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Semana Santa hace 30-50-70 años. Tradiciones que se resisten a desaparecer

Hace tan sólo unos días terminábamos la Semana Santa. Cada vez más, son días de descanso y vacaciones, pero todavía continúan vivas en muchos lugares de España las tradiciones de nuestros ancestros. Las procesiones son el ejemplo más claro de que hay costumbres que pasan de padres a hijos y perviven a lo largo de los años.

Por eso hoy quiero hablar de costumbres y tradiciones que no se han perdido.

Procesión del Encuentro - Virgen

Procesión del Encuentro – Virgen

Torrelapaja sigue el mismo patrón que el resto de pueblos y ciudades de nuestro país. Algunas cosas han cambiado, pero me atrevo a decir que las tradiciones y costumbres de esta época del año son las que menos se han visto alteradas con el transcurrir de los años. Además, tenemos elementos diferenciales con otros lugares que hacen de la Semana Santa de Torrelapaja un acontecimiento único. No es mejor ni peor que la de otros pueblos o ciudades que cuentan con procesiones y pasos espectaculares, simplemente tiene ciertas peculiaridades que sólo existen allí.

Creo compartir el sentir de muchos torrelapajinos cuando digo que escuchar y cantar el Reloj de la Pasión o asistir al Encuentro de la Virgen con el Niño, genera una emoción muy difícil de explicar con palabras.

En el post “Los juegos que llenaron nuestra historia y nuestras calles”, cuyo enlace te dejo por si te apetece recordarlo o no tuviste oportunidad de leerlo en su día, hacía una cronología temporal de los juegos de los niños y niñas desde los años 40 del siglo pasado hasta los 80. Mi intención en el presente artículo es hacer más o menos lo mismo, llegando incluso hasta 2019. En esta ocasión me ha resultado mucho más fácil al tratarse de tradiciones todavía vivas.

Por ser Semana Santa, todas las tradiciones, salvo una, se refieren al ámbito cristiano y las celebraciones religiosas.

Día a día y evento a evento

La principal diferencia que existe entre lo que se hacía a mitad del siglo pasado y a partir de los últimos 25 años del mismo son los horarios: la misa de celebración de la última cena el Jueves Santo, los Oficios del Viernes Santo y la Celebración Pascual del sábado eran por la mañana.

El Viacrucis del Viernes Santo se realizaba tres veces entre Jueves Santo y Viernes Santo, aunque, como hoy en día, se hacía por el campo hasta la ermita de Santa Juliana. Las dos últimas estaciones estaban en la entrada de la ermita, una a cada lado de la puerta. Al igual que en nuestros días, cuando el tiempo lo permite, se volvía por el camino de Berdejo cantando el Reloj de la Pasión. Este canto va narrando hora a hora lo que pasó desde el prendimiento de Jesús en el huerto hasta su sepultura y, salvo que algún lector me diga lo contrario, no lo he oído ni sé de su existencia en ningún otro lugar de la geografía española. Me gustaría comprobar similitudes y diferencias con otros pueblos en los que también exista.

Todos los viernes de Cuaresma, incluido el Viernes Santo, se cantaba el Miserere en la capilla del Santo Cristo. Una parte la hacía el cura en latín y otra los fieles en castellano.

Desde que sus obligaciones se lo permitieron, D. Lucio Gil, natural del pueblo, era el sacerdote encargado de celebrar la Semana Santa y ayudar al cura de Berdejo y Torrelapaja.

Algo que yo no llegué a conocer fue la colocación del Monumento en la capilla de la Virgen del Rosario al concluir la misa del Domingo de Ramos. Se trataba de módulos que, con una base de madera en forma de arco, tenían pintadas en tela gruesa escenas de la Pasión. Una rampa de acceso en el suelo ayudaba a darle profundidad. Ante dicho Monumento, se hacía vela, igual que ahora, desde el Jueves Santo hasta los Oficios del Viernes Santo.

Las carracas y matracas todavía se usaban cuando yo era un chaval, pero es algo que se ha perdido en la actualidad. Desde el Gloria de la misa de Jueves Santo hasta la celebración Pascual no sonaban las campanas y éramos los chicos y chicas en edad de ser monaguillos quienes recorríamos el pueblo anunciando los toques a misa. En época de mis padres, cada niño (sólo los chicos eran monaguillos) tenía su propia carraca.

