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La Casa de San Millán de Torrelapaja pide auxilio para no “caer” en el abandono total

A punto de terminar el verano, vuelven, irremediablemente, a la cabeza, los recuerdos de los momentos compartidos con familiares y amigos en el pueblo: los besos y reencuentros al llegar; el primer paseo por las calles para ver los cambios que ha habido en nuestra ausencia; los madrugones para hacer algo de ejercicio; los paseos a pie y en bicicleta por los caminos arreglados o por la carretera de Berdejo; las excursiones al Picuezo, al Llano, al Arco, a las Hoyas y a otros muchos lugares; los baños en Los Chorros de Bijuesca; los partidos de frontón; las partidas de guiñote en el bar; las cenas y los pinchos del vermut de Fonso y Eva; los cafés de sobremesa; la cerveza antes de cenar; la copita de la noche en el Rejolao; las conversaciones en la mejor compañía a “la fresca”; las fiestas; … y, por último, la triste despedida en la que a tod@s se nos encoge el corazón.

Es difícil no acordarse de la Casa de San Millán, puesto que al estar en el centro del pueblo es imposible no pasar, una y otra vez, por delante de su puerta cerrada. Pero, este año tod@s la hemos tenido más presente, si cabe, por la charla tan instructiva que sobre la misma nos dio nuestro querido párroco, Pablo Rubio, y por la reaparición en nuestras calles de un personaje muy vinculado a ella, el Oso de Torrelapaja, cuya mano izquierda está clavada en el portón de este imponente edificio.

Rincón de San Millán

El Oso volvió al pueblo el 23 de agosto ante la expectación de niños, jóvenes, personas maduras y mayores. Nuestro Oso vive en los montes de alrededor del pueblo y, de cuando en cuando (hasta ahora cuando nadie le veía) baja al “lugar” donde antaño vivió, para asegurarse que todo está en orden y armonía. Vela por los habitantes de Torrelapaja, por nuestras costumbres, tradiciones y nuestra historia, encarnando a la perfección los valores de nuestros antepasados, cuyo espíritu pervive en él.

La mayoría de vosotr@s conocéis los datos y reseñas que vienen a continuación, pero siempre es agradable recordar los pequeños secretos de nuestra historia y, por qué no, a lo mejor conocer alguno nuevo.

La Casa de San Millán, aunque semiabandonada en la actualidad, es muy rica en historia. Su esplendor coincidió con los siglos XVI, XVII y XVIII, los siglos de la grandeza de España.

Fue construida en 1544 sustituyendo a otra anterior que cumplía la misma finalidad. Al exterior es un edificio de aspecto tosco, de mampostería en su fachada principal y de tapial las otras tres, dos de ellas reforzadas por pilares adosados, construidos posteriormente. Tiene portada de piedra sillar en arco y, sobre el mismo, una hornacina con la imagen de San Millán, hecha en escayola de Fuentes de Jiloca (Zaragoza).

El interior constituye una sorpresa para el visitante por su hermoso patio central con dos cuerpos de columnas que le dan un aire de claustro monacal. Tiene graciosas yeserías como ornato decorativo. En sus cuatro ángulos hay relieves alegóricos y entre ellos destaca el que representa a San Millán cuando era pastor, apacentando un rebaño de ovejas y un perro a sus pies. Al lado existe una leyenda en letra gótica que no se puede descifrar. Las columnas del piso bajo son de piedra y de estilo toscano, las del piso superior están revestidas de yeso en zig-zag, estriadas o en rombos. Los arcos, rebajados. Toda la vida de la casa se vuelca al interior, a cuyo patio dan las entradas de todas las habitaciones.

La Casa servía de hospital, refugio de transeúntes pobres y, sobre todo, albergue de peregrinos que acudían a venerar las reliquias de uno de los santos más famosos de la España medieval: San Millán. Los obispos de las diócesis cercanas hicieron colectas (“allega”) en su territorio, en favor de la Casa de San Millán desde 1521 y durante los siglos siguientes.

Su función como hospital de beneficencia fue muy importante a lo largo de los siglos y se prolongó aún durante todo el siglo XIX y parte del XX. La desamortización arrebató y puso a la venta ganados, fincas y bienes inmuebles, pero respetó la propia existencia de la Casa para que siguiera cumpliendo su servicio de beneficencia y hospital.

