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La Casa de San Millán de Torrelapaja pide auxilio para no “caer” en el abandono total

A punto de terminar el verano, vuelven, irremediablemente, a la cabeza, los recuerdos de los momentos compartidos con familiares y amigos en el pueblo: los besos y reencuentros al llegar; el primer paseo por las calles para ver los cambios que ha habido en nuestra ausencia; los madrugones para hacer algo de ejercicio; los paseos a pie y en bicicleta por los caminos arreglados o por la carretera de Berdejo; las excursiones al Picuezo, al Llano, al Arco, a las Hoyas y a otros muchos lugares; los baños en Los Chorros de Bijuesca; los partidos de frontón; las partidas de guiñote en el bar; las cenas y los pinchos del vermut de Fonso y Eva; los cafés de sobremesa; la cerveza antes de cenar; la copita de la noche en el Rejolao; las conversaciones en la mejor compañía a “la fresca”; las fiestas; … y, por último, la triste despedida en la que a tod@s se nos encoge el corazón.

Es difícil no acordarse de la Casa de San Millán, puesto que al estar en el centro del pueblo es imposible no pasar, una y otra vez, por delante de su puerta cerrada. Pero, este año tod@s la hemos tenido más presente, si cabe, por la charla tan instructiva que sobre la misma nos dio nuestro querido párroco, Pablo Rubio, y por la reaparición en nuestras calles de un personaje muy vinculado a ella, el Oso de Torrelapaja, cuya mano izquierda está clavada en el portón de este imponente edificio.

Rincón de San Millán

El Oso volvió al pueblo el 23 de agosto ante la expectación de niños, jóvenes, personas maduras y mayores. Nuestro Oso vive en los montes de alrededor del pueblo y, de cuando en cuando (hasta ahora cuando nadie le veía) baja al “lugar” donde antaño vivió, para asegurarse que todo está en orden y armonía. Vela por los habitantes de Torrelapaja, por nuestras costumbres, tradiciones y nuestra historia, encarnando a la perfección los valores de nuestros antepasados, cuyo espíritu pervive en él.

La mayoría de vosotr@s conocéis los datos y reseñas que vienen a continuación, pero siempre es agradable recordar los pequeños secretos de nuestra historia y, por qué no, a lo mejor conocer alguno nuevo.

La Casa de San Millán, aunque semiabandonada en la actualidad, es muy rica en historia. Su esplendor coincidió con los siglos XVI, XVII y XVIII, los siglos de la grandeza de España.

Fue construida en 1544 sustituyendo a otra anterior que cumplía la misma finalidad. Al exterior es un edificio de aspecto tosco, de mampostería en su fachada principal y de tapial las otras tres, dos de ellas reforzadas por pilares adosados, construidos posteriormente. Tiene portada de piedra sillar en arco y, sobre el mismo, una hornacina con la imagen de San Millán, hecha en escayola de Fuentes de Jiloca (Zaragoza).

El interior constituye una sorpresa para el visitante por su hermoso patio central con dos cuerpos de columnas que le dan un aire de claustro monacal. Tiene graciosas yeserías como ornato decorativo. En sus cuatro ángulos hay relieves alegóricos y entre ellos destaca el que representa a San Millán cuando era pastor, apacentando un rebaño de ovejas y un perro a sus pies. Al lado existe una leyenda en letra gótica que no se puede descifrar. Las columnas del piso bajo son de piedra y de estilo toscano, las del piso superior están revestidas de yeso en zig-zag, estriadas o en rombos. Los arcos, rebajados. Toda la vida de la casa se vuelca al interior, a cuyo patio dan las entradas de todas las habitaciones.

La Casa servía de hospital, refugio de transeúntes pobres y, sobre todo, albergue de peregrinos que acudían a venerar las reliquias de uno de los santos más famosos de la España medieval: San Millán. Los obispos de las diócesis cercanas hicieron colectas (“allega”) en su territorio, en favor de la Casa de San Millán desde 1521 y durante los siglos siguientes.