Lo que mejor y de forma más auténtica ha sobrevivido al devenir de los tiempos es la procesión del Domingo de Resurrección. Esta procesión del Encuentro no es exclusiva de Torrelapaja, pero en cada localidad española tiene su peculiaridad. En mi pueblo, el Encuentro se realiza entre Jesús Niño y su madre. La Virgen va cubierta con un negro manto hasta el momento en que se encuentra con su hijo y la tristeza y el llanto se convierten en alegría. La Virgen es portada por las doncellas o jóvenes del pueblo y el Niño por los niños y niñas. Cuando había muchos más niños lo llevaban normalmente quienes ese año iban a hacer la Primera Comunión y todavía es costumbre que sean los comulgantes los que lo saquen y hagan la genuflexión del Encuentro. Todo ello es narrado de forma detallada en un canto que se canta con mucha devoción. Es una procesión muy emotiva.

Procesión del Encuentro - Niño

Procesión del Encuentro – Niño

A finales de los años 60 y primeros 70 estas tradiciones estuvieron a punto de desaparecer. Durante varios años se suprimieron y tanto la procesión de Viernes Santo como la del Encuentro no se llevaban a cabo. Afortunadamente poco a poco se fueron recuperando y todavía perviven en nuestros días.

Para terminar, recuerdo con mucho cariño y alegría cuando el Domingo de Pascua por la tarde íbamos a comer la “culeca” a las Hoyas, la estación, la fábrica, … La culeca no era otra cosa que un huevo duro y una torta. La comida fue cambiando con los años, pero seguía viva la costumbre de juntarnos para merendar. Las prisas de la vida moderna han hecho que esta tradición también se haya perdido, aunque aún quedan algunos nostálgicos y afortunados que todavía pueden ir a merendar esa tarde y recordar viejos tiempos.

Ya de niño me impresionaban estas tradiciones. En 7º de EGB hice un trabajo sobre cómo era la Semana Santa en Torrelapaja. Me serví de fotos y cantos para demostrar sus peculiares y características diferenciadoras. Fue un trabajo escolar, pero fue un trabajo hecho desde el corazón. En aquel momento no imaginaba que muchos años después abriría un blog para hablar sobre éstas y otras muchas costumbres que quiero mantener vivas en la memoria colectiva. Aquel trabajo fue, de alguna forma, preludio de este blog.

Me enorgullece pensar que, a pesar de la gran transformación que todo ha sufrido especialmente en los últimos 20 años, todavía seguimos manteniendo vivas las mismas tradiciones de nuestros antepasados.

Me encanta escuchar el Reloj de la Pasión y me embarga la emoción cuando veo la cara de ilusión de los niños que llevan en su peana, engalanada con chucherías, al niño Jesús.

Este post, igual que el dedicado a los juegos, cuenta con una buena parte de vivencias personales de mi infancia y recordar aquella época me hace sonreír.

Gracias por seguir y leer mi blog. Gracias por compartir los posts. Gracias por animarme a seguir escribiendo. Si tienes anécdotas e historias que hayas oído a tus padres y abuelos, no lo dudes, contacta conmigo y estaré encantando de publicarlas.

Un abrazo.

Carlos Rubio Sancho

 

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La Casa de San Millán de Torrelapaja pide auxilio para no “caer” en el abandono total

A punto de terminar el verano, vuelven, irremediablemente, a la cabeza, los recuerdos de los momentos compartidos con familiares y amigos en el pueblo: los besos y reencuentros al llegar; el primer paseo por las calles para ver los cambios que ha habido en nuestra ausencia; los madrugones para hacer algo de ejercicio; los paseos a pie y en bicicleta por los caminos arreglados o por la carretera de Berdejo; las excursiones al Picuezo, al Llano, al Arco, a las Hoyas y a otros muchos lugares; los baños en Los Chorros de Bijuesca; los partidos de frontón; las partidas de guiñote en el bar; las cenas y los pinchos del vermut de Fonso y Eva; los cafés de sobremesa; la cerveza antes de cenar; la copita de la noche en el Rejolao; las conversaciones en la mejor compañía a “la fresca”; las fiestas; … y, por último, la triste despedida en la que a tod@s se nos encoge el corazón.

