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Semana Santa hace 30-50-70 años. Tradiciones que se resisten a desaparecer

Hace tan sólo unos días terminábamos la Semana Santa. Cada vez más, son días de descanso y vacaciones, pero todavía continúan vivas en muchos lugares de España las tradiciones de nuestros ancestros. Las procesiones son el ejemplo más claro de que hay costumbres que pasan de padres a hijos y perviven a lo largo de los años.

Por eso hoy quiero hablar de costumbres y tradiciones que no se han perdido.

Procesión del Encuentro - Virgen

Procesión del Encuentro – Virgen

Torrelapaja sigue el mismo patrón que el resto de pueblos y ciudades de nuestro país. Algunas cosas han cambiado, pero me atrevo a decir que las tradiciones y costumbres de esta época del año son las que menos se han visto alteradas con el transcurrir de los años. Además, tenemos elementos diferenciales con otros lugares que hacen de la Semana Santa de Torrelapaja un acontecimiento único. No es mejor ni peor que la de otros pueblos o ciudades que cuentan con procesiones y pasos espectaculares, simplemente tiene ciertas peculiaridades que sólo existen allí.

Creo compartir el sentir de muchos torrelapajinos cuando digo que escuchar y cantar el Reloj de la Pasión o asistir al Encuentro de la Virgen con el Niño, genera una emoción muy difícil de explicar con palabras.

En el post “Los juegos que llenaron nuestra historia y nuestras calles”, cuyo enlace te dejo por si te apetece recordarlo o no tuviste oportunidad de leerlo en su día, hacía una cronología temporal de los juegos de los niños y niñas desde los años 40 del siglo pasado hasta los 80. Mi intención en el presente artículo es hacer más o menos lo mismo, llegando incluso hasta 2019. En esta ocasión me ha resultado mucho más fácil al tratarse de tradiciones todavía vivas.

Por ser Semana Santa, todas las tradiciones, salvo una, se refieren al ámbito cristiano y las celebraciones religiosas.

Día a día y evento a evento

La principal diferencia que existe entre lo que se hacía a mitad del siglo pasado y a partir de los últimos 25 años del mismo son los horarios: la misa de celebración de la última cena el Jueves Santo, los Oficios del Viernes Santo y la Celebración Pascual del sábado eran por la mañana.

El Viacrucis del Viernes Santo se realizaba tres veces entre Jueves Santo y Viernes Santo, aunque, como hoy en día, se hacía por el campo hasta la ermita de Santa Juliana. Las dos últimas estaciones estaban en la entrada de la ermita, una a cada lado de la puerta. Al igual que en nuestros días, cuando el tiempo lo permite, se volvía por el camino de Berdejo cantando el Reloj de la Pasión. Este canto va narrando hora a hora lo que pasó desde el prendimiento de Jesús en el huerto hasta su sepultura y, salvo que algún lector me diga lo contrario, no lo he oído ni sé de su existencia en ningún otro lugar de la geografía española. Me gustaría comprobar similitudes y diferencias con otros pueblos en los que también exista.

Todos los viernes de Cuaresma, incluido el Viernes Santo, se cantaba el Miserere en la capilla del Santo Cristo. Una parte la hacía el cura en latín y otra los fieles en castellano.

Desde que sus obligaciones se lo permitieron, D. Lucio Gil, natural del pueblo, era el sacerdote encargado de celebrar la Semana Santa y ayudar al cura de Berdejo y Torrelapaja.

Algo que yo no llegué a conocer fue la colocación del Monumento en la capilla de la Virgen del Rosario al concluir la misa del Domingo de Ramos. Se trataba de módulos que, con una base de madera en forma de arco, tenían pintadas en tela gruesa escenas de la Pasión. Una rampa de acceso en el suelo ayudaba a darle profundidad. Ante dicho Monumento, se hacía vela, igual que ahora, desde el Jueves Santo hasta los Oficios del Viernes Santo.

Las carracas y matracas todavía se usaban cuando yo era un chaval, pero es algo que se ha perdido en la actualidad. Desde el Gloria de la misa de Jueves Santo hasta la celebración Pascual no sonaban las campanas y éramos los chicos y chicas en edad de ser monaguillos quienes recorríamos el pueblo anunciando los toques a misa. En época de mis padres, cada niño (sólo los chicos eran monaguillos) tenía su propia carraca.