Su función como hospital de beneficencia fue muy importante a lo largo de los siglos y se prolongó aún durante todo el siglo XIX y parte del XX. La desamortización arrebató y puso a la venta ganados, fincas y bienes inmuebles, pero respetó la propia existencia de la Casa para que siguiera cumpliendo su servicio de beneficencia y hospital.

La Casa siempre estuvo muy ligada a la parroquia y corría con el cincuenta por ciento de los gastos de mantenimiento de la iglesia y la mayoría de sus gastos extraordinarios. Llegó a poseer numerosas fincas en los términos de Berdejo y Torrelapaja. Para atender todo tenía contratadas a una serie de personas fijas: santeros, pastores, mozos de mulas, doncellas, criadas, … En el inventario, constan, algún año, hasta doce personas en nómina. Tenía también capellán propio.

La Casa de San Millán fue siempre la casa de todos. Como ya he apuntado en más de una ocasión, cuando fue decayendo su uso exclusivo como hospital y acogida de peregrinos, en el edifico iban teniendo cabida la mayoría de las actividades sociales, culturales, económicas, de ocio y entretenimiento de los vecinos del pueblo: allí estaba la escuela de niñas; la peluquería y barbería de hombres; tienda; cooperativa de alimentos; teleclub; consulta médica; lugar de reunión de niños y jóvenes, especialmente en los días crudos del invierno, para esparcirse y llenar su tiempo libre; fue espacio para fiestas y bailes durante la fiesta de San Millán; allí tenía lugar el esquileo de las ovejas del pueblo; allí exponían a la venta sus productos los vendedores ambulantes en los días intempestivos; vivían seis u ocho familias y tenía habitación reservada, de modo permanente, el Obispo de la Diócesis.

Por todo ello, podemos decir que la Casa de San Millán nos interesa a tod@s los torrelapajin@s y tod@s la llevamos muy adentro. Su conservación es preocupación general. El 6 de noviembre de 2001 la Diputación General de Aragón la declaró Bien de Interés Cultural por su valor artístico y su singularidad. Es el único edificio civil de la comarca de sus características.

El estado actual de la Casa de San Millán es bastante lamentable y, aunque en los últimos años la Diputación de Zaragoza ha aportado fondos para la consolidación de sus tejados, todavía queda mucho por hacer. Si bien el Ayuntamiento hace todo lo que puede, instamos a las instituciones públicas de nuestra región y nuestro país para que este edificio no caiga en el olvido y, sobre todo, no se caiga ante nuestros ojos ni los ojos de los que vienen detrás nuestro.

No quiero terminar sin agradecer públicamente a mi tío Pablo su impagable esfuerzo y trabajo de años de investigación en los libros de la Casa y la parroquia para que no se pierda nuestra historia y darla a conocer. Todos los datos que aparecen en este artículo referentes a la historia y arte de la Casa de San Millán han sido aportados por él.

Pido perdón por haberme extendido más de lo debido. Cuando me siento ante la página en blanco con el cursor parpadeante tengo una idea a desarrollar, pero después me puede la emoción y me pierdo en recuerdos y aspectos secundarios que no puedo evitar plasmar en este blog que, gracias a los comentarios que recibo de paisanos, amigos, incluso desconocidos, es cada vez más de tod@s vosotr@s. Espero que estas líneas os hayan resultado interesantes y a quienes no habíais oído nunca hablar de la Casa de San Millán de Torrelapaja (algo harto difícil si seguís mi blog) me gustaría, por lo menos, haberos ilustrado un poco para que os hagáis una idea de cómo es, lo que representa para Torrelapaja y cuál ha sido su historia. Ojalá en un futuro no muy lejano podamos tod@s volver a visitarla y contemplar restauradas las maravillas que encierra dentro.

Si te ha gustado el post y piensas que, tal vez, alguno de nuestros políticos puede hacer algo por evitar la ruina total de la Casa de San Millán de Torrelapaja, por favor, comparte en tus redes sociales a ver si conseguimos que nuestro clamor llegue hasta ellos. Un abrazo.