La Casa siempre estuvo muy ligada a la parroquia y corría con el cincuenta por ciento de los gastos de mantenimiento de la iglesia y la mayoría de sus gastos extraordinarios. Llegó a poseer numerosas fincas en los términos de Berdejo y Torrelapaja. Para atender todo tenía contratadas a una serie de personas fijas: santeros, pastores, mozos de mulas, doncellas, criadas, … En el inventario, constan, algún año, hasta doce personas en nómina. Tenía también capellán propio.

La Casa de San Millán fue siempre la casa de todos. Como ya he apuntado en más de una ocasión, cuando fue decayendo su uso exclusivo como hospital y acogida de peregrinos, en el edifico iban teniendo cabida la mayoría de las actividades sociales, culturales, económicas, de ocio y entretenimiento de los vecinos del pueblo: allí estaba la escuela de niñas; la peluquería y barbería de hombres; tienda; cooperativa de alimentos; teleclub; consulta médica; lugar de reunión de niños y jóvenes, especialmente en los días crudos del invierno, para esparcirse y llenar su tiempo libre; fue espacio para fiestas y bailes durante la fiesta de San Millán; allí tenía lugar el esquileo de las ovejas del pueblo; allí exponían a la venta sus productos los vendedores ambulantes en los días intempestivos; vivían seis u ocho familias y tenía habitación reservada, de modo permanente, el Obispo de la Diócesis.

Por todo ello, podemos decir que la Casa de San Millán nos interesa a tod@s los torrelapajin@s y tod@s la llevamos muy adentro. Su conservación es preocupación general. El 6 de noviembre de 2001 la Diputación General de Aragón la declaró Bien de Interés Cultural por su valor artístico y su singularidad. Es el único edificio civil de la comarca de sus características.

El estado actual de la Casa de San Millán es bastante lamentable y, aunque en los últimos años la Diputación de Zaragoza ha aportado fondos para la consolidación de sus tejados, todavía queda mucho por hacer. Si bien el Ayuntamiento hace todo lo que puede, instamos a las instituciones públicas de nuestra región y nuestro país para que este edificio no caiga en el olvido y, sobre todo, no se caiga ante nuestros ojos ni los ojos de los que vienen detrás nuestro.

No quiero terminar sin agradecer públicamente a mi tío Pablo su impagable esfuerzo y trabajo de años de investigación en los libros de la Casa y la parroquia para que no se pierda nuestra historia y darla a conocer. Todos los datos que aparecen en este artículo referentes a la historia y arte de la Casa de San Millán han sido aportados por él.

Pido perdón por haberme extendido más de lo debido. Cuando me siento ante la página en blanco con el cursor parpadeante tengo una idea a desarrollar, pero después me puede la emoción y me pierdo en recuerdos y aspectos secundarios que no puedo evitar plasmar en este blog que, gracias a los comentarios que recibo de paisanos, amigos, incluso desconocidos, es cada vez más de tod@s vosotr@s. Espero que estas líneas os hayan resultado interesantes y a quienes no habíais oído nunca hablar de la Casa de San Millán de Torrelapaja (algo harto difícil si seguís mi blog) me gustaría, por lo menos, haberos ilustrado un poco para que os hagáis una idea de cómo es, lo que representa para Torrelapaja y cuál ha sido su historia. Ojalá en un futuro no muy lejano podamos tod@s volver a visitarla y contemplar restauradas las maravillas que encierra dentro.

Si te ha gustado el post y piensas que, tal vez, alguno de nuestros políticos puede hacer algo por evitar la ruina total de la Casa de San Millán de Torrelapaja, por favor, comparte en tus redes sociales a ver si conseguimos que nuestro clamor llegue hasta ellos. Un abrazo.

Carlos Rubio Sancho

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Invierno, ¿cómo era la vida cuando realmente hacía frío?

En el momento de escribir estas líneas nieva afuera. Son copos grandes, sin agua. Da gusto ver caer la nieve de forma tranquila y serena, sin viento y con tal consistencia que varios centímetros de un blanco manto cubren parques, jardines, árboles, coches y aceras. Desde la ventana, no tan lejos, no se divisa el horizonte. Es como si las plumas de un nórdico cayeran sin prisa, pero sin pausa. “Nieva de bondad” que dirían en mi pueblo. Torrelapaja, ¡allí sí que antaño nevaba bien y eran duros los inviernos!