Lo que mejor y de forma más auténtica ha sobrevivido al devenir de los tiempos es la procesión del Domingo de Resurrección. Esta procesión del Encuentro no es exclusiva de Torrelapaja, pero en cada localidad española tiene su peculiaridad. En mi pueblo, el Encuentro se realiza entre Jesús Niño y su madre. La Virgen va cubierta con un negro manto hasta el momento en que se encuentra con su hijo y la tristeza y el llanto se convierten en alegría. La Virgen es portada por las doncellas o jóvenes del pueblo y el Niño por los niños y niñas. Cuando había muchos más niños lo llevaban normalmente quienes ese año iban a hacer la Primera Comunión y todavía es costumbre que sean los comulgantes los que lo saquen y hagan la genuflexión del Encuentro. Todo ello es narrado de forma detallada en un canto que se canta con mucha devoción. Es una procesión muy emotiva.

Procesión del Encuentro - Niño

Procesión del Encuentro – Niño

A finales de los años 60 y primeros 70 estas tradiciones estuvieron a punto de desaparecer. Durante varios años se suprimieron y tanto la procesión de Viernes Santo como la del Encuentro no se llevaban a cabo. Afortunadamente poco a poco se fueron recuperando y todavía perviven en nuestros días.

Para terminar, recuerdo con mucho cariño y alegría cuando el Domingo de Pascua por la tarde íbamos a comer la “culeca” a las Hoyas, la estación, la fábrica, … La culeca no era otra cosa que un huevo duro y una torta. La comida fue cambiando con los años, pero seguía viva la costumbre de juntarnos para merendar. Las prisas de la vida moderna han hecho que esta tradición también se haya perdido, aunque aún quedan algunos nostálgicos y afortunados que todavía pueden ir a merendar esa tarde y recordar viejos tiempos.

Ya de niño me impresionaban estas tradiciones. En 7º de EGB hice un trabajo sobre cómo era la Semana Santa en Torrelapaja. Me serví de fotos y cantos para demostrar sus peculiares y características diferenciadoras. Fue un trabajo escolar, pero fue un trabajo hecho desde el corazón. En aquel momento no imaginaba que muchos años después abriría un blog para hablar sobre éstas y otras muchas costumbres que quiero mantener vivas en la memoria colectiva. Aquel trabajo fue, de alguna forma, preludio de este blog.

Me enorgullece pensar que, a pesar de la gran transformación que todo ha sufrido especialmente en los últimos 20 años, todavía seguimos manteniendo vivas las mismas tradiciones de nuestros antepasados.

Me encanta escuchar el Reloj de la Pasión y me embarga la emoción cuando veo la cara de ilusión de los niños que llevan en su peana, engalanada con chucherías, al niño Jesús.

Este post, igual que el dedicado a los juegos, cuenta con una buena parte de vivencias personales de mi infancia y recordar aquella época me hace sonreír.

Gracias por seguir y leer mi blog. Gracias por compartir los posts. Gracias por animarme a seguir escribiendo. Si tienes anécdotas e historias que hayas oído a tus padres y abuelos, no lo dudes, contacta conmigo y estaré encantando de publicarlas.

Un abrazo.

Carlos Rubio Sancho

 

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Los juegos que llenaron nuestra infancia y nuestras calles

Hoy, como antaño, la vida vuelve a resurgir en verano en las calles de muchos pueblos de la geografía de nuestro país. Aquellos que, normalmente por razones de trabajo, tuvimos que emigrar a las ciudades, volvemos como cada año a reencontrarnos con nuestros paisanos. Volvemos a estar junto a familiares y amigos. Volvemos a disfrutar de esa charla cercana y reposada con gente que nos quiere y a la que queremos, de esa partida de cartas, de ese vermut entre risas y anécdotas, de esa copa en el bar para acompañar una velada nocturna que, sin duda, no es tan calurosa como en las grandes urbes donde asfalto y ladrillo lo invaden todo.

