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Vivir en un palacio renacentista, una experiencia inolvidable

En la mayoría de los artículos que he escrito hasta ahora en este blog se menciona, por una circunstancia u otra, la Casa de San Millán. Ello demuestra la importancia de este gran edificio para un pequeño pueblo aragonés, lindante con la provincia de Soria, Torrelapaja. Se encuentra situada en el centro del pueblo y su tamaño, majestuosidad y belleza interior hacen de este palacio renacentista una preciada joya del patrimonio histórico y cultural español.

Son muchos y diversos los usos y servicios que se le han dado a esta Casa a lo largo de sus más de cuatrocientos setenta años de vida. De su historia y el patrimonio artístico que alberga ya hablaremos en capítulos posteriores. Hoy quiero detenerme en lo que ha sido su vida y transcurrir diario a lo largo del tiempo.

Palacio Renacentista (Torrelapaja-Zaragoza)

Corredores Casa de San Millán

Hasta no hace muchos años fue un edificio vivo, con familias que tejían su historia en el interior de sus muros, con gente que entraba y salía continuamente. Si nos detuviéramos un momento en el silencio y soledad de sus corredores podríamos oír los gritos de tantos niños y niñas que a lo largo de los siglos hemos jugado allí. Podríamos sentir al tío Félix salir apresuradamente en la oscuridad de la noche a atender a alguna parturienta que trae a su hijo al mundo. Podríamos bailar al son de la música el día de San Millán. Podríamos emocionarnos con el recitar de las lecciones de las niñas del pueblo, que en este edificio aprendieron a leer, escribir, matemáticas, geografía, historia, coser, bordar y otra infinidad de cosas, gracias a la innegable labor de Doña Luisa y otras maestras. Podríamos escuchar a la señora Nati pedirle aceite a la tía Felisa porque pensaba que ha traído más botellas de Zaragoza y se le ha acabado. Todas estas cosas y muchas más son las que hoy quiero compartir con todos vosotros a través de la memoria y los recuerdos de Pilar Jimeno, que nació en la Casa de San Millán y ha vivido en ella, muy feliz, muchos acontecimientos importantes en su vida.

En la Casa de San Millán vivían normalmente 6 familias. Es una casa en la que, por su composición hay diferentes tipos de viviendas: alguna muy pequeña, en la parte alta con sólo una habitación con tragaluz y chimenea, otras con varias habitaciones separadas (dormitorios, cocina, despensa, …) repartidas en torno al corredor principal y alguna otra, aunque pequeña, con todas las dependencias juntas. Me ha contado Pilarín entretenidas anécdotas de los muchos habitantes que han pasado por la Casa, como que con 6 o 7 años ella subía a fregar los cacharros de la tiá Catalina, rascando los “morros” de los pucheros con cucharas de hierro oxidadas. O cuando los 3 o 4 niños de la tiá Leoncia, que vivía en la entreplanta del primer y segundo piso y tenía el dormitorio en los corredores, salían corriendo desnudos, pisando la nieve en las duras mañanas del frío invierno.

La gente iba y volvía, según las circunstancias y las necesidades del momento, como la tiá Marcela, que estuvo viviendo unos años en una casa propiedad del tió Pedro, el ciriano. Llevaban sus tierras y como en Casa de San Millán resultaba muy trabajoso subir las cosechas y demás enseres hasta el desván se cambiaron. También Carmen Modrego y su familia vivieron durante un tiempo en Las Casillas hasta que sus hijos se marcharon a trabajar fuera y regresó a su hogar de siempre. Los distintos habitáculos cambiaban de moradores y también de uso, como las antiguas escuelas de las niñas, que en los años 70 estaban desocupadas y comenzaban a deteriorarse y con unas pequeñas reformas se convirtieron en la residencia de verano de la familia Xifré; o una habitación que había en ese mismo rincón, que fue durante unos pocos años bar y en los 80 pasó a ser la consulta del médico local. En los bajos de la casa estaba también la tienda de Venancio Oliveros, con puerta al público desde la calle y la propia Casa. Era una tienda de ultramarinos con un característico olor a vino y en la que se podían encontrar sardinas rancias (“Guardia Civiles”) dispuestas en las típicas ruedas de madera, legumbres, vino, lejía, jabón, cremalleras, hilos, botones, … vamos, de todo.

Por la tarde las vecinas salían a coser y charlar a los corredores. Se ponían medio al sol, medio a la sombra. Era una casa que facilitaba la comunicación y el contacto con los vecinos y entre ellos reinaba la paz y la armonía. Junto con el resto del pueblo formaban una gran familia en la que todos se preocupaban de todos, como en cierta ocasión en la que Carmen mandó salir a unas gitanas que se disponían a entrar en la despensa de la tía Felisa. Ella estaba en su cocina y no se había percatado de nada. En una casa tan grande había mucho que limpiar y lo hacían muy a gusto entre todas, pero comenzaron a faltar vecinas y quedó todo para Pilarín y su madre. Cuando se fundían las bombillas de la escalera, el patio y los pasillos, la tía Felisa estaba al tanto para cambiarlas por otras nuevas.

