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Peñalcázar: la imagen cruel de la despoblación rural

Cuando comencé este blog, hace algo más de año y medio, comentaba en mi primer post que quería que fuera una recopilación de tradiciones, costumbres, vocablos, vestimentas e historias de los pueblos de España. Un lugar abierto en el que los lectores participasen con sus aportaciones, completando, corrigiendo y ampliando la información suministrada. Debía empezar por algún punto y qué mejor que hacerlo por lo que más conozco y tengo más gente cerca que me puede informar, mi pueblo, Torrelapaja. En todo este tiempo, tanto en el espacio destinado a comentarios del blog como personalmente, whatsapp y redes sociales he recibido valiosísimas e interesantes explicaciones de convecinos que vivieron los hechos mencionados tanto de mi localidad como de otros pueblos de España con un gran pasado, historia y valor cultural. Quiero agradecer a todos ell@s sus útiles ilustraciones de lo que fueron tiempos pasados y gentes que nos resistimos a que caigan en el olvido.

Perdonad esta breve introducción, pero me parecía necesaria para explicar por qué hoy Torrelapaja no va a ser protagonista, por qué hoy quiero ir más allá y, personalizado en un extinto pueblo de la provincia de Soria, Peñalcázar, pretendo hablar y, por qué no, interpelar a la conciencia de quienes tienen potestad para hacer algo, de un tema del que oigo hablar mucho últimamente y que me preocupa enormemente: la despoblación rural.

Cada 31 de diciembre un grupo de aguerridos hombres y chavales de Torrelapaja y Berdejo, desafiando al frío y el viento, subimos todos los años a Penalcázar, “la Peña” como se le conoce popularmente. Se trata de un municipio, ya despoblado, en el que todavía observamos vestigios de su magnífica historia. Fue enclave celtíbero, romano, árabe e importante frente fronterizo en las guerras entre los reyes castellanos y aragoneses en los siglos XIV y XV, así como escenario en la Guerra de Secesión en el siglo XVIII y la Guerra de la Independencia en el XIX.

El núcleo urbano se encuentra en la cima de una gran muela, una meseta de roca caliza elevada a 1200 m de altitud. Su ubicación hace que el acceso deba realizarse a pie por un camino que discurre sobre una antigua calzada romana a penas perceptible. Si bien sus escarpados cortados de 100 m de altura constituyen en sí mismos una extraordinaria muralla natural, en el extremo oeste todavía quedan restos de la muralla que constituyó el alcázar que le da nombre. También es posible distinguir una de las puertas de acceso y un aljibe o nevera con bóveda de cañón.

Del caserío, en estado de ruinas, destaca la Iglesia de San Miguel, cada vez más deteriorada, pero de la que todavía se conserva la torre y una pequeña parte del techo con nervaduras góticas. También quedan restos de una ermita del siglo XVIII.

Las vistas de los alrededores son espectaculares desde allí y si el día está claro se descubren montañas muy lejanas. Desde el privilegio que da la altura tratamos de identificar parajes, pueblos y montes, aunque no es posible quedarse observando durante mucho tiempo puesto que el frío viento nos hace partícipes enseguida de los rigores del invierno.

De nuevo en Torrelapaja, y cobijados en la calidez del hogar, mis padres recuerdan cómo era la vida allí cuando todavía estaba habitado. La gran llanura que forma la meseta estaba ocupada por eras y las fincas estaban en la parte de abajo. Sus habitantes vivían de la agricultura y la ganadería. Llegó a haber luz, pero no agua corriente, por lo que diariamente debían bajar hasta la fuente a lavar y a por agua, ayudados por las “aguaderas” (cántaros) que llevaban las caballerías. El agua era necesaria tanto para el aseo y consumo humano, como para el de los animales, cuyos corrales estaban adosados a las casas en la parte superior.