Carlos Rubio Sancho

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Vivir en un palacio renacentista, una experiencia inolvidable

En la mayoría de los artículos que he escrito hasta ahora en este blog se menciona, por una circunstancia u otra, la Casa de San Millán. Ello demuestra la importancia de este gran edificio para un pequeño pueblo aragonés, lindante con la provincia de Soria, Torrelapaja. Se encuentra situada en el centro del pueblo y su tamaño, majestuosidad y belleza interior hacen de este palacio renacentista una preciada joya del patrimonio histórico y cultural español.

Son muchos y diversos los usos y servicios que se le han dado a esta Casa a lo largo de sus más de cuatrocientos setenta años de vida. De su historia y el patrimonio artístico que alberga ya hablaremos en capítulos posteriores. Hoy quiero detenerme en lo que ha sido su vida y transcurrir diario a lo largo del tiempo.

Palacio Renacentista (Torrelapaja-Zaragoza)

Corredores Casa de San Millán

Hasta no hace muchos años fue un edificio vivo, con familias que tejían su historia en el interior de sus muros, con gente que entraba y salía continuamente. Si nos detuviéramos un momento en el silencio y soledad de sus corredores podríamos oír los gritos de tantos niños y niñas que a lo largo de los siglos hemos jugado allí. Podríamos sentir al tío Félix salir apresuradamente en la oscuridad de la noche a atender a alguna parturienta que trae a su hijo al mundo. Podríamos bailar al son de la música el día de San Millán. Podríamos emocionarnos con el recitar de las lecciones de las niñas del pueblo, que en este edificio aprendieron a leer, escribir, matemáticas, geografía, historia, coser, bordar y otra infinidad de cosas, gracias a la innegable labor de Doña Luisa y otras maestras. Podríamos escuchar a la señora Nati pedirle aceite a la tía Felisa porque pensaba que ha traído más botellas de Zaragoza y se le ha acabado. Todas estas cosas y muchas más son las que hoy quiero compartir con todos vosotros a través de la memoria y los recuerdos de Pilar Jimeno, que nació en la Casa de San Millán y ha vivido en ella, muy feliz, muchos acontecimientos importantes en su vida.

En la Casa de San Millán vivían normalmente 6 familias. Es una casa en la que, por su composición hay diferentes tipos de viviendas: alguna muy pequeña, en la parte alta con sólo una habitación con tragaluz y chimenea, otras con varias habitaciones separadas (dormitorios, cocina, despensa, …) repartidas en torno al corredor principal y alguna otra, aunque pequeña, con todas las dependencias juntas. Me ha contado Pilarín entretenidas anécdotas de los muchos habitantes que han pasado por la Casa, como que con 6 o 7 años ella subía a fregar los cacharros de la tiá Catalina, rascando los “morros” de los pucheros con cucharas de hierro oxidadas. O cuando los 3 o 4 niños de la tiá Leoncia, que vivía en la entreplanta del primer y segundo piso y tenía el dormitorio en los corredores, salían corriendo desnudos, pisando la nieve en las duras mañanas del frío invierno.

La gente iba y volvía, según las circunstancias y las necesidades del momento, como la tiá Marcela, que estuvo viviendo unos años en una casa propiedad del tió Pedro, el ciriano. Llevaban sus tierras y como en Casa de San Millán resultaba muy trabajoso subir las cosechas y demás enseres hasta el desván se cambiaron. También Carmen Modrego y su familia vivieron durante un tiempo en Las Casillas hasta que sus hijos se marcharon a trabajar fuera y regresó a su hogar de siempre. Los distintos habitáculos cambiaban de moradores y también de uso, como las antiguas escuelas de las niñas, que en los años 70 estaban desocupadas y comenzaban a deteriorarse y con unas pequeñas reformas se convirtieron en la residencia de verano de la familia Xifré; o una habitación que había en ese mismo rincón, que fue durante unos pocos años bar y en los 80 pasó a ser la consulta del médico local. En los bajos de la casa estaba también la tienda de Venancio Oliveros, con puerta al público desde la calle y la propia Casa. Era una tienda de ultramarinos con un característico olor a vino y en la que se podían encontrar sardinas rancias (“Guardia Civiles”) dispuestas en las típicas ruedas de madera, legumbres, vino, lejía, jabón, cremalleras, hilos, botones, … vamos, de todo.