Todos los ganados del pueblo esquilaron las ovejas durante muchos años en los bajos de este edificio. Los rebaños se metían en la cuadra de la familia Jimeno y los esquiladores hacían su trabajo en la planta baja, entre la luna y los porches, pero llegó un momento en que las condiciones de salubridad hicieron que fuera imposible continuar llevando a cabo esa tarea allí. El calor del mes de junio era sofocante. Se llenaba todo de pulgas y otros bichos procedentes de los animales. Era preciso trasladar tocinos y gallinas de la propia Casa a otros corrales, con la consiguiente desadaptación de los mismos. Suponía también una molestia para los inquilinos, puesto que era mucho el ruido, polvo y suciedad que se producía, además de generar un trabajo extra de limpieza. Al terminar, el tío Félix debía realizar una limpieza exhaustiva de la cuadra y con la ayuda de su mujer, sacaban cestas llenas de los excrementos que las ovejas dejaban. Al surgir nuevas regulaciones sanitarias, un médico de Bijuesca amenazó con denunciar a Sanidad si se continuaba ejerciendo la actividad de esquilo en aquel lugar y con la aprobación del tió Pedrín, encargado de la Casa, se decidió suspenderlo en lo sucesivo. A partir de entonces cada pastor esquiló en su corral.

Es tanta la gente que ha vivido y trabajado en este edificio que resultaría imposible nombrar en unas cuantas líneas a todos. No me gustaría que ninguno de ellos o sus familiares pudiese sentirse molesto si no han visto reflejado su nombre en este artículo. De forma general, quisiera mostrar mi reconocimiento y gratitud a todas aquellas mujeres y hombres que, a lo largo de los siglos, contribuyeron a que la Casa de San Millán siguiera viva y continúe en pie a día de hoy. Y sin que nadie se ofenda tampoco, quiero hacer una mención especial a Felisa García, por ser la persona que más años ha vivido en ella, desde que se casó con 25 hasta los 85, sin moverse de allí y después, durante dos o tres meses todos los veranos hasta los 99 años. Era perfectamente autónoma y murió a los 101 años, como San Millán. Recuerdo perfectamente, con nostalgia, cuando de niños jugábamos al escondite en los corredores y nos regañaba para que no chilláramos ni corriéramos.

Seguro que todos los que habéis vivido en Torrelapaja, aunque haya sido sólo durante una temporada, tenéis también muchas anécdotas y vivencias como las que aquí aparecen. Por favor, compartirlas con el resto de lectores con un comentario a continuación. Los que hayáis tenido la suerte de vivir en una casa comunal, como una corrala o similar no olvidéis aportar también vuestro granito de arena.

A todos los que me seguís, gracias de todo corazón por estar ahí.

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Segar, trillar, ablentar… ¿cómo eran las cosechas del siglo pasado?

Hace unos días recordábamos las fiestas de mitad del siglo pasado. Esos días solían coincidir con el final de la cosecha, aunque a veces les pillaba el toro y en algunas casas terminaban pasados los días festivos. Sacar paja del centeno (sacar paja con la finalidad de hacer el cencejo para atar la cosecha) y trillar el centeno era lo último que se hacía.

En mi pueblo, la mayor parte de los habitantes vivía del campo. Debo decir, que he disfrutado mucho preparando este post, ya que, al provenir de una saga de agricultores, durante toda mi vida he oído historias y anécdotas de los duros días de labor en la tierra, y la mayoría de los términos que aparecen en este relato no eran desconocidos para mí. Traer a mi memoria todo eso, ha significado retrotraerme a mi infancia, mi pueblo y mi gente.

Cosechadores

En Torrelapaja, debido al clima frío y seco y la composición de la tierra, el cultivo principal siempre ha sido el cereal (trigo y cebada). Por lo general, las tierras se repartían la mitad para cosecha y la otra mitad para barbecho. La siembra comenzaba cuando pasaba el Domingo del Rosario, el primer domingo de octubre. Se tiraba la simiente con la mano y se envolvía con el aladro o la grada (rastra con varias rejas). Al mismo tiempo se echaba el abono, también a mano. Posteriormente, en primavera habría que añadir otra vez nitrato y se escardaba la remolacha y la cosecha, dejando el terreno limpio de cardos y hierba. Con ayuda de una yunta se daban dos o tres vueltas a la tierra durante el año. Se removía el terreno con el aladro en el mes de abril, en el mes de junio se binaba y en julio se solía dar una nueva vuelta. El resto del año, salvo la temporada de cosecha que era la más intensa, el día se dedicaba a otras faenas, ya que en el campo se vivía y se vive a merced del tiempo. Se está siempre mirando al cielo para ver si va a llover o no. Unas veces porque hace falta agua para que nazca el cultivo, otras porque ya hay demasiada agua y se puede pudrir todo. Si apedrea, el granizo arrasará el fruto de tantas horas de trabajo y tantos desvelos. ¡Y así siempre!