Es difícil no acordarse de la Casa de San Millán, puesto que al estar en el centro del pueblo es imposible no pasar, una y otra vez, por delante de su puerta cerrada. Pero, este año tod@s la hemos tenido más presente, si cabe, por la charla tan instructiva que sobre la misma nos dio nuestro querido párroco, Pablo Rubio, y por la reaparición en nuestras calles de un personaje muy vinculado a ella, el Oso de Torrelapaja, cuya mano izquierda está clavada en el portón de este imponente edificio.

Rincón de San Millán

El Oso volvió al pueblo el 23 de agosto ante la expectación de niños, jóvenes, personas maduras y mayores. Nuestro Oso vive en los montes de alrededor del pueblo y, de cuando en cuando (hasta ahora cuando nadie le veía) baja al “lugar” donde antaño vivió, para asegurarse que todo está en orden y armonía. Vela por los habitantes de Torrelapaja, por nuestras costumbres, tradiciones y nuestra historia, encarnando a la perfección los valores de nuestros antepasados, cuyo espíritu pervive en él.

La mayoría de vosotr@s conocéis los datos y reseñas que vienen a continuación, pero siempre es agradable recordar los pequeños secretos de nuestra historia y, por qué no, a lo mejor conocer alguno nuevo.

La Casa de San Millán, aunque semiabandonada en la actualidad, es muy rica en historia. Su esplendor coincidió con los siglos XVI, XVII y XVIII, los siglos de la grandeza de España.

Fue construida en 1544 sustituyendo a otra anterior que cumplía la misma finalidad. Al exterior es un edificio de aspecto tosco, de mampostería en su fachada principal y de tapial las otras tres, dos de ellas reforzadas por pilares adosados, construidos posteriormente. Tiene portada de piedra sillar en arco y, sobre el mismo, una hornacina con la imagen de San Millán, hecha en escayola de Fuentes de Jiloca (Zaragoza).

El interior constituye una sorpresa para el visitante por su hermoso patio central con dos cuerpos de columnas que le dan un aire de claustro monacal. Tiene graciosas yeserías como ornato decorativo. En sus cuatro ángulos hay relieves alegóricos y entre ellos destaca el que representa a San Millán cuando era pastor, apacentando un rebaño de ovejas y un perro a sus pies. Al lado existe una leyenda en letra gótica que no se puede descifrar. Las columnas del piso bajo son de piedra y de estilo toscano, las del piso superior están revestidas de yeso en zig-zag, estriadas o en rombos. Los arcos, rebajados. Toda la vida de la casa se vuelca al interior, a cuyo patio dan las entradas de todas las habitaciones.

La Casa servía de hospital, refugio de transeúntes pobres y, sobre todo, albergue de peregrinos que acudían a venerar las reliquias de uno de los santos más famosos de la España medieval: San Millán. Los obispos de las diócesis cercanas hicieron colectas (“allega”) en su territorio, en favor de la Casa de San Millán desde 1521 y durante los siglos siguientes.

Su función como hospital de beneficencia fue muy importante a lo largo de los siglos y se prolongó aún durante todo el siglo XIX y parte del XX. La desamortización arrebató y puso a la venta ganados, fincas y bienes inmuebles, pero respetó la propia existencia de la Casa para que siguiera cumpliendo su servicio de beneficencia y hospital.

La Casa siempre estuvo muy ligada a la parroquia y corría con el cincuenta por ciento de los gastos de mantenimiento de la iglesia y la mayoría de sus gastos extraordinarios. Llegó a poseer numerosas fincas en los términos de Berdejo y Torrelapaja. Para atender todo tenía contratadas a una serie de personas fijas: santeros, pastores, mozos de mulas, doncellas, criadas, … En el inventario, constan, algún año, hasta doce personas en nómina. Tenía también capellán propio.

La Casa de San Millán fue siempre la casa de todos. Como ya he apuntado en más de una ocasión, cuando fue decayendo su uso exclusivo como hospital y acogida de peregrinos, en el edifico iban teniendo cabida la mayoría de las actividades sociales, culturales, económicas, de ocio y entretenimiento de los vecinos del pueblo: allí estaba la escuela de niñas; la peluquería y barbería de hombres; tienda; cooperativa de alimentos; teleclub; consulta médica; lugar de reunión de niños y jóvenes, especialmente en los días crudos del invierno, para esparcirse y llenar su tiempo libre; fue espacio para fiestas y bailes durante la fiesta de San Millán; allí tenía lugar el esquileo de las ovejas del pueblo; allí exponían a la venta sus productos los vendedores ambulantes en los días intempestivos; vivían seis u ocho familias y tenía habitación reservada, de modo permanente, el Obispo de la Diócesis.