Calles nevadas

No hace tantos años, cuando yo era todavía un crio, recuerdo perfectamente cuando mi padre abría con la pala sendas en la nieve para poder salir de casa. Campos blancos, cual impresionante postal de navidad y frío, mucho frío. Unos años antes, cuando nació mi hermana Mayte, cayó una nevada impresionante. Me contó mi tía Nati cómo, al poco de salir el tren de la estación de Torrelapaja, ya nevaba de manera copiosa y no paró en todo el trayecto hasta Calatayud. Allí fue a buscarla mi tío Pablo con su 600. En Calatayud también había nevado lo suyo. Un par de días después, mientras mi madre se quedaba allí con mi hermana, regresaron al pueblo mi tía, mi padre y mis dos hermanos mayores. Avisaron para que el señor cura, Don José Antonio, que también tenía ya coche, un 2CV, fuera a recogerles a la estación. Resultó que era fiesta en Berdejo, la Reliquia de San Millán, que se celebraba el tercer lunes de enero y cuando llegaron a la estación no estaba ni el cura ni el coche. Estaba mi tío Martín con el carro que usaban mis padres para llevar los cántaros de agua desde la fuente a casa. Con una manta de los pastores en el suelo del carro y unos mantones para tapar a mis hermanos, que eran pequeños, llegaron a casa calados hasta las rodillas, a consecuencia de la nieve acumulada en la carretera.

Remontándonos todavía más, hasta mitad del siglo pasado, los recuerdos provienen de mis padres. Los meses más duros eran diciembre y enero. Por aquel tiempo empezaba a nevar para Santa Bárbara (4 de diciembre) y lo hacía hasta el mes de febrero inclusive, aunque había años que en dicho mes también hacía mucho sol. En enero nevaba mucho, pero los peores orajes eran los de Navidad, cuando el tiempo es más corto y duraban más las tormentas de viento y nieve. La calle “El Horno” quedaba intransitable, puesto que con el calor el deshilo del tejado creaba unos “chuzos” (carámbanos) impresionantes en los aleros y un pavimento deslizante. A ello había que añadir que a dicha calle no le da el sol en todo el día y que no se echaba sal en las calles.

Según los anuarios, el invierno de 1956 fue el más frío de toda la historia meteorológica española registrada. El día 2 de febrero de ese año había un palmo de nieve y mi padre tenía que ir con el tió Sebastián, el pastor, al corral a echar de comer al ganado como cada mañana. El corral estaba lejos del núcleo urbano. El tió Sebastián fue a buscar a mi padre a casa, pero como todavía no estaba preparado se adelantó un poco. Llegó hasta la esquina del pueblo y arredrado por el frío viento se volvió a su casa, pero no entró a avisar a mi padre que, llegando al molino, cegado por la “cillisca” (ventisca), no sabía qué hacer, si continuar hacia delante o volverse. Finalmente, llegó como pudo al corral de la Umbría, pensando que el tió Sebastián ya estaba allí. Ese año nevó mucho y estuvo todo el mes de febrero helando.

Pero ¿cómo transcurrían los duros días de invierno en el mundo rural?

En noviembre se comenzaba a recoger la remolacha, tarea que les tenía entretenidos varios meses. Siempre había alguna “faena” (tarea) que hacer, como por ejemplo hacer leña, hacer “costillas” (palos que se ponían en las colleras de los yugos de los machos), hacer mangos para las azadas o trabajar en los “ciemos” (revolver los “cemarales” que había fuera de los corrales para que se moliera la paja que se echaba). Otros días iban a arreglar las acequias o a hacer hogueras en el porche de la fragua para calentarse. Los días que no se podía salir de casa los hombres tomaban el sol por las mañanas en la “Replaceta” o en las puertas del tió Pedro, el molinero, y el tió Hermenegildo y por las tardes iban al café. Por las noches cada uno se estaba en su casa, salvo quienes al carecer de compañía en casa pasaban a la de algún familiar para hacer más amena la velada. Los mozos, por la tarde, en el rellano de casa de San Millán iluminado por una bombilla, jugaban a las chapas.

Quienes tenían ganado salían de casa en torno a las 9hs para darle de comer. Echaban paja, esparceta y pienso a las ovejas y como no podían salir con ellas por la nieve se volvían a casa. Después de comer las bajaban al río para que bebieran agua y les daban de comer otra vez. Las caballerías no salían de casa y había que ir a la fuente “El Caño” para llevarles el agua a casa. Lo mismo para las mulas, vacas y resto de animales.