Todo esto también ocurre en Torrelapaja. Todo esto, lamentablemente, viene ocurriendo desde hace muchos, muchos años. Cada vez son más los que vuelven y menos los que permanecen y cada vez es menos el tiempo en que mi pueblo está lleno de los gritos y risas de los niños. Niños y niñas que juegan y se divierten con una libertad que no tienen en Zaragoza, Barcelona, Madrid, Bilbao, Pamplona, Logroño o incluso otros lugares que, aun siendo pueblos, están tan llenos de coches que vienen y van que no es posible salir a jugar y correr en bicicleta por sus calles.

Fútbol en las escuelas de Torrelapaja

Como todos sabéis, para poder escribir mis posts necesito la inestimable ayuda de otras personas más mayores que yo, que me transmitan su experiencia y conocimiento para poder juntar unas cuantas líneas que intentan mostrar cómo eran las cosas en otro siglo y otra época. En esta ocasión, además de charlar un rato con mi tía Nati y mi tío Justi y hacer memoria de lo que fue mi infancia, le pedí a Jesús Muñoz que me relatara cómo eran también los juegos en el pueblo cuando él era niño, y así poder hacer una cronología temporal de cómo fueron evolucionando los juegos de los años 40 a los años 80 del siglo XX. Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que muchos de los juegos de los años 40 todavía pervivían en los años 60, incluso en los 80 y, sobre todo, que la mayoría de los juegos de la niñez de Jesús también fueron parte de la mía. Bueno, tampoco debería extrañarme, al fin y al cabo, tampoco nos llevamos tantos años, pero es tan diferente lo que hacen los niños del siglo XXI, con lo que hacíamos los del siglo XX que los últimos 20 años han supuesto un cambio mucho más profundo que lo que significaron los 60 años anteriores.

La mayoría de los que leeréis este artículo conocéis de sobra estos juegos y seguro que os evocan más de una sonrisa. Aquellos que sois más jóvenes y no tenéis la suerte de haberlos podido practicar, preguntad a vuestros padres y abuelos. Estoy seguro que les encantará rememorar la época de su niñez.

En los años 40, como seguía ocurriendo 40 años después, ya jugaban al escondite, al tres en raya, al tejo, la comba, la goma, los tres navíos, al bote, al tejo, a las tabas, a la comba, a la una anda la mula, que nosotros llamábamos salto la piola. También jugaban al cardillo el abadejo, al burro barato y al aro, juego muy popular 20 años después y que llamaban redoncho y consistía en conseguir en las cerradas un aro de la base de los pozales y baldes de cinc que la gente tiraba por estar rotos. Para hacerlos girar usaban un guiador, que era un alambre recio, que empezaba doblado, para controlar mejor la dirección y terminaba en forma de media luna lo que facilitaba el empuje y al dar la vuelta frenaba el aro. Se hacían carreras por todo el pueblo, la cuesta del caño, la conejera y en la carretera de Berdejo. No se jugaba al fútbol, al menos en mi pueblo.

La cota era un juego ancestral, pasado de generación a generación. Para jugar a este juego sólo se necesitaba un palo de aproximadamente un metro y otro de unos 15 o 20 centímetros, acabado en punta por los dos lados. Al golpear el palo corto con el largo en uno de sus extremos, éste saltaba, momento que se aprovechaba para atizarle un buen golpe y lanzarlo lo más lejos posible. El que conseguía lanzarlo más lejos ganaba. Cada jugador llevaba sus propios palos, normalmente fabricados por él mismo. Sólo jugaban los chicos en la plaza o en cualquier sitio, teniendo cuidado de no liar alguna con el palo corto.

Además de todo lo mencionado anteriormente, en la década de los 60 ya existían juegos como el pañuelo, la peonza, el chocolate inglés, yoyo y otros muchos juegos de mesa, como la oca, parchís, damas… En aquella época era frecuente que hubiera juegos de chicos y chicas diferenciados. Para los chicos, el burro o churro va, fútbol en las eras, usando piedras como porterías, beisbol o taina, el futbolín que montó Don José Antonio Marín, el cura, cuando el bar estaba en la Casa de San Millán y el frontón, al que en un principio jugaban con la mano con pelotas de cuero y con el tiempo, pelotas de madera y de goma negras. Para las chicas, el hula hop, la goma corta y muñecas de trapo, que sustituyeron a las de papel de épocas anteriores. Con el tiempo se generalizó que chicos y chicas jugaran juntos.