Por todo ello, podemos decir que la Casa de San Millán nos interesa a tod@s los torrelapajin@s y tod@s la llevamos muy adentro. Su conservación es preocupación general. El 6 de noviembre de 2001 la Diputación General de Aragón la declaró Bien de Interés Cultural por su valor artístico y su singularidad. Es el único edificio civil de la comarca de sus características.

El estado actual de la Casa de San Millán es bastante lamentable y, aunque en los últimos años la Diputación de Zaragoza ha aportado fondos para la consolidación de sus tejados, todavía queda mucho por hacer. Si bien el Ayuntamiento hace todo lo que puede, instamos a las instituciones públicas de nuestra región y nuestro país para que este edificio no caiga en el olvido y, sobre todo, no se caiga ante nuestros ojos ni los ojos de los que vienen detrás nuestro.

No quiero terminar sin agradecer públicamente a mi tío Pablo su impagable esfuerzo y trabajo de años de investigación en los libros de la Casa y la parroquia para que no se pierda nuestra historia y darla a conocer. Todos los datos que aparecen en este artículo referentes a la historia y arte de la Casa de San Millán han sido aportados por él.

Pido perdón por haberme extendido más de lo debido. Cuando me siento ante la página en blanco con el cursor parpadeante tengo una idea a desarrollar, pero después me puede la emoción y me pierdo en recuerdos y aspectos secundarios que no puedo evitar plasmar en este blog que, gracias a los comentarios que recibo de paisanos, amigos, incluso desconocidos, es cada vez más de tod@s vosotr@s. Espero que estas líneas os hayan resultado interesantes y a quienes no habíais oído nunca hablar de la Casa de San Millán de Torrelapaja (algo harto difícil si seguís mi blog) me gustaría, por lo menos, haberos ilustrado un poco para que os hagáis una idea de cómo es, lo que representa para Torrelapaja y cuál ha sido su historia. Ojalá en un futuro no muy lejano podamos tod@s volver a visitarla y contemplar restauradas las maravillas que encierra dentro.

Si te ha gustado el post y piensas que, tal vez, alguno de nuestros políticos puede hacer algo por evitar la ruina total de la Casa de San Millán de Torrelapaja, por favor, comparte en tus redes sociales a ver si conseguimos que nuestro clamor llegue hasta ellos. Un abrazo.

Carlos Rubio Sancho

Vivir en un palacio renacentista, una experiencia inolvidable

En la mayoría de los artículos que he escrito hasta ahora en este blog se menciona, por una circunstancia u otra, la Casa de San Millán. Ello demuestra la importancia de este gran edificio para un pequeño pueblo aragonés, lindante con la provincia de Soria, Torrelapaja. Se encuentra situada en el centro del pueblo y su tamaño, majestuosidad y belleza interior hacen de este palacio renacentista una preciada joya del patrimonio histórico y cultural español.

Son muchos y diversos los usos y servicios que se le han dado a esta Casa a lo largo de sus más de cuatrocientos setenta años de vida. De su historia y el patrimonio artístico que alberga ya hablaremos en capítulos posteriores. Hoy quiero detenerme en lo que ha sido su vida y transcurrir diario a lo largo del tiempo.

Palacio Renacentista (Torrelapaja-Zaragoza)

Corredores Casa de San Millán

Hasta no hace muchos años fue un edificio vivo, con familias que tejían su historia en el interior de sus muros, con gente que entraba y salía continuamente. Si nos detuviéramos un momento en el silencio y soledad de sus corredores podríamos oír los gritos de tantos niños y niñas que a lo largo de los siglos hemos jugado allí. Podríamos sentir al tío Félix salir apresuradamente en la oscuridad de la noche a atender a alguna parturienta que trae a su hijo al mundo. Podríamos bailar al son de la música el día de San Millán. Podríamos emocionarnos con el recitar de las lecciones de las niñas del pueblo, que en este edificio aprendieron a leer, escribir, matemáticas, geografía, historia, coser, bordar y otra infinidad de cosas, gracias a la innegable labor de Doña Luisa y otras maestras. Podríamos escuchar a la señora Nati pedirle aceite a la tía Felisa porque pensaba que ha traído más botellas de Zaragoza y se le ha acabado. Todas estas cosas y muchas más son las que hoy quiero compartir con todos vosotros a través de la memoria y los recuerdos de Pilar Jimeno, que nació en la Casa de San Millán y ha vivido en ella, muy feliz, muchos acontecimientos importantes en su vida.