Las mujeres tenían que ir a lavar al lavadero grande, aunque hiciera frío, con abrigo, guantes y pañuelo en la cabeza. En casi todas las familias iban por lo menos de dos en dos. Las casas estaban peor acondicionadas que ahora. No tenían calefacción y la única forma de calentarse era entorno al hogar o sentados a la mesa con un brasero de lumbre en la tarde-noche cuando se juntaban las familias a charlar y compartir los momentos del día. El frío entraba por puertas y ventanas. Las camas se calentaban con un calentador lleno de brasas, que se pasaba por las sábanas, y abundantes mantas. El calor humano también ayudaba, ya que normalmente era preciso compartir cama.

En diciembre y enero se mataban los tocinos. Se hacían siempre dos matanzas, la primera para Santa Bárbara o Santa Lucía (13 de diciembre) y la segunda para Nochevieja/Año Nuevo. Quien mataba para San Antón (17 de enero) ya lo hacía con algo de retraso. Estas ocasiones eran momento de fiesta y reunión para las familias.

Para Santa Bárbara y Santa Lucía se hacía una hoguera en cada barrio (5 o 6) después de cenar. La de Santa Bárbara se alimentaba con aliagas y la de Santa Lucía con sabinas. Al terminar, había baile hasta las 12 de la noche. Para San Antón la hoguera era de leña y se quemaba en el camino de la fragua. Se cenaba sobre las 8 de la tarde puesto que ya era de noche.

Sigue nevando afuera, pero los testimonios y anécdotas de mis familiares más cercanos me transportan a otros tiempos y otro lugar, proporcionándome un reconfortante calor que es avivado por el cariño y la nostalgia. Pensando en todo ello, me siento dichoso y feliz. Primero por haber conocido una realidad que mucha gente desconoce y segundo porque, si aquellos antepasados a los que les tocó una vida mucho más dura fueron tan felices, ¿cómo no lo vamos a ser nosotros con las comodidades que tenemos en el siglo XXI?

Gracias, una vez más, por hacerme llegar vuestros comentarios y experiencias al leer, junto a nuestros mayores, cómo era la vida no hace tantos años. Si quieres aportar más datos y anécdotas relacionadas con este post, es muy fácil, escribe tu comentario más abajo y estaré encantado de publicarlo. Un fuerte abrazo.

Carlos Rubio Sancho

Vivir en un palacio renacentista, una experiencia inolvidable

En la mayoría de los artículos que he escrito hasta ahora en este blog se menciona, por una circunstancia u otra, la Casa de San Millán. Ello demuestra la importancia de este gran edificio para un pequeño pueblo aragonés, lindante con la provincia de Soria, Torrelapaja. Se encuentra situada en el centro del pueblo y su tamaño, majestuosidad y belleza interior hacen de este palacio renacentista una preciada joya del patrimonio histórico y cultural español.

Son muchos y diversos los usos y servicios que se le han dado a esta Casa a lo largo de sus más de cuatrocientos setenta años de vida. De su historia y el patrimonio artístico que alberga ya hablaremos en capítulos posteriores. Hoy quiero detenerme en lo que ha sido su vida y transcurrir diario a lo largo del tiempo.

Palacio Renacentista (Torrelapaja-Zaragoza)

Corredores Casa de San Millán

Hasta no hace muchos años fue un edificio vivo, con familias que tejían su historia en el interior de sus muros, con gente que entraba y salía continuamente. Si nos detuviéramos un momento en el silencio y soledad de sus corredores podríamos oír los gritos de tantos niños y niñas que a lo largo de los siglos hemos jugado allí. Podríamos sentir al tío Félix salir apresuradamente en la oscuridad de la noche a atender a alguna parturienta que trae a su hijo al mundo. Podríamos bailar al son de la música el día de San Millán. Podríamos emocionarnos con el recitar de las lecciones de las niñas del pueblo, que en este edificio aprendieron a leer, escribir, matemáticas, geografía, historia, coser, bordar y otra infinidad de cosas, gracias a la innegable labor de Doña Luisa y otras maestras. Podríamos escuchar a la señora Nati pedirle aceite a la tía Felisa porque pensaba que ha traído más botellas de Zaragoza y se le ha acabado. Todas estas cosas y muchas más son las que hoy quiero compartir con todos vosotros a través de la memoria y los recuerdos de Pilar Jimeno, que nació en la Casa de San Millán y ha vivido en ella, muy feliz, muchos acontecimientos importantes en su vida.

