ¿cómo eran las cosechas del siglo pasado?

Hace unos días recordábamos las fiestas de mitad del siglo pasado. Esos días solían coincidir con el final de la cosecha, aunque a veces les pillaba el toro y en algunas casas terminaban pasados los días festivos. Sacar paja del centeno (sacar paja con la finalidad de hacer el cencejo para atar la cosecha) y trillar el centeno era lo último que se hacía.

En mi pueblo, la mayor parte de los habitantes vivía del campo. Debo decir, que he disfrutado mucho preparando este post, ya que, al provenir de una saga de agricultores, durante toda mi vida he oído historias y anécdotas de los duros días de labor en la tierra, y la mayoría de los términos que aparecen en este relato no eran desconocidos para mí. Traer a mi memoria todo eso, ha significado retrotraerme a mi infancia, mi pueblo y mi gente.

Cosechadores

En Torrelapaja, debido al clima frío y seco y la composición de la tierra, el cultivo principal siempre ha sido el cereal (trigo y cebada). Por lo general, las tierras se repartían la mitad para cosecha y la otra mitad para barbecho. La siembra comenzaba cuando pasaba el Domingo del Rosario, el primer domingo de octubre. Se tiraba la simiente con la mano y se envolvía con el aladro o la grada (rastra con varias rejas). Al mismo tiempo se echaba el abono, también a mano. Posteriormente, en primavera habría que añadir otra vez nitrato y se escardaba la remolacha y la cosecha, dejando el terreno limpio de cardos y hierba. Con ayuda de una yunta se daban dos o tres vueltas a la tierra durante el año. Se removía el terreno con el aladro en el mes de abril, en el mes de junio se binaba y en julio se solía dar una nueva vuelta. El resto del año, salvo la temporada de cosecha que era la más intensa, el día se dedicaba a otras faenas, ya que en el campo se vivía y se vive a merced del tiempo. Se está siempre mirando al cielo para ver si va a llover o no. Unas veces porque hace falta agua para que nazca el cultivo, otras porque ya hay demasiada agua y se puede pudrir todo. Si apedrea, el granizo arrasará el fruto de tantas horas de trabajo y tantos desvelos. ¡Y así siempre!

Intentando no resultar pesado, me voy a detener un poco más en el proceso de la cosecha que implica tareas muy diferentes y, probablemente es el que más haya cambiado desde la época en que nuestros mayores eran jóvenes. La siega se llevaba a cabo con una hoz, se recogía la cosecha, se hacían fajos y se conducía a la era. Torrelapaja está rodeado por infinidad de eras con pajares que en su día tuvieron una importante función. A buen seguro que los niños de hoy en día no saben por qué están ahí ni para que servían y piensan que en la era del futbol las porterías siempre han existido y toda la vida se ha utilizado como estadio del pueblo. Suponía un momento de gran actividad que generaba muchos puestos de trabajo, pues en todas las casas eran necesarios peones que ayudasen en la tarea. El período de siega dependía del número de piezas/fincas que se tuviera, pero lo más habitual eran 20-25 días de trabajo continuo desde la salida hasta la puesta del sol, tan sólo parando para la hora del almuerzo y la de la comida. Las mujeres, que no paraban tampoco en todo el día, eran las encargadas de llevar la comida, muchas veces andando largas distancias. Esta comida no se limitaba a un bocadillo, sino que era comida de plato, de puchero, como la que solían tener a la mesa. ¡Qué valor comerse un cocido calentito en pleno campo en el mes de agosto! Primero se hacía la siega del centeno, después de la esparceta o pipirigallo, como se llama en la montaña y, por último, del cereal. La esparceta se utilizaba principalmente para dar de comer a ovejas, caballerías y conejos.

Una vez que la cosecha estaba en la era, se pasaba el trillo por encima y se molía todo. La paja se trituraba y el grano se separaba de la espiga, aunque para que se deshicieran las espigas del todo era necesario volver la parva, es decir, echar lo de abajo arriba para trillar de nuevo. A base de remoler más veces, más corteado quedaba. Todo revuelto se amontonaba con el fin de comenzar a ablentar, separando grano y paja. Llegados a este punto, era preciso que hiciera viento, puesto que con horcas de madera se lanzaba todo al aire. Cuanto más trillada estaba la paja, se conseguía un trigo más limpio. El grano quedaba a un lado en el suelo y la paja a otro y con las mismas palas planas de madera de mover la parva se volvía a echar el trigo al aire. Después de ablentar había que acribar, tarea que habitualmente realizaban las mujeres y que consistía en remover el grano en cribas para que quedase totalmente limpio. Dependiendo de lo productiva que hubiese sido la cosecha resultaba un montón de cereal más grande o más pequeño, que se recogía en talegas (sacos largos) para llevarlo a los graneros de las casas.

Tras la venta del trigo, una parte se reservaba para molienda, según la cantidad de harina que hiciese falta en casa. Como resultado de dicha molienda, por la que se pagaba una pequeña cantidad en compensación por el trabajo realizado, en la fábrica de harinas local se obtenía un 70% de harina, un 20% de tercerilla (harina de peor calidad) y el 10% restante era salvado (cáscara desmenuzada). Para hacernos una idea, por cada 140 kg de trigo obtenías una saca de harina de 100kg y 15 kg de salvado. Este último se utilizaba para dar de comer a los animales, mezclado con agua para las gallinas o con paja para las vacas. El resto, con ayuda de las caballerías se llevaba a los almacenes del Servicio Nacional del Trigo (SNT). Junto a dichos almacenes, la Hermandad de Labradores (cooperativa que velaba por los intereses de sus miembros campesinos) construyó una báscula de pesaje. El SNT entregaba un negociable (cheque), correspondiente al cereal depositado, que se podía cobrar en el banco. Posteriormente, el grano era transportado en camiones a otras fábricas.

No fue hasta mediados de los años 60 cuando se generalizó el uso de tractores en los campos del pueblo y llegó la primera cosechadora, que por supuesto, no tenían nada que ver con la potente y sofisticada maquinaria de hoy en día.

En otros pueblos más grandes o con otro tipo de cultivos diferentes, el trabajo de los agricultores probablemente tenía connotaciones diferentes. Te invito a que en el apartado de comentarios te animes a ampliar la información de este artículo con otro tipo de labores en el campo o incluso completando las que yo cito. Si te ha gustado el artículo házmelo saber con un comentario o un “me gusta” y así sabré cómo enfocar mis próximas publicaciones.

Quiero hacer de este post un homenaje a tantos hombres y mujeres que de forma sencilla y callada trabajaron duramente sus campos para vivir y sacar adelante a sus familias.