En la Casa de San Millán vivían normalmente 6 familias. Es una casa en la que, por su composición hay diferentes tipos de viviendas: alguna muy pequeña, en la parte alta con sólo una habitación con tragaluz y chimenea, otras con varias habitaciones separadas (dormitorios, cocina, despensa, …) repartidas en torno al corredor principal y alguna otra, aunque pequeña, con todas las dependencias juntas. Me ha contado Pilarín entretenidas anécdotas de los muchos habitantes que han pasado por la Casa, como que con 6 o 7 años ella subía a fregar los cacharros de la tiá Catalina, rascando los “morros” de los pucheros con cucharas de hierro oxidadas. O cuando los 3 o 4 niños de la tiá Leoncia, que vivía en la entreplanta del primer y segundo piso y tenía el dormitorio en los corredores, salían corriendo desnudos, pisando la nieve en las duras mañanas del frío invierno.

La gente iba y volvía, según las circunstancias y las necesidades del momento, como la tiá Marcela, que estuvo viviendo unos años en una casa propiedad del tió Pedro, el ciriano. Llevaban sus tierras y como en Casa de San Millán resultaba muy trabajoso subir las cosechas y demás enseres hasta el desván se cambiaron. También Carmen Modrego y su familia vivieron durante un tiempo en Las Casillas hasta que sus hijos se marcharon a trabajar fuera y regresó a su hogar de siempre. Los distintos habitáculos cambiaban de moradores y también de uso, como las antiguas escuelas de las niñas, que en los años 70 estaban desocupadas y comenzaban a deteriorarse y con unas pequeñas reformas se convirtieron en la residencia de verano de la familia Xifré; o una habitación que había en ese mismo rincón, que fue durante unos pocos años bar y en los 80 pasó a ser la consulta del médico local. En los bajos de la casa estaba también la tienda de Venancio Oliveros, con puerta al público desde la calle y la propia Casa. Era una tienda de ultramarinos con un característico olor a vino y en la que se podían encontrar sardinas rancias (“Guardia Civiles”) dispuestas en las típicas ruedas de madera, legumbres, vino, lejía, jabón, cremalleras, hilos, botones, … vamos, de todo.

Por la tarde las vecinas salían a coser y charlar a los corredores. Se ponían medio al sol, medio a la sombra. Era una casa que facilitaba la comunicación y el contacto con los vecinos y entre ellos reinaba la paz y la armonía. Junto con el resto del pueblo formaban una gran familia en la que todos se preocupaban de todos, como en cierta ocasión en la que Carmen mandó salir a unas gitanas que se disponían a entrar en la despensa de la tía Felisa. Ella estaba en su cocina y no se había percatado de nada. En una casa tan grande había mucho que limpiar y lo hacían muy a gusto entre todas, pero comenzaron a faltar vecinas y quedó todo para Pilarín y su madre. Cuando se fundían las bombillas de la escalera, el patio y los pasillos, la tía Felisa estaba al tanto para cambiarlas por otras nuevas.

Todos los ganados del pueblo esquilaron las ovejas durante muchos años en los bajos de este edificio. Los rebaños se metían en la cuadra de la familia Jimeno y los esquiladores hacían su trabajo en la planta baja, entre la luna y los porches, pero llegó un momento en que las condiciones de salubridad hicieron que fuera imposible continuar llevando a cabo esa tarea allí. El calor del mes de junio era sofocante. Se llenaba todo de pulgas y otros bichos procedentes de los animales. Era preciso trasladar tocinos y gallinas de la propia Casa a otros corrales, con la consiguiente desadaptación de los mismos. Suponía también una molestia para los inquilinos, puesto que era mucho el ruido, polvo y suciedad que se producía, además de generar un trabajo extra de limpieza. Al terminar, el tío Félix debía realizar una limpieza exhaustiva de la cuadra y con la ayuda de su mujer, sacaban cestas llenas de los excrementos que las ovejas dejaban. Al surgir nuevas regulaciones sanitarias, un médico de Bijuesca amenazó con denunciar a Sanidad si se continuaba ejerciendo la actividad de esquilo en aquel lugar y con la aprobación del tió Pedrín, encargado de la Casa, se decidió suspenderlo en lo sucesivo. A partir de entonces cada pastor esquiló en su corral.