En cierta ocasión mi padre y mi tío Martín fueron a casa de la tiá Adela a “la Peña” a por trigo. La tiá Adela era una mujer mayor, viuda, cuyos hijos cultivaban la tierra. A nuestro pueblo también emigró gente de esta localidad soriana, como Benita Portero que era de allí. El último habitante, que antes de su partida ocupaba los cargos de alcalde, juez de paz, alguacil y concejal de la Hermandad de Agricultores y Ganaderos, se marchó en 1978. El término municipal quedó dividido entonces en dos, la parte norte pasó a formar parte de La Quiñonería y la parte sur de Almazul.

La masiva emigración del campo a las ciudades, producida en los 60, en busca de nuevas oportunidades laborales y mayores comodidades hicieron que la población de muchos pueblos españoles quedase diezmada. Con el envejecimiento progresivo de estos núcleos urbanos hemos llegado a una situación en la que, según el estudio “Población y despoblación en España 2016”, la mitad de los municipios españoles se encuentra ya en riesgo de extinción. El panorama empeora progresivamente y el desierto demográfico avanza mes a mes. La Federación Española de Municipios y Provincias presentó el año pasado en el “Congreso de la Esperanza” un informe sobre la situación actual y un conjunto de 79 medidas que sería necesario tomar a nivel estatal para frenar el abandono rural, ya que la despoblación se ha convertido en un problema de estado.

Quienes conocemos de cerca el problema, sabemos que, llegados al punto actual, muchos pueblos desaparecerán irremediablemente o quedarán como segundas residencias de fines de semana y veraneo (esperemos que sea predominante la segunda opción y haya pocos casos como Peñalcázar y otras localidades abandonadas). Sabemos que el dinero se invierte y los servicios se crean normalmente en función de rentabilidades. Sabemos que el agrupamiento social cambia siglo a siglo y es inútil añorar lo que ya fue, pero también sentimos que, si la sociedad por fin se ha dado cuenta de que se trata de un problema de todos y que es urgente pasar a la acción, es el momento de que los habitantes de pueblos y ciudades tengan las mismas oportunidades. Hay formas de seguir manteniendo nuestro patrimonio rural y el legado de nuestros antepasados, hay que ser capaces de reinventar el mundo rural y hay lugar para la esperanza.

Como siempre, gracias por llegar hasta el final. Gracias por compartir parte de vuestro preciado tiempo conmigo y gracias por ayudarme a poner en valor la vida de gente sencilla que hizo historia siendo feliz con lo que le tocó vivir. Un fuerte abrazo para tod@s.

Carlos Rubio Sancho

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Invierno, ¿cómo era la vida cuando realmente hacía frío?

En el momento de escribir estas líneas nieva afuera. Son copos grandes, sin agua. Da gusto ver caer la nieve de forma tranquila y serena, sin viento y con tal consistencia que varios centímetros de un blanco manto cubren parques, jardines, árboles, coches y aceras. Desde la ventana, no tan lejos, no se divisa el horizonte. Es como si las plumas de un nórdico cayeran sin prisa, pero sin pausa. “Nieva de bondad” que dirían en mi pueblo. Torrelapaja, ¡allí sí que antaño nevaba bien y eran duros los inviernos!

Calles nevadas

No hace tantos años, cuando yo era todavía un crio, recuerdo perfectamente cuando mi padre abría con la pala sendas en la nieve para poder salir de casa. Campos blancos, cual impresionante postal de navidad y frío, mucho frío. Unos años antes, cuando nació mi hermana Mayte, cayó una nevada impresionante. Me contó mi tía Nati cómo, al poco de salir el tren de la estación de Torrelapaja, ya nevaba de manera copiosa y no paró en todo el trayecto hasta Calatayud. Allí fue a buscarla mi tío Pablo con su 600. En Calatayud también había nevado lo suyo. Un par de días después, mientras mi madre se quedaba allí con mi hermana, regresaron al pueblo mi tía, mi padre y mis dos hermanos mayores. Avisaron para que el señor cura, Don José Antonio, que también tenía ya coche, un 2CV, fuera a recogerles a la estación. Resultó que era fiesta en Berdejo, la Reliquia de San Millán, que se celebraba el tercer lunes de enero y cuando llegaron a la estación no estaba ni el cura ni el coche. Estaba mi tío Martín con el carro que usaban mis padres para llevar los cántaros de agua desde la fuente a casa. Con una manta de los pastores en el suelo del carro y unos mantones para tapar a mis hermanos, que eran pequeños, llegaron a casa calados hasta las rodillas, a consecuencia de la nieve acumulada en la carretera.