En la Casa de San Millán vivían normalmente 6 familias. Es una casa en la que, por su composición hay diferentes tipos de viviendas: alguna muy pequeña, en la parte alta con sólo una habitación con tragaluz y chimenea, otras con varias habitaciones separadas (dormitorios, cocina, despensa, …) repartidas en torno al corredor principal y alguna otra, aunque pequeña, con todas las dependencias juntas. Me ha contado Pilarín entretenidas anécdotas de los muchos habitantes que han pasado por la Casa, como que con 6 o 7 años ella subía a fregar los cacharros de la tiá Catalina, rascando los “morros” de los pucheros con cucharas de hierro oxidadas. O cuando los 3 o 4 niños de la tiá Leoncia, que vivía en la entreplanta del primer y segundo piso y tenía el dormitorio en los corredores, salían corriendo desnudos, pisando la nieve en las duras mañanas del frío invierno.

La gente iba y volvía, según las circunstancias y las necesidades del momento, como la tiá Marcela, que estuvo viviendo unos años en una casa propiedad del tió Pedro, el ciriano. Llevaban sus tierras y como en Casa de San Millán resultaba muy trabajoso subir las cosechas y demás enseres hasta el desván se cambiaron. También Carmen Modrego y su familia vivieron durante un tiempo en Las Casillas hasta que sus hijos se marcharon a trabajar fuera y regresó a su hogar de siempre. Los distintos habitáculos cambiaban de moradores y también de uso, como las antiguas escuelas de las niñas, que en los años 70 estaban desocupadas y comenzaban a deteriorarse y con unas pequeñas reformas se convirtieron en la residencia de verano de la familia Xifré; o una habitación que había en ese mismo rincón, que fue durante unos pocos años bar y en los 80 pasó a ser la consulta del médico local. En los bajos de la casa estaba también la tienda de Venancio Oliveros, con puerta al público desde la calle y la propia Casa. Era una tienda de ultramarinos con un característico olor a vino y en la que se podían encontrar sardinas rancias (“Guardia Civiles”) dispuestas en las típicas ruedas de madera, legumbres, vino, lejía, jabón, cremalleras, hilos, botones, … vamos, de todo.

Por la tarde las vecinas salían a coser y charlar a los corredores. Se ponían medio al sol, medio a la sombra. Era una casa que facilitaba la comunicación y el contacto con los vecinos y entre ellos reinaba la paz y la armonía. Junto con el resto del pueblo formaban una gran familia en la que todos se preocupaban de todos, como en cierta ocasión en la que Carmen mandó salir a unas gitanas que se disponían a entrar en la despensa de la tía Felisa. Ella estaba en su cocina y no se había percatado de nada. En una casa tan grande había mucho que limpiar y lo hacían muy a gusto entre todas, pero comenzaron a faltar vecinas y quedó todo para Pilarín y su madre. Cuando se fundían las bombillas de la escalera, el patio y los pasillos, la tía Felisa estaba al tanto para cambiarlas por otras nuevas.

Todos los ganados del pueblo esquilaron las ovejas durante muchos años en los bajos de este edificio. Los rebaños se metían en la cuadra de la familia Jimeno y los esquiladores hacían su trabajo en la planta baja, entre la luna y los porches, pero llegó un momento en que las condiciones de salubridad hicieron que fuera imposible continuar llevando a cabo esa tarea allí. El calor del mes de junio era sofocante. Se llenaba todo de pulgas y otros bichos procedentes de los animales. Era preciso trasladar tocinos y gallinas de la propia Casa a otros corrales, con la consiguiente desadaptación de los mismos. Suponía también una molestia para los inquilinos, puesto que era mucho el ruido, polvo y suciedad que se producía, además de generar un trabajo extra de limpieza. Al terminar, el tío Félix debía realizar una limpieza exhaustiva de la cuadra y con la ayuda de su mujer, sacaban cestas llenas de los excrementos que las ovejas dejaban. Al surgir nuevas regulaciones sanitarias, un médico de Bijuesca amenazó con denunciar a Sanidad si se continuaba ejerciendo la actividad de esquilo en aquel lugar y con la aprobación del tió Pedrín, encargado de la Casa, se decidió suspenderlo en lo sucesivo. A partir de entonces cada pastor esquiló en su corral.