Es tanta la gente que ha vivido y trabajado en este edificio que resultaría imposible nombrar en unas cuantas líneas a todos. No me gustaría que ninguno de ellos o sus familiares pudiese sentirse molesto si no han visto reflejado su nombre en este artículo. De forma general, quisiera mostrar mi reconocimiento y gratitud a todas aquellas mujeres y hombres que, a lo largo de los siglos, contribuyeron a que la Casa de San Millán siguiera viva y continúe en pie a día de hoy. Y sin que nadie se ofenda tampoco, quiero hacer una mención especial a Felisa García, por ser la persona que más años ha vivido en ella, desde que se casó con 25 hasta los 85, sin moverse de allí y después, durante dos o tres meses todos los veranos hasta los 99 años. Era perfectamente autónoma y murió a los 101 años, como San Millán. Recuerdo perfectamente, con nostalgia, cuando de niños jugábamos al escondite en los corredores y nos regañaba para que no chilláramos ni corriéramos.

Seguro que todos los que habéis vivido en Torrelapaja, aunque haya sido sólo durante una temporada, tenéis también muchas anécdotas y vivencias como las que aquí aparecen. Por favor, compartirlas con el resto de lectores con un comentario a continuación. Los que hayáis tenido la suerte de vivir en una casa comunal, como una corrala o similar no olvidéis aportar también vuestro granito de arena.

A todos los que me seguís, gracias de todo corazón por estar ahí.

San Millán une, de nuevo, a “Torrelapaja y Berdejo, dos lugares y un concejo”

El pasado 12 de noviembre el santoral celebraba la festividad de San Millán de la Cogolla, santo aragonés a quien muchos pretenden atribuir un origen riojano. Sin llegar a entrar en la interesante vida de este santo, sí quiero dedicar un capítulo especial a lo que supuso su existencia para el pueblo de Torrelapaja y cómo se celebraba su fiesta a mitad del siglo XX.

Fiesta de San Millán (años 40)

Para ponernos en contexto debemos tener unas pequeñas nociones de historia que nos ayudarán a comprender mejor el porqué de las cosas. Torrelapaja y Berdejo son dos pueblos de la comarca de Calatayud que estuvieron unidos administrativamente hasta 1601, año en el que se separaron y comenzaron a funcionar de manera independiente, excepto en todo lo relativo a San Millán, santo natural de este pueblo (sólo uno hasta la mencionada fecha), patrón y motor de muchos aspectos de la vida del mismo. Son dos pueblos con un pasado y un presente en común y todavía, a día de hoy, las familias de los dos lugares se entremezclan.

Desde tiempos inmemoriales se ha recordado a este santo varón en el aniversario de su muerte, el 12 de noviembre, y por eso era fiesta grande. Los festejos comenzaban con el baile la noche del día 11 en la Casa-Hospital de San Millán, albergue de peregrinos y centro físico y neurálgico del lugar. Este recinto, ubicado geográficamente en el término municipal de Torrelapaja, quedó, en el momento de la separación, a cargo de las iglesias y ayuntamientos de los dos municipios. A diferencia de las fiestas de la Virgen de Malanca, en esta ocasión sólo venían 5 ó 6 músicos de Torrijo, que se situaban en las escaleras de la barbería del tío Félix y amenizaban la noche de los asistentes en los “corredores”, en torno al patio central. En lo relativo al alojamiento y hospedaje se seguían los usos y costumbres ya mencionados en las celebraciones de septiembre. Como era otoño y ya empezaba a hacer frío, los abrigos se repartían por las casas de la “tiá” Felisa, la “tiá” Benita, la “tiá” Nati y la “tiá” Tomasa (“tiá” es un término que merece un capítulo aparte dentro del vocabulario autóctono). Venían confiteros de otros pueblos a vender chucherías y tenían también su espacio en los propios “corredores”.