Remontándonos todavía más, hasta mitad del siglo pasado, los recuerdos provienen de mis padres. Los meses más duros eran diciembre y enero. Por aquel tiempo empezaba a nevar para Santa Bárbara (4 de diciembre) y lo hacía hasta el mes de febrero inclusive, aunque había años que en dicho mes también hacía mucho sol. En enero nevaba mucho, pero los peores orajes eran los de Navidad, cuando el tiempo es más corto y duraban más las tormentas de viento y nieve. La calle “El Horno” quedaba intransitable, puesto que con el calor el deshilo del tejado creaba unos “chuzos” (carámbanos) impresionantes en los aleros y un pavimento deslizante. A ello había que añadir que a dicha calle no le da el sol en todo el día y que no se echaba sal en las calles.

Según los anuarios, el invierno de 1956 fue el más frío de toda la historia meteorológica española registrada. El día 2 de febrero de ese año había un palmo de nieve y mi padre tenía que ir con el tió Sebastián, el pastor, al corral a echar de comer al ganado como cada mañana. El corral estaba lejos del núcleo urbano. El tió Sebastián fue a buscar a mi padre a casa, pero como todavía no estaba preparado se adelantó un poco. Llegó hasta la esquina del pueblo y arredrado por el frío viento se volvió a su casa, pero no entró a avisar a mi padre que, llegando al molino, cegado por la “cillisca” (ventisca), no sabía qué hacer, si continuar hacia delante o volverse. Finalmente, llegó como pudo al corral de la Umbría, pensando que el tió Sebastián ya estaba allí. Ese año nevó mucho y estuvo todo el mes de febrero helando.

Pero ¿cómo transcurrían los duros días de invierno en el mundo rural?

En noviembre se comenzaba a recoger la remolacha, tarea que les tenía entretenidos varios meses. Siempre había alguna “faena” (tarea) que hacer, como por ejemplo hacer leña, hacer “costillas” (palos que se ponían en las colleras de los yugos de los machos), hacer mangos para las azadas o trabajar en los “ciemos” (revolver los “cemarales” que había fuera de los corrales para que se moliera la paja que se echaba). Otros días iban a arreglar las acequias o a hacer hogueras en el porche de la fragua para calentarse. Los días que no se podía salir de casa los hombres tomaban el sol por las mañanas en la “Replaceta” o en las puertas del tió Pedro, el molinero, y el tió Hermenegildo y por las tardes iban al café. Por las noches cada uno se estaba en su casa, salvo quienes al carecer de compañía en casa pasaban a la de algún familiar para hacer más amena la velada. Los mozos, por la tarde, en el rellano de casa de San Millán iluminado por una bombilla, jugaban a las chapas.

Quienes tenían ganado salían de casa en torno a las 9hs para darle de comer. Echaban paja, esparceta y pienso a las ovejas y como no podían salir con ellas por la nieve se volvían a casa. Después de comer las bajaban al río para que bebieran agua y les daban de comer otra vez. Las caballerías no salían de casa y había que ir a la fuente “El Caño” para llevarles el agua a casa. Lo mismo para las mulas, vacas y resto de animales.

Las mujeres tenían que ir a lavar al lavadero grande, aunque hiciera frío, con abrigo, guantes y pañuelo en la cabeza. En casi todas las familias iban por lo menos de dos en dos. Las casas estaban peor acondicionadas que ahora. No tenían calefacción y la única forma de calentarse era entorno al hogar o sentados a la mesa con un brasero de lumbre en la tarde-noche cuando se juntaban las familias a charlar y compartir los momentos del día. El frío entraba por puertas y ventanas. Las camas se calentaban con un calentador lleno de brasas, que se pasaba por las sábanas, y abundantes mantas. El calor humano también ayudaba, ya que normalmente era preciso compartir cama.