Intentando no resultar pesado, me voy a detener un poco más en el proceso de la cosecha que implica tareas muy diferentes y, probablemente es el que más haya cambiado desde la época en que nuestros mayores eran jóvenes. La siega se llevaba a cabo con una hoz, se recogía la cosecha, se hacían fajos y se conducía a la era. Torrelapaja está rodeado por infinidad de eras con pajares que en su día tuvieron una importante función. A buen seguro que los niños de hoy en día no saben por qué están ahí ni para que servían y piensan que en la era del futbol las porterías siempre han existido y toda la vida se ha utilizado como estadio del pueblo. Suponía un momento de gran actividad que generaba muchos puestos de trabajo, pues en todas las casas eran necesarios peones que ayudasen en la tarea. El período de siega dependía del número de piezas/fincas que se tuviera, pero lo más habitual eran 20-25 días de trabajo continuo desde la salida hasta la puesta del sol, tan sólo parando para la hora del almuerzo y la de la comida. Las mujeres, que no paraban tampoco en todo el día, eran las encargadas de llevar la comida, muchas veces andando largas distancias. Esta comida no se limitaba a un bocadillo, sino que era comida de plato, de puchero, como la que solían tener a la mesa. ¡Qué valor comerse un cocido calentito en pleno campo en el mes de agosto! Primero se hacía la siega del centeno, después de la esparceta o pipirigallo, como se llama en la montaña y, por último, del cereal. La esparceta se utilizaba principalmente para dar de comer a ovejas, caballerías y conejos.

Una vez que la cosecha estaba en la era, se pasaba el trillo por encima y se molía todo. La paja se trituraba y el grano se separaba de la espiga, aunque para que se deshicieran las espigas del todo era necesario volver la parva, es decir, echar lo de abajo arriba para trillar de nuevo. A base de remoler más veces, más corteado quedaba. Todo revuelto se amontonaba con el fin de comenzar a ablentar, separando grano y paja. Llegados a este punto, era preciso que hiciera viento, puesto que con horcas de madera se lanzaba todo al aire. Cuanto más trillada estaba la paja, se conseguía un trigo más limpio. El grano quedaba a un lado en el suelo y la paja a otro y con las mismas palas planas de madera de mover la parva se volvía a echar el trigo al aire. Después de ablentar había que acribar, tarea que habitualmente realizaban las mujeres y que consistía en remover el grano en cribas para que quedase totalmente limpio. Dependiendo de lo productiva que hubiese sido la cosecha resultaba un montón de cereal más grande o más pequeño, que se recogía en talegas (sacos largos) para llevarlo a los graneros de las casas.

Tras la venta del trigo, una parte se reservaba para molienda, según la cantidad de harina que hiciese falta en casa. Como resultado de dicha molienda, por la que se pagaba una pequeña cantidad en compensación por el trabajo realizado, en la fábrica de harinas local se obtenía un 70% de harina, un 20% de tercerilla (harina de peor calidad) y el 10% restante era salvado (cáscara desmenuzada). Para hacernos una idea, por cada 140 kg de trigo obtenías una saca de harina de 100kg y 15 kg de salvado. Este último se utilizaba para dar de comer a los animales, mezclado con agua para las gallinas o con paja para las vacas. El resto, con ayuda de las caballerías se llevaba a los almacenes del Servicio Nacional del Trigo (SNT). Junto a dichos almacenes, la Hermandad de Labradores (cooperativa que velaba por los intereses de sus miembros campesinos) construyó una báscula de pesaje. El SNT entregaba un negociable (cheque), correspondiente al cereal depositado, que se podía cobrar en el banco. Posteriormente, el grano era transportado en camiones a otras fábricas.

No fue hasta mediados de los años 60 cuando se generalizó el uso de tractores en los campos del pueblo y llegó la primera cosechadora, que por supuesto, no tenían nada que ver con la potente y sofisticada maquinaria de hoy en día.

En otros pueblos más grandes o con otro tipo de cultivos diferentes, el trabajo de los agricultores probablemente tenía connotaciones diferentes. Te invito a que en el apartado de comentarios te animes a ampliar la información de este artículo con otro tipo de labores en el campo o incluso completando las que yo cito. Si te ha gustado el artículo házmelo saber con un comentario o un “me gusta” y así sabré cómo enfocar mis próximas publicaciones.

Quiero hacer de este post un homenaje a tantos hombres y mujeres que de forma sencilla y callada trabajaron duramente sus campos para vivir y sacar adelante a sus familias.