Por la tarde las vecinas salían a coser y charlar a los corredores. Se ponían medio al sol, medio a la sombra. Era una casa que facilitaba la comunicación y el contacto con los vecinos y entre ellos reinaba la paz y la armonía. Junto con el resto del pueblo formaban una gran familia en la que todos se preocupaban de todos, como en cierta ocasión en la que Carmen mandó salir a unas gitanas que se disponían a entrar en la despensa de la tía Felisa. Ella estaba en su cocina y no se había percatado de nada. En una casa tan grande había mucho que limpiar y lo hacían muy a gusto entre todas, pero comenzaron a faltar vecinas y quedó todo para Pilarín y su madre. Cuando se fundían las bombillas de la escalera, el patio y los pasillos, la tía Felisa estaba al tanto para cambiarlas por otras nuevas.

Todos los ganados del pueblo esquilaron las ovejas durante muchos años en los bajos de este edificio. Los rebaños se metían en la cuadra de la familia Jimeno y los esquiladores hacían su trabajo en la planta baja, entre la luna y los porches, pero llegó un momento en que las condiciones de salubridad hicieron que fuera imposible continuar llevando a cabo esa tarea allí. El calor del mes de junio era sofocante. Se llenaba todo de pulgas y otros bichos procedentes de los animales. Era preciso trasladar tocinos y gallinas de la propia Casa a otros corrales, con la consiguiente desadaptación de los mismos. Suponía también una molestia para los inquilinos, puesto que era mucho el ruido, polvo y suciedad que se producía, además de generar un trabajo extra de limpieza. Al terminar, el tío Félix debía realizar una limpieza exhaustiva de la cuadra y con la ayuda de su mujer, sacaban cestas llenas de los excrementos que las ovejas dejaban. Al surgir nuevas regulaciones sanitarias, un médico de Bijuesca amenazó con denunciar a Sanidad si se continuaba ejerciendo la actividad de esquilo en aquel lugar y con la aprobación del tió Pedrín, encargado de la Casa, se decidió suspenderlo en lo sucesivo. A partir de entonces cada pastor esquiló en su corral.

Es tanta la gente que ha vivido y trabajado en este edificio que resultaría imposible nombrar en unas cuantas líneas a todos. No me gustaría que ninguno de ellos o sus familiares pudiese sentirse molesto si no han visto reflejado su nombre en este artículo. De forma general, quisiera mostrar mi reconocimiento y gratitud a todas aquellas mujeres y hombres que, a lo largo de los siglos, contribuyeron a que la Casa de San Millán siguiera viva y continúe en pie a día de hoy. Y sin que nadie se ofenda tampoco, quiero hacer una mención especial a Felisa García, por ser la persona que más años ha vivido en ella, desde que se casó con 25 hasta los 85, sin moverse de allí y después, durante dos o tres meses todos los veranos hasta los 99 años. Era perfectamente autónoma y murió a los 101 años, como San Millán. Recuerdo perfectamente, con nostalgia, cuando de niños jugábamos al escondite en los corredores y nos regañaba para que no chilláramos ni corriéramos.

Seguro que todos los que habéis vivido en Torrelapaja, aunque haya sido sólo durante una temporada, tenéis también muchas anécdotas y vivencias como las que aquí aparecen. Por favor, compartirlas con el resto de lectores con un comentario a continuación. Los que hayáis tenido la suerte de vivir en una casa comunal, como una corrala o similar no olvidéis aportar también vuestro granito de arena.

A todos los que me seguís, gracias de todo corazón por estar ahí.