En diciembre y enero se mataban los tocinos. Se hacían siempre dos matanzas, la primera para Santa Bárbara o Santa Lucía (13 de diciembre) y la segunda para Nochevieja/Año Nuevo. Quien mataba para San Antón (17 de enero) ya lo hacía con algo de retraso. Estas ocasiones eran momento de fiesta y reunión para las familias.

Para Santa Bárbara y Santa Lucía se hacía una hoguera en cada barrio (5 o 6) después de cenar. La de Santa Bárbara se alimentaba con aliagas y la de Santa Lucía con sabinas. Al terminar, había baile hasta las 12 de la noche. Para San Antón la hoguera era de leña y se quemaba en el camino de la fragua. Se cenaba sobre las 8 de la tarde puesto que ya era de noche.

Sigue nevando afuera, pero los testimonios y anécdotas de mis familiares más cercanos me transportan a otros tiempos y otro lugar, proporcionándome un reconfortante calor que es avivado por el cariño y la nostalgia. Pensando en todo ello, me siento dichoso y feliz. Primero por haber conocido una realidad que mucha gente desconoce y segundo porque, si aquellos antepasados a los que les tocó una vida mucho más dura fueron tan felices, ¿cómo no lo vamos a ser nosotros con las comodidades que tenemos en el siglo XXI?

Gracias, una vez más, por hacerme llegar vuestros comentarios y experiencias al leer, junto a nuestros mayores, cómo era la vida no hace tantos años. Si quieres aportar más datos y anécdotas relacionadas con este post, es muy fácil, escribe tu comentario más abajo y estaré encantado de publicarlo. Un fuerte abrazo.

Carlos Rubio Sancho

¿Sabes lo que era una vicera, un maqui o una dula? Aquí te aclaro estos términos que ya no se usan

En un pueblo con gran importancia del sector primario las profesiones más comunes eran agricultores y ganaderos. De los primeros ya hablamos en el último post, así que hoy he decidido dedicar un capítulo especial a aquellas familias que, o bien dedicadas en exclusiva a cuidar y criar ganados, o bien compaginando esta labor con la del cultivo de la tierra, hicieron de un oficio duro y solitario su modo de vida.

Pastoreando

A mitad del siglo pasado existían en Torrelapaja unos 7 u 8 ganados de similar tamaño, en torno a 120-130 ovejas de parir, que cuando tenían a sus crías, también eran incorporadas al conjunto, por lo que resultaba un grupo de unas 200 cabezas. Todos eran rebaños de ovejas y borregos de raza Rasa Aragonesa. Estos animales se alimentaban principalmente, como también ocurre hoy en día, de las hierbas, arbustos y frutos silvestres del campo, aunque complementaban este suculento menú con piensos compuestos que aseguraban un mayor engorde.

Cada ganadero poseía 2 o 3 corrales en los que se cerraba a los ovinos por las noches. Se elegía aquel que quedase más cerca. En invierno el corral era siempre el mismo, ya que había que volver donde se encontraban los corderos de cría. Existían corrales de invierno en la solana y de verano en la umbría, para aprovechar, en la medida de lo posible, el calor o el fresco en cada caso.

Las ovejas se utilizaban sólo para criar corderos y éstos, o bien se escogía a los más grandes directamente desde el corral para su venta o se echaban al ganado. En el mes de septiembre se les apartaban de las madres y se hacía con ellos otro ganado para que se engordaran más. Se dejaba a las corderas para vida y los corderos eran destinados a la venta a carniceros de pueblos cercanos y más grandes, como Villarroya, Calatayud… Aquellos corderos que no se conseguía vender eran llevados a la Feria de Aranda, que tenía lugar el 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos. Aranda de Moncayo y Torrelapaja distan unos 22 kilómetros entre sí, algo menos, monte a través, cruzando por Malanquilla, trayecto que se realizaba siempre andando. Se tardaba medio día. En muchas ocasiones se salía a las 12 de la noche y se llegaba al ferial a las 7 u 8 de la madrugada, para aprovechar toda la mañana y volver después de comer. Las ovejas y borregas más viejas para los que no surgían compradores se llevaban a Gómara, donde había mercado los jueves.