No quisiera dejar pasar la oportunidad de mencionar dos juegos que me comentó Jesús, que no conocía: el tango y las perras. El tango, al parecer, era exclusivo de Torrelapaja y se jugaba en los corredores de Casa de San Millán, en las tardes de otoño-invierno, donde se refugiaban del frio, ya que precisaba de un suelo liso. En otoño, cuando se abría la caza de la codorniz, buscaban por la vega los cartuchos que habían dejado los cazadores, y ese era el tango. Usaban barajas viejas y rotas para construir cartetas. Se cortaba la carta por la mitad y ésta a su vez otra vez por la mitad, por lo que conseguían cuatro trozos. Se les practicaba un doble y se encajaban dos mitades, consiguiendo así dos cartetas de cada carta. Cada jugador ponía sobre el tango la apuesta: una, dos o tres cartetas. Con unas monedas antiguas de cobre, llamadas chapas, se tiraba para ver quien quedaba más cerca de una línea. El ganador lanzaba primero. Los siguientes jugadores lo hacían por orden de aproximación a la línea. Cada jugador disponía de tres chapas, es decir, podías hacer tres tiros al tango. Cuando el tango era derribado, el jugador ganaba las cartetas que estaban más cerca de la chapa y el resto permanecía en el lugar que habían caído hasta que la chapa, de ese u otro jugador, quedaba más próxima a la carteta.

El juego de las perras lo introdujeron los hijos del capataz de la RENFE, Constancio y Pedro. Se jugaba con monedas de diez céntimos: perragordas. Sólo había dos lugares donde se podía jugar, en la entrada de la escuela de los chicos y en las escaleras de Casa de San Millán, ya que precisaba de tres paredes en forma de U. Consistía en hacer rebotar la perragorda sobre una de las paredes, con lo que se situaba en la pared contrataría. Cada jugador aceptaba una apuesta: tres, cuatro, cinco perragordas y las lanzaba sobre la pared, por turnos, ya que cada jugador sólo podía lanzar una moneda por turno, hasta que una de ella montaba sobre una o varias de las que ya han sido lanzadas. Se recibía como premio todas las perragordas lanzadas hasta ese momento. Si lanzadas todas las perragordas, ninguna había montado sobre otra, se recogían y se comenzaba de nuevo. En las frías noches de invierno, al amparo de la Casa de San Millán, y aprovechando la luz de la escalera, este juego tuvo mucho éxito.

En los años 80 además de la mayoría de los juegos mencionados, jugábamos chicos y chicas a los narros (similar al beisbol con bases que eran números dentro de círculos), el sobre (se jugaba con una pelota), hombre lobo por las noches, juegos de canciones, tanto sentados en el suelo, como de pie, como “Viva la media naranja”,…, balón prisionero, nombres de… Los chicos también jugábamos a indios y vaqueros en la estación (una mezcla de escondite y pillar, ambientado con palos que simulaban pistolas), hacíamos casetas con las alpacas de paja en verano y tod@s ya montábamos mucho en bicicleta por las calles, aunque creo que no tanto como los chavales de hoy en día.

Quiero dar las gracias especialmente a Jesús Muñoz porque con sus detalladas explicaciones he recordado muchos de los juegos que yo también practiqué y me he hecho una idea muy fidedigna de los que no conocía.

He disfrutado mucho escribiendo este artículo, que como en ocasiones anteriores, me ha llevado muchos años atrás. También me ha servido para aprender juegos de mis antepasados que no conocía y, sobre todo, ha hecho que recuperara esa parte de niño que todos todavía conservamos y que, por razones incomprensibles, arrinconamos en nuestro corazón, sin acordarnos de que la ilusión y la risa de un niño es lo más grande y satisfactorio que puede haber en el mundo.

Espero que este post pueda servir también para rescatar del olvido muchos de estos juegos y seamos capaces de trasmitirlos a nuestros hijos y nietos. Si tú también jugaste a algo de lo aquí mencionado o en tu pueblo existían juegos completamente distintos, no pierdas la oportunidad de dejar tu comentario para ampliar y mejorar este pequeño catálogo de juegos de nuestra historia.