Es tanta la gente que ha vivido y trabajado en este edificio que resultaría imposible nombrar en unas cuantas líneas a todos. No me gustaría que ninguno de ellos o sus familiares pudiese sentirse molesto si no han visto reflejado su nombre en este artículo. De forma general, quisiera mostrar mi reconocimiento y gratitud a todas aquellas mujeres y hombres que, a lo largo de los siglos, contribuyeron a que la Casa de San Millán siguiera viva y continúe en pie a día de hoy. Y sin que nadie se ofenda tampoco, quiero hacer una mención especial a Felisa García, por ser la persona que más años ha vivido en ella, desde que se casó con 25 hasta los 85, sin moverse de allí y después, durante dos o tres meses todos los veranos hasta los 99 años. Era perfectamente autónoma y murió a los 101 años, como San Millán. Recuerdo perfectamente, con nostalgia, cuando de niños jugábamos al escondite en los corredores y nos regañaba para que no chilláramos ni corriéramos.

Seguro que todos los que habéis vivido en Torrelapaja, aunque haya sido sólo durante una temporada, tenéis también muchas anécdotas y vivencias como las que aquí aparecen. Por favor, compartirlas con el resto de lectores con un comentario a continuación. Los que hayáis tenido la suerte de vivir en una casa comunal, como una corrala o similar no olvidéis aportar también vuestro granito de arena.

A todos los que me seguís, gracias de todo corazón por estar ahí.

¿Sabes lo que era una vicera, un maqui o una dula? Aquí te aclaro estos términos que ya no se usan

En un pueblo con gran importancia del sector primario las profesiones más comunes eran agricultores y ganaderos. De los primeros ya hablamos en el último post, así que hoy he decidido dedicar un capítulo especial a aquellas familias que, o bien dedicadas en exclusiva a cuidar y criar ganados, o bien compaginando esta labor con la del cultivo de la tierra, hicieron de un oficio duro y solitario su modo de vida.

Pastoreando

A mitad del siglo pasado existían en Torrelapaja unos 7 u 8 ganados de similar tamaño, en torno a 120-130 ovejas de parir, que cuando tenían a sus crías, también eran incorporadas al conjunto, por lo que resultaba un grupo de unas 200 cabezas. Todos eran rebaños de ovejas y borregos de raza Rasa Aragonesa. Estos animales se alimentaban principalmente, como también ocurre hoy en día, de las hierbas, arbustos y frutos silvestres del campo, aunque complementaban este suculento menú con piensos compuestos que aseguraban un mayor engorde.

Cada ganadero poseía 2 o 3 corrales en los que se cerraba a los ovinos por las noches. Se elegía aquel que quedase más cerca. En invierno el corral era siempre el mismo, ya que había que volver donde se encontraban los corderos de cría. Existían corrales de invierno en la solana y de verano en la umbría, para aprovechar, en la medida de lo posible, el calor o el fresco en cada caso.

Las ovejas se utilizaban sólo para criar corderos y éstos, o bien se escogía a los más grandes directamente desde el corral para su venta o se echaban al ganado. En el mes de septiembre se les apartaban de las madres y se hacía con ellos otro ganado para que se engordaran más. Se dejaba a las corderas para vida y los corderos eran destinados a la venta a carniceros de pueblos cercanos y más grandes, como Villarroya, Calatayud… Aquellos corderos que no se conseguía vender eran llevados a la Feria de Aranda, que tenía lugar el 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos. Aranda de Moncayo y Torrelapaja distan unos 22 kilómetros entre sí, algo menos, monte a través, cruzando por Malanquilla, trayecto que se realizaba siempre andando. Se tardaba medio día. En muchas ocasiones se salía a las 12 de la noche y se llegaba al ferial a las 7 u 8 de la madrugada, para aprovechar toda la mañana y volver después de comer. Las ovejas y borregas más viejas para los que no surgían compradores se llevaban a Gómara, donde había mercado los jueves.

La leche de oveja no se usaba para consumo humano, puesto que era una raza que no se ordeñaba. A mediados del mes de junio se realizaba el esquilo de todos los rebaños del pueblo. Se contrataban esquiladores de fuera, a los que además de pagar cada familia por el número de unidades que esquilaban, se les invitaba a desayunar, comer y cenar en casa. Era, aproximadamente, una semana de trabajo, teniendo en cuenta que cada día le tocaba a un ganado. La lana, recogida en sacos, se vendía y era una fuente adicional de ingresos. Esta tarea se llevaba a cabo en la parte de abajo de la Casa de San Millán, que en aquellos años se utilizaba para múltiples usos.