La leche de oveja no se usaba para consumo humano, puesto que era una raza que no se ordeñaba. A mediados del mes de junio se realizaba el esquilo de todos los rebaños del pueblo. Se contrataban esquiladores de fuera, a los que además de pagar cada familia por el número de unidades que esquilaban, se les invitaba a desayunar, comer y cenar en casa. Era, aproximadamente, una semana de trabajo, teniendo en cuenta que cada día le tocaba a un ganado. La lana, recogida en sacos, se vendía y era una fuente adicional de ingresos. Esta tarea se llevaba a cabo en la parte de abajo de la Casa de San Millán, que en aquellos años se utilizaba para múltiples usos.

Mis dos abuelos tuvieron durante 11 años un ganado conjunto y en verano tenían contratado un pastor para poder ellos atender las faenas de la siega. En el mes de julio era normal quedarse a dormir con el ganado en el corral y soltarlo antes de hacerse de día. En el verano de 1946 mi padre iba de zagalillo para ayudar a su tío-abuelo Valentín, que tenía cataratas y no veía en cuanto anochecía. En cierta ocasión, estando con otros dos jóvenes del pueblo, de unos 18-20 años, cuidando los ganados en el corral de Las Cañadas, aparecieron en medio de la noche dos hombres que se sentaron con ellos. Les ofrecieron merienda, pero no quisieron cenar. Estuvieron conversando y sobre las 12 de la noche se marcharon los forasteros, momento en el cual mi padre, que era tan sólo un niño, al ver que algo les relucía en la cintura, comentó: “Tío, llevan navajas en la faja”. Los cuatro turrispalienses se volvieron al pueblo y al pasar por el corral del Coleto, vieron al padre de uno y otro paisano y se quedaron con ellos para comentarles el encuentro con aquellos hombres y con idea de pasar la noche todos juntos, pero finalmente regresaron cada uno a su casa. Los dos desconocidos pernoctaron en otro corral a la orilla del camino. Durante los primeros años de la posguerra española había mucha gente que huía de la Guardia Civil. Hasta 1948 se identificaba a la mayoría como miembros de la guerrilla de resistencia, los llamados maquis.

Las niñas, después de salir de la escuela, también ayudaban: iban a recoger las hojas de la remolacha a las piezas del Cuadro, Juan Herreros, Santa Juliana, los Regachos, al huerto de la Fuente Santa,… Traían grandes fajos en la cabeza para complementar el alimento de los corderos que estaban en el corral de casa. También ayudaban llevando un cántaro de agua en la cabeza y otro en la cadera desde la fuente del pueblo hasta el corral del monte.

En aquellos ganados no había cabras, como sí ocurre actualmente.  Cada vecino tenía 2 o 3 cabras, que proveían de leche al hogar y entre todos se contrataba un pastor. Este pastor recorría el pueblo por la mañana recogiendo las cabras que había en los corrales de las casas y hacía lo propio por las tardes para devolverlas a sus respectivos dueños. Por cada cabra cobraba un duro o dos. A esta pequeña cabrada en Torrelapaja se la denominaba la “vicera del pueblo”. Funcionó durante muchos años hasta que en los años 70 las cabras que quedaban iban acompañando los pocos ganados que existían por aquel entonces.

Es cierto que nunca hubo grandes vaquerías, como en otros lugares de la geografía española, pero sí que en las casas había vacas suizas que, como las cabras, completaban el grupo de animales del corral y la alimentación de los vecinos. Cuando desapareció la “dula” de las caballerías, que era el grupo de machos que se soltaban a pastar en el paraje denominado “El Prado” en las épocas en las que no tenían faenas labriegas, se llevaron allí a las vacas, con un pastor como en el caso de la vicera.