Al día siguiente, la misma banda tocaba diana por las calles. Llegada la hora, los monaguillos subían a la torre y cuando veían al Ayuntamiento y miembros eclesiales de Berdejo a la altura de Santa Juliana comenzaban a bandear las campanas. En el matadero se encontraban las dos comitivas y las cruces se hacían una reverencia de saludo, los curas se intercambiaban la capa y todos juntos caminaban hasta la iglesia. Primero se cantaba la salve en la capilla de la Virgen de Malanca y después se abría, delante de todos los feligreses, la puerta de las reliquias de San Millán. En un principio estaba establecido que cada mosen y alcalde custodiase una llave cada uno y juntos descubriesen los huesos. Con el tiempo, quedaron dos llaves en poder de cada cura y cuando el mismo sacerdote fue titular de las dos parroquias, era éste quien guardaba las cuatro llaves. Un año presidia la misa el cura de Berdejo y otro el de Torrelapaja. En la procesión se realizaba el mismo recorrido que se hace actualmente. Los palos de la peana de San Millán eran llevados por dos hombres de cada pueblo, elegidos de entre los miembros de la corporación municipal anterior. Era normal que entre ellos se discutiese por ver quien llevaba qué palo, llegando en algunos casos a intervenir el Obispo, debido a la tensión que se creaba.

El alcalde berdejano solía comer en casa del alcalde torrelapajino y el resto se repartían entre las casas que tenían a bien hospedarles. A las 17hs se tocaba el campanillo de la iglesia para que todos juntos, curas y alcaldes, aunque de forma menos solemne, cerrasen la puerta de las reliquias hasta el año siguiente. Por la tarde venía también a bailar la gente joven del pueblo vecino.

El día 13 de noviembre por la mañana también había música para amenizar el baile de los más animados. Si el tiempo acompañaba se hacía en la plaza o “rejolao” y por la tarde se continuaba en la Casa de San Millán, aunque ya eran pocos los habitantes de Berdejo que participaban de los festejos de este último día.

Durante todo el año, pero sobre todo en estas fechas, venía mucha gente de Castilla, especialmente de la provincia de Soria, a pesar a los niños herniados o quebrados. Los pesaban con una romana, junto a una imagen de San Millán en la que se puede leer: “Casa Santa y Hospital del Glorioso San Millán. Abogado de los Quebrados”. En un lado se ponía un saquete con trigo y en otro al niño. En el altar mayor de la iglesia parroquial había una lámpara de plata con aceite que se usaba para untarles y que sanaran por intercesión del santo.

Por desgracia, este día de encuentro entre los dos pueblos vecinos se vio interrumpido desde principios de los años 70 hasta 1996, año en que se recuperó esta ancestral tradición de nuestros mayores. Ahora la fiesta es algo diferente: se celebra el sábado más cercano al día 12 y nuestros vecinos berdejanos suben a misa a celebrar con nosotros la fiesta del patrón de todos. Ya no suben andando, sino en coche, como corresponde a los tiempos actuales. Y no vienen sólo los miembros del ayuntamiento, sino una nutrida representación de todo el municipio. Tras la misa tenemos todos juntos un vermut o aperitivo de hermandad y comida en el pabellón. Por la tarde, en el mismo pabellón, música disco a cargo de la comisión de fiestas de Torrelapaja. Es una fiesta que ha evolucionado a lo largo del tiempo, ya que por los libros de cuentas tenemos constancia de los grandes gastos y comidas que se hacían en siglos pasados.

Es un día bonito para reunirnos con familiares y amigos. Desde aquí quiero animar a los habitantes y amigos, tanto de Torrelapaja, como de Berdejo, que sé que también leen mis posts, a continuar con esta entrañable tradición, que nos mantiene unidos y nos recuerda nuestro origen e historia común.

No quiero terminar sin agradecer públicamente a todos los lectores y lectoras que me animáis a seguir adelante con este pequeño proyecto que empecé hace, tan sólo, dos meses. Sin todos vosotros y vuestras palabras de apoyo no sería posible. Gracias por saber descubrir la esencia de estos sencillos artículos y por creer en mí.

De cuando las fiestas eran en Septiembre

Vista Torrelapaja

Con este primer post presento hoy mi blog. Este blog quiere ser una recopilación de ideas e historias de los pueblos de España. Tradiciones, costumbres, vocablos, vestimentas típicas,…, que provenientes de la memoria de nuestros mayores ni yo, ni otras muchas mujeres y hombres de este gran país queremos que se pierdan. España es un país con mucha historia, tradiciones y costumbres. Un país con una diversidad y cultura popular increíbles. Es importante no dejar de mirar al futuro, y, sobre todo, vivir en el presente, pero nunca debemos olvidar nuestro pasado. Somos lo que somos, por lo que nuestros antepasados hicieron y vivieron, pero lamentablemente sólo aquellos que realizaron grandes hazañas pasarán a la historia, mientras que nadie recordará el duro trabajo de tus abuelos y bisabuelos porque ahora tenemos medios tecnológicos para realizar las mismas tareas en mucho menos tiempo y de forma más eficiente.