Mis dos abuelos tuvieron durante 11 años un ganado conjunto y en verano tenían contratado un pastor para poder ellos atender las faenas de la siega. En el mes de julio era normal quedarse a dormir con el ganado en el corral y soltarlo antes de hacerse de día. En el verano de 1946 mi padre iba de zagalillo para ayudar a su tío-abuelo Valentín, que tenía cataratas y no veía en cuanto anochecía. En cierta ocasión, estando con otros dos jóvenes del pueblo, de unos 18-20 años, cuidando los ganados en el corral de Las Cañadas, aparecieron en medio de la noche dos hombres que se sentaron con ellos. Les ofrecieron merienda, pero no quisieron cenar. Estuvieron conversando y sobre las 12 de la noche se marcharon los forasteros, momento en el cual mi padre, que era tan sólo un niño, al ver que algo les relucía en la cintura, comentó: “Tío, llevan navajas en la faja”. Los cuatro turrispalienses se volvieron al pueblo y al pasar por el corral del Coleto, vieron al padre de uno y otro paisano y se quedaron con ellos para comentarles el encuentro con aquellos hombres y con idea de pasar la noche todos juntos, pero finalmente regresaron cada uno a su casa. Los dos desconocidos pernoctaron en otro corral a la orilla del camino. Durante los primeros años de la posguerra española había mucha gente que huía de la Guardia Civil. Hasta 1948 se identificaba a la mayoría como miembros de la guerrilla de resistencia, los llamados maquis.

Las niñas, después de salir de la escuela, también ayudaban: iban a recoger las hojas de la remolacha a las piezas del Cuadro, Juan Herreros, Santa Juliana, los Regachos, al huerto de la Fuente Santa,… Traían grandes fajos en la cabeza para complementar el alimento de los corderos que estaban en el corral de casa. También ayudaban llevando un cántaro de agua en la cabeza y otro en la cadera desde la fuente del pueblo hasta el corral del monte.

En aquellos ganados no había cabras, como sí ocurre actualmente.  Cada vecino tenía 2 o 3 cabras, que proveían de leche al hogar y entre todos se contrataba un pastor. Este pastor recorría el pueblo por la mañana recogiendo las cabras que había en los corrales de las casas y hacía lo propio por las tardes para devolverlas a sus respectivos dueños. Por cada cabra cobraba un duro o dos. A esta pequeña cabrada en Torrelapaja se la denominaba la “vicera del pueblo”. Funcionó durante muchos años hasta que en los años 70 las cabras que quedaban iban acompañando los pocos ganados que existían por aquel entonces.

Es cierto que nunca hubo grandes vaquerías, como en otros lugares de la geografía española, pero sí que en las casas había vacas suizas que, como las cabras, completaban el grupo de animales del corral y la alimentación de los vecinos. Cuando desapareció la “dula” de las caballerías, que era el grupo de machos que se soltaban a pastar en el paraje denominado “El Prado” en las épocas en las que no tenían faenas labriegas, se llevaron allí a las vacas, con un pastor como en el caso de la vicera.

A día de hoy todavía queda en el pueblo un ganado de unas 700 ovejas y cabras, pero pastoreado por un vecino de Clarés de Ribota, que realiza trashumancia trasterminante, al estar parte del año en Torrelapaja y parte del año en Clarés. Los dos últimos ganados propios de gente del “Lugar” pertenecieron a Jesús Llorente y Marcos Gómez, que continuaron la tradición familiar de sus antepasados Feliciano Llorente y Silvano Sancho.

Tió Silvano

Vaya desde aquí mi gratitud a tod@s los pastores que dedicaron su vida al cuidado animal, soportando soledad e inclemencias del tiempo, en una labor no siempre reconocida.

Si quieres hacer algún comentario sobre la vida de los rebaños, vacadas, manadas, viceras, dulas y conjunto de animales de otros pueblos o ampliar la información que aquí se recoge, ya sabes, deja una pequeña reseña en el apartado de comentarios. Si te gustan los temas que trato, hazte seguidor de mi blog y las nuevas publicaciones llegarán automáticamente a tu email.