A día de hoy todavía queda en el pueblo un ganado de unas 700 ovejas y cabras, pero pastoreado por un vecino de Clarés de Ribota, que realiza trashumancia trasterminante, al estar parte del año en Torrelapaja y parte del año en Clarés. Los dos últimos ganados propios de gente del “Lugar” pertenecieron a Jesús Llorente y Marcos Gómez, que continuaron la tradición familiar de sus antepasados Feliciano Llorente y Silvano Sancho.

Tió Silvano

Vaya desde aquí mi gratitud a tod@s los pastores que dedicaron su vida al cuidado animal, soportando soledad e inclemencias del tiempo, en una labor no siempre reconocida.

Si quieres hacer algún comentario sobre la vida de los rebaños, vacadas, manadas, viceras, dulas y conjunto de animales de otros pueblos o ampliar la información que aquí se recoge, ya sabes, deja una pequeña reseña en el apartado de comentarios. Si te gustan los temas que trato, hazte seguidor de mi blog y las nuevas publicaciones llegarán automáticamente a tu email.

Segar, trillar, ablentar… ¿cómo eran las cosechas del siglo pasado?

Hace unos días recordábamos las fiestas de mitad del siglo pasado. Esos días solían coincidir con el final de la cosecha, aunque a veces les pillaba el toro y en algunas casas terminaban pasados los días festivos. Sacar paja del centeno (sacar paja con la finalidad de hacer el cencejo para atar la cosecha) y trillar el centeno era lo último que se hacía.

En mi pueblo, la mayor parte de los habitantes vivía del campo. Debo decir, que he disfrutado mucho preparando este post, ya que, al provenir de una saga de agricultores, durante toda mi vida he oído historias y anécdotas de los duros días de labor en la tierra, y la mayoría de los términos que aparecen en este relato no eran desconocidos para mí. Traer a mi memoria todo eso, ha significado retrotraerme a mi infancia, mi pueblo y mi gente.

Cosechadores

En Torrelapaja, debido al clima frío y seco y la composición de la tierra, el cultivo principal siempre ha sido el cereal (trigo y cebada). Por lo general, las tierras se repartían la mitad para cosecha y la otra mitad para barbecho. La siembra comenzaba cuando pasaba el Domingo del Rosario, el primer domingo de octubre. Se tiraba la simiente con la mano y se envolvía con el aladro o la grada (rastra con varias rejas). Al mismo tiempo se echaba el abono, también a mano. Posteriormente, en primavera habría que añadir otra vez nitrato y se escardaba la remolacha y la cosecha, dejando el terreno limpio de cardos y hierba. Con ayuda de una yunta se daban dos o tres vueltas a la tierra durante el año. Se removía el terreno con el aladro en el mes de abril, en el mes de junio se binaba y en julio se solía dar una nueva vuelta. El resto del año, salvo la temporada de cosecha que era la más intensa, el día se dedicaba a otras faenas, ya que en el campo se vivía y se vive a merced del tiempo. Se está siempre mirando al cielo para ver si va a llover o no. Unas veces porque hace falta agua para que nazca el cultivo, otras porque ya hay demasiada agua y se puede pudrir todo. Si apedrea, el granizo arrasará el fruto de tantas horas de trabajo y tantos desvelos. ¡Y así siempre!