Como hay que partir de algún punto, periódicamente iré hablando de temas relacionados con mi pueblo, Torrelapaja. Estoy seguro de que a muchos lectores les gustará conocer lo que allí pasaba hace 60 años, pero también sé que otros muchos verán identificadas muchas costumbres en sus propios pueblos o incluso, vecinos, amigos o descendientes de Torrelapaja conocerán historias y aspectos no mencionados en el relato original, o incluso querrán corregir alguna idea del mismo, que a su entender no es del todo correcta (críticas, correcciones y aportaciones que sumen valor serán bienvenidas). Pretendo, por tanto, que sea un blog abierto, en el que, de forma educada y siempre añadiendo algo positivo, se pueda participar y aportar un granito de arena.

Hoy, 8 de septiembre, el santoral marca la Natividad de la Virgen María. Felicidades, por cierto, a todos las Natividades, Natis y Marías. Hasta hace algo más de 30 años, tal día como hoy era el día principal de las fiestas de Torrelapaja (en la actualidad se celebran el último fin de semana de agosto). Todo comenzaba el día 7 por la tarde, la víspera, cuando al atardecer, la juventud del pueblo iba a la estación a esperar a los músicos que venían en tren de otros pueblos, como Villarroya o Aniñón, la mayor parte de los años. Esa misma noche ya había baile en la plaza. No existían grandes escenarios como los camiones de hoy en día, con enorme focos y potentes instrumentos y altavoces. Por aquel entonces se formaba un semicírculo en el suelo con 10 ó 12 sillas para los músicos de la banda, delante de la puerta de “la Vitoria y el Manolo”. Los músicos se hospedaban a dormir y comer entre los vecinos del pueblo, repartidos por el Ayuntamiento por orden correlativo por las diferentes casas. Este orden se mantenía vigente para el reparto del año siguiente, alterado solamente por razones personales que impedían poder acoger a los músicos el año correspondiente, como por ejemplo luto por el fallecimiento de un familiar durante ese año.

El día 8 era el día de “la fiesta”. Por la mañana, los mismos músicos tocaban diana a las 9 de la mañana y después tenía lugar la misa mayor. Misa solemne tras la cual se realizaba la subasta de palos, tal y como todavía se sigue haciendo hoy en día. Esta subasta tiene como finalidad que la Virgen de Malanca, llevada en procesión por las calles del pueblo después de la misa, sea introducida en la iglesia por aquellas familias que, con motivo de una ofrenda, petición o acción de gracias personal, pujen más por cada uno de los palos de la peana de Nuestra Señora. Antes de comer, los mozos y mozas, que no casad@s, iban a “Casa del tío Patricio” (el bar de entonces) a tomar el vermut o aperitivo. Después de comer también se acudía allí al café y la partida, salvo que hubiera sobremesa en casa con invitados. Por la tarde, volvía a haber baile hasta la hora del Rosario, que se rezaba al atardecer. Sobre las 11 de la noche era hora de mover el esqueleto, de nuevo, hasta la 1 de la madrugada.

El día 9 había otra vez diana floreada y tras la misa de difuntos tenía lugar otra subasta popular con aportaciones de los propios vecinos. Cada uno daba lo que podía: pollos, rosquillas, roscos,… y el alguacil de turno, durante muchos años “el Teodosio” era quien dirigía la subasta.

El día 10, último día de fiestas, era el día de “la sopeta”. Un grupo de hombres pasaban por las casas. Las mujeres les daban roscones para hacer “sopeta” por la tarde. Se servía un vaso de vino y un trozo de roscón para todo aquel/aquella que lo desease. Dado que el Ayuntamiento no pagaba la música de ese día, los mozos ajustaban con la banda el precio y eran ellos mismos quienes pagaban el baile (normalmente cobraban sueldo a partir de los 15 años y pagaban “a escote”).

Eran, por tanto, unas fiestas muy sencillas y piadosas, acordes con las costumbres de la época.