Intentando no resultar pesado, me voy a detener un poco más en el proceso de la cosecha que implica tareas muy diferentes y, probablemente es el que más haya cambiado desde la época en que nuestros mayores eran jóvenes. La siega se llevaba a cabo con una hoz, se recogía la cosecha, se hacían fajos y se conducía a la era. Torrelapaja está rodeado por infinidad de eras con pajares que en su día tuvieron una importante función. A buen seguro que los niños de hoy en día no saben por qué están ahí ni para que servían y piensan que en la era del futbol las porterías siempre han existido y toda la vida se ha utilizado como estadio del pueblo. Suponía un momento de gran actividad que generaba muchos puestos de trabajo, pues en todas las casas eran necesarios peones que ayudasen en la tarea. El período de siega dependía del número de piezas/fincas que se tuviera, pero lo más habitual eran 20-25 días de trabajo continuo desde la salida hasta la puesta del sol, tan sólo parando para la hora del almuerzo y la de la comida. Las mujeres, que no paraban tampoco en todo el día, eran las encargadas de llevar la comida, muchas veces andando largas distancias. Esta comida no se limitaba a un bocadillo, sino que era comida de plato, de puchero, como la que solían tener a la mesa. ¡Qué valor comerse un cocido calentito en pleno campo en el mes de agosto! Primero se hacía la siega del centeno, después de la esparceta o pipirigallo, como se llama en la montaña y, por último, del cereal. La esparceta se utilizaba principalmente para dar de comer a ovejas, caballerías y conejos.

Una vez que la cosecha estaba en la era, se pasaba el trillo por encima y se molía todo. La paja se trituraba y el grano se separaba de la espiga, aunque para que se deshicieran las espigas del todo era necesario volver la parva, es decir, echar lo de abajo arriba para trillar de nuevo. A base de remoler más veces, más corteado quedaba. Todo revuelto se amontonaba con el fin de comenzar a ablentar, separando grano y paja. Llegados a este punto, era preciso que hiciera viento, puesto que con horcas de madera se lanzaba todo al aire. Cuanto más trillada estaba la paja, se conseguía un trigo más limpio. El grano quedaba a un lado en el suelo y la paja a otro y con las mismas palas planas de madera de mover la parva se volvía a echar el trigo al aire. Después de ablentar había que acribar, tarea que habitualmente realizaban las mujeres y que consistía en remover el grano en cribas para que quedase totalmente limpio. Dependiendo de lo productiva que hubiese sido la cosecha resultaba un montón de cereal más grande o más pequeño, que se recogía en talegas (sacos largos) para llevarlo a los graneros de las casas.

Tras la venta del trigo, una parte se reservaba para molienda, según la cantidad de harina que hiciese falta en casa. Como resultado de dicha molienda, por la que se pagaba una pequeña cantidad en compensación por el trabajo realizado, en la fábrica de harinas local se obtenía un 70% de harina, un 20% de tercerilla (harina de peor calidad) y el 10% restante era salvado (cáscara desmenuzada). Para hacernos una idea, por cada 140 kg de trigo obtenías una saca de harina de 100kg y 15 kg de salvado. Este último se utilizaba para dar de comer a los animales, mezclado con agua para las gallinas o con paja para las vacas. El resto, con ayuda de las caballerías se llevaba a los almacenes del Servicio Nacional del Trigo (SNT). Junto a dichos almacenes, la Hermandad de Labradores (cooperativa que velaba por los intereses de sus miembros campesinos) construyó una báscula de pesaje. El SNT entregaba un negociable (cheque), correspondiente al cereal depositado, que se podía cobrar en el banco. Posteriormente, el grano era transportado en camiones a otras fábricas.

No fue hasta mediados de los años 60 cuando se generalizó el uso de tractores en los campos del pueblo y llegó la primera cosechadora, que por supuesto, no tenían nada que ver con la potente y sofisticada maquinaria de hoy en día.

En otros pueblos más grandes o con otro tipo de cultivos diferentes, el trabajo de los agricultores probablemente tenía connotaciones diferentes. Te invito a que en el apartado de comentarios te animes a ampliar la información de este artículo con otro tipo de labores en el campo o incluso completando las que yo cito. Si te ha gustado el artículo házmelo saber con un comentario o un “me gusta” y así sabré cómo enfocar mis próximas publicaciones.

Quiero hacer de este post un homenaje a tantos hombres y mujeres que de forma sencilla y callada trabajaron duramente sus campos para vivir y sacar adelante